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EN EL FONDO DEL ABISMO

POR JORGE OHNET


[Ilustración]


PARÍS LIBRERÍA DE LA Vda DE CH. BOURET 23, RUE VISCONTI, 23




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EN EL FONDO DEL ABISMO

(LA JUSTICIA INFALIBLE)

[Ilustración: JORGE OHNET]

París.--Imprenta de la Vda de CH. BOURET.




JORGE OHNET

EN EL FONDO DEL ABISMO

(LA JUSTICIA INFALIBLE)

TRADUCCIÓN DE F. SARMIENTO

LIBRERÍA DE LA VDA DE CH. BOURET PARÍS 23, RUE VISCONTI, 23 MÉXICO 14,
CINCO DE MAYO, 14

1899




EN EL FONDO DEL ABISMO




PRIMERA PARTE




I


En el comedor de los Extranjeros del Club Automóvil, los convidados
estaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes de
comedor servían el café. Los mozos se habían retirado y en el salón
contiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores.
Había allí doce comensales, seis hombres y seis mujeres, además del
anfitrión, Cipriano Marenval, célebre industrial que había hecho una
inmensa fortuna fabricando y vendiendo una fécula alimenticia que lleva
su nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extrañas y chispeante
de cristales y de argentería, las mujeres de dudosa moral y los amables
vividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tan
familiar como explicable, dada la excelencia de los manjares y la
calidad de los vinos, y escuchaban á un joven alto y rubio que, á pesar
de las frecuentes interrupciones de que era objeto, seguía hablando con
tranquilidad imperturbable:

--¡No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los que
tienen la profesión de dictar sentencias y que pueden por consecuencia
atribuirse una experiencia particular. ¡No! no creo que en el momento en
que un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de madera
de la tribuna del jurado se vea súbitamente iluminado por revelaciones
superiores que le otorguen la ciencia infusa. ¡No! no creo que unos
honrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto se
endosan una toga, con ó sin armiño, no sean ya susceptibles de engañarse
ni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho de
creer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los jueces
en particular y siento, en principio, la posibilidad del error
judicial!...

La concurrencia prorrumpió en voces tumultuosas, se elevó un concierto
de imprecaciones y algunas de aquellas señoras empezaron á golpear los
vasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron una
vez más de imponerle silencio con sus risotadas.

--¡Maugirón, nos estás aburriendo!

--¡Una cena de multa, Maugirón!

--¡Se escurre como un macarrón, este tipo!

--¡Qué cursi es eso! ¡Pues no se ocupa de la magistratura!...

--¡Oye! Pide una plaza de fiscal...

--¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento de
calma.

--¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos y
dejarle solo.

--Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienen
conversaciones serias á los postres? preguntó la linda Lucía Pithiviers.

--Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, que
escuchaba impasible todos esos apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchacho
que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas
agradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, para
enseñarte á hacer conferencias.

--¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, y
yo también. Lorenza me quiere dejar por ti... No vaciles, amigo mío,
tómala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi
desesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los errores
judiciales.

--¡Oh! basta... ¡Pues no vuelve á empezar! ¡Esta chiflado! ¡Al ateneo!
¡Hacedle tragar la servilleta!

Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras,
el convidado á quien se había dirigido Maugirón permanecía silencioso é
impasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto, fornido, de
cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficos
ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su
barbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de la
obstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada
por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de
reflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío,
la animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol,
amigo inseparable de Marenval, interrogó con una especie de inquietud al
joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría de
aquella comida.

--¡Eh! señor de Tragomer, ¿qué le pasa á usted? ¿Es que ese charlatán de
Maugirón le ha impresionado con sus paradojas? ¿Ó es que la declaración
de nuestra gentil Lorenza le parece á V. un cataclismo social? Muy
silencioso está usted y muy triste para ser un hombre á quien se han
puesto debajo de la nariz las más hermosas muestras de una bodega sin
rival y ante los ojos los más bonitos hombros de París.

Tragomer levantó la frente y una sonrisa iluminó su semblante.

--Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposición, no me
perdonaría el haberla hecho dejar á Maugirón y éste me guardaría rencor
por habérsela quitado. No arriesgaré, pues, esta doble pérdida. Si me
habéis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acaba
de decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia á que se ha
entregado creo que hay un fondo de verdad...

--¡Ah! exclamó triunfalmente Maugirón. ¿Lo veis? Tragomer, noble bretón
cuya sinceridad está fuera de duda, puesto que no quiere engañarme con
mi... amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opinión
que yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honrada
concurrencia... Habla, Tragomer; tú debes tener argumentos para estos
mogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con la
boca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperar
revelaciones sensacionales. ¡Anda, amigo mío, rompe los diques de tu
elocuencia, convéncelos, aplástalos, á Marenval sobre todo, que ha
estado innoble conmigo, interrumpiéndome continuamente, como si
estuviese yo elogiando alguna falsificación de su fécula, que es, dicho
sea de paso, la más sospechosa porquería que se ha fabricado nunca en
los dos hemisferios!

--¡Adiós! ya se disparó... exclamó Marenval con desesperación. ¿Quién
detiene ese molino de palabras?

--¡Cállate! gritó el coro de convidados.

--¡Tragomer! ¡Tragomer!

Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruido
ensordecedor. El joven Maugirón hizo un signo con la mano para reclamar
silencio y con voz aflautada dijo:

--El señor vizconde Cristián de Tragomer tiene la palabra sobre el error
judicial y sus fatales consecuencias.

En seguida se volvió á sentar y un silencio profundo se produjo, como si
todos los concurrentes sospechasen que Cristián tenía revelaciones
importantes que hacer.

--No ignoráis, dijo entonces Tragomer, que partí hace dos años para un
viaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de París y de mis
amigos hasta el otoño último. Durante esos veinticuatro meses he
recorrido numerosos y variados países y paseado por ellos mi
aburrimiento y mi tristeza. Tenía serias razones para dejar la Francia.
Una gran pena había alterado mi vida. Un suceso misterioso, todavía
inexplicable para mí, había producido la prisión, el procesamiento y la
condena de mi compañero de la juventud, de Jacobo de Freneuse...

--¡Sí! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y aun
creo que Marenval era algo pariente ó aliado de la familia de Freneuse y
que este pobre amigo estuvo muy afectado por el escándalo horrible que
produjo el proceso.

--No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de

Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la corrección y la
elegancia mismas, el ver á uno de sus parientes en el banquillo de los
acusados.

Marenval dirigió á la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y,
tomando una actitud solemne, declaró:

--Aquello me podía hacer un daño inmenso ante el mundo, en el que
acababa de entrar y al que había conquistado, me atrevo á decirlo, por
el lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por mis
escogidas relaciones. No hacía falta más para hundirme por completo. Yo
era ya un industrial enriquecido en los artículos alimenticios, variedad
social difícil de imponer en los círculos y de implantar en la buena
sociedad, y tenía que pasar de repente á la situación de pariente de un
condenado á muerte... ¡La cosa no era halagüeña!

--Bien puedes decir, amigo mío, afirmó Lorenza Margillier, que para ser
un _snob_, tuviste una entrada que no fué ordinaria...

--Yo no soy un _snob_, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval.
Solamente, me gusta la distinción en todo. Toda mi vida ha transcurrido
en el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. ¡No quiero ya ver más
que personas correctas!

--¡Te dejarías azotar por tutear á un duque!

--Tienes razón, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en las
alturas.

--¡Y buscar á los que nos desprecian!

--En todo caso, corrí gran riesgo de ser despreciado á causa de ese
maldito asunto!



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