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Por
otra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradado
siempre y que le creía más hábil que leal. En fin, lo que era más grave
y verdaderamente interesante, la opinión del criado de confianza. Éste
había estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no hay
grande hombre para su ayuda de cámara, con más razón no hay fingimiento
posible para el criado que todo lo ve y lo oye.

Forzosamente Giraud había observado á su señor y á los amigos de su
señor. Todos habían pasado por el tamiz de sus observaciones diarias y
su convicción era por fuerza la más justificada. Por otra parte, en lo
que contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo había muchos
detalles verosímiles. ¡Qué rayos de luz esclarecían la conducta de aquel
hombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender aún,
pero las grandes líneas del asunto empezaban ya á dibujarse.

Á no dudar, Sorege había intervenido en el negocio. ¿Cómo? ¿Á qué
título? Este era el punto oscuro ó, mejor dicho, este era el asunto
mismo. En lo ocurrido dos años antes había habido circunstancias
difíciles de explicar, aun cuando nadie ponía en duda la personalidad de
Lea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestas
de Jacobo, que nadie había tenido en cuenta.

Cuando Jacobo fué preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicar
claramente qué había ido á hacer allí. Nadie había comprendido tampoco
por qué se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salir
para América. ¿Qué esperaba? La acusación decía: un cómplice. Pero
¿cuál? Había sido imposible encontrar ninguno. ¿Sería Sorege? Marenval
se lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Sorege
había sido cómplice ¿quién era la mujer muerta en la calle de Marbeuf?
Porque no había que perder de vista que, en realidad, se había cometido
un crimen y que si Lea Peralli vivía, otra había sido asesinada en su
lugar.

Entonces, ¿quién era esa otra y quién el matador? Aquí el problema se
presentaba sin solución. Si, en rigor, se veía el interés que Jacobo
pudo tener en matar á Lea, no era posible comprender por qué había
asesinado á otra mujer. El buen Cipriano no había nunca brillado por su
inventiva y por muy lealmente que se rompía la cabeza buscando la clave
del enigma, no podía encontrarla. Adivinaba que había un misterio en
todo esto, pero no se sentía con fuerzas para descubrirle.

En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver las
dificultades con que iba á tropezar voluntariamente y las molestias que
le iban á resultar. ¡Qué! Á su edad, cuando tenía todo lo necesario para
ser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable,
amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse en
el laberinto de una rehabilitación muy problemática, porque un audaz le
había hecho ver que podría representar en este asunto un buen papel...
¿No era el mejor de todos vivir lo más agradablemente posible, apartando
de sí toda complicación? Su existencia era dichosa, ¿convenía hacerla
insoportable por continuas alarmas y sacudidas? ¿No era mejor dejarse
llevar blandamente por la corriente del río, en vez de remar con furia
para abordar á orillas sembradas de peligros?

¡Ah! Durante aquellos momentos en que dejó hablar á su razón de hombre
de mundo, Marenval se vió muy perplejo y pudo echar sobre su destino de
perfecta claridad. Vió todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, se
decidió por el peligro, cuando no tenía más que pronunciar una palabra
para asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su ánimo pudo
más que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablemente
desoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo á miles de leguas un
ultraje y una vergüenza inmerecidos, se evocaron en su ánimo con fuerza
irresistible.

Después de todo y pensándolo bien, sus amigos del círculo, sus camaradas
de la vida de fiesta, las bellas jóvenes de la aristocracia, que no
tenían para él sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteaban
y le trataban como á un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, le
interesaban muy poco. Todos los que componían su público, por cuya
admiración trabajaba con tanto ardor desde que se retiró de los
negocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareció que
todos aquellos árbitros del éxito y del renombre dirigían hacia él sus
miradas como para preguntar:

"¿Á que se decidirá? ¿Adoptará la causa de los oprimidos ó sacrificará
la inocencia á su ociosidad? ¿Podremos incluírle entre las
personalidades que llaman la atención en cuanto se presentan en
cualquier parte, ó seguiremos mirándole por encima del hombro, como á un
advenedizo? ¿Será, en fin, un héroe ó un hombre vulgar?"

Á esta conclusión, Marenval dió un salto en los almohadones do su
berlina. Su cara se puso roja, apretó los puños y dijo en voz alta, como
respondiendo á todos aquellos personajes que, burlones ó benévolos, le
acechaban para juzgarle en última instancia:

"¡Se han burlado de mí, me han desdeñado; pues bien, ya verán de lo que
es capaz Marenval! ¡Aunque supiera que en el fondo de este asunto estaba
el mismo diablo, iré á ese fondo y le pondré en claro, como si fuera una
cuenta de mercancías."

El coche se detuvo en este momento y Marenval pensó: "Ya no es tiempo de
retroceder; me he empeñado á mí mismo mi palabra. Vamos á ver qué piensa
Tragomer de las noticias que le traigo." Descendió de la berlina y entró
en la casa.




III


El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. En
cuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidados
de su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de
los principales círculos, no puede instalarse como un extranjero que
viene á pasar seis meses en París. Tuvo, pues, que buscar una casa,
disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar
servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña,
ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sólo
á sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que había
encontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Le
había llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias que
iba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno.

Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en
que cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento:
conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso en
campaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues su
intimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo
desaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, en
apariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorar
las locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle con
generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo
después emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege.

Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba por
su lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vivido
juntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía que
hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin
embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el
tiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza franca
y viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculador
del otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éste
se lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía:

"Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un
diplomático; jamás dice lo que piensa."

Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza
era lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia á
Freneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento:

--¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.
Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.

--Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicaba
alegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo de
estudiar á sus compañeros de locuras.

Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomer
no podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente
educado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, según
había probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le
consultaba un asunto difícil. Frisaba en los treinta años, era de
estatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara,
bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á su
fisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada
velada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, era
imposible adivinar lo que pensaba.

Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto frío
y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató de
buscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la
curiosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que el
indicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se meten
en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.

Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para qué
gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se
puso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle de
Rembrandt, bajó á pie hasta el _boulevard_ Malesherbes, donde, casi
esquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividor
tenía como principio invariable el almorzar siempre en casa.

"Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los más
continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas:
almorzaréis medianamente, pero eso os salvará."

Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba su
cordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos sus
amigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vez
callaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó de
mujer decía alegremente:

"Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo."

Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinos
y, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platos
que ofrecer á su convidado ó convidada.



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