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Esto era lo que él llamaba
conservarse el estómago.

Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando
al entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando un
cigarrillo en el cuarto de Maugirón.

--¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente
el sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer.

--Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada?
Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva...

--Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, mi
querido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar á
usted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello del
bretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:

--¡Qué hambre da esta carne de hombre!

--Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando una
cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les
hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.

Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del
hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal,
hermosa porcelana y rica argentería.

--Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después de
la agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito,
después de comer!

--¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba
un poco... tocado era Tragomer. ¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!

--Si, hablemos de lo que nos contó... Hizo sus confidencias á Marenval.
Á nosotros nos puso en la puerta.

--Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la _Olimpia_.
Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la
garganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!...

--Me gustó más la Loïe Fuller.

--¡Oh! no; hace daño á la vista.

Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un
_château Iquem_ que Maugirón les había recomendado y que parecía obtener
los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más que
agua, dijo al dueño de la casa:

--En efecto, tu vinillo es bastante bueno... Oye, ayer encontré á
Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?

--La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.

--¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio... Maugirón, tu degeneras.

--El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservar
como oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme de
solteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómo
reponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderían
aquí un importante mercado...

--¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la _Vida
Parisiense_?

--Por no oscurecer á los redactores.

--¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que se
extraviase la conversación.

--Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.

--¿Y con quién?

--Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Con
miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha
hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.

--Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermoso
hotel en la avenida del Bosque de Boloña.

--Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de su
fortuna como de una de las más importantes del país.

--¿Qué tal es la muchacha?

--Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su
madre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener con
ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una
excéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege.

--¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio?

--¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han
sido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esa
morenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje á
América para poner las cosas en su punto.

--¿Qué viaje á América?

--Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo:
Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha.

--¡El viaje á Citerea, vamos!

Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo más
importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyó
reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San
Francisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil su
presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que
de ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que se
fundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no había
coartada posible. No importaba que América fuese muy grande; para
Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que su
presencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés que
hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.

Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubiera
pasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera en
el cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo,
si Jenny Hawkins era Lea Peralli... Al llegar á este punto, Tragomer se
encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba
la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podía
romper las tinieblas de que estaba llena.

Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedo
pretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan
complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y
sabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si es
cómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es
que tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de si
mismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las
precauciones para ponerse á salvo de una sorpresa. Pero él ha estado en
América, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á no
ser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de Jenny
Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los
convidados interrumpieron estas meditaciones.

--¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía... Estás
hecho un simple.

--Querido Cristián, no hemos querido causarte pena.

--¿Tanto quieres á Sorege?

--Pues no es un muchacho muy simpático.

--¡Es guapo!

--Pero tan frío...

Tragomer preguntó:

--¿Le habéis conocido queridas?

--¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido
buscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efecto
de un zorro consumado.

--¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como
nosotras! exclamó Marieta. Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casa
de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la
hermosa señora de...

--¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón.

--¡Bah! como si no lo supiera todo París... Por mucho que te ocultabas,
mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me has
confesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que te
habías arreglado conmigo para hacer economías.

--¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete...

--¡Oye, grosero!

--Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al
corazón...

Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo que
eran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa á
esperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después de
sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse
para ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de la
señora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial tenía
un aire grave y casi solemne.

--Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueado
desde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante?

--¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse no
es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo
mío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les ha
causado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmente
abandonadas por todo el mundo...

Tragomer hizo un ademán de protesta.

--¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval,
sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita de
Freneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bien
lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en
ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de su
comercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi
conducta y quiero repararla... ¡Por vida de!... y lo lograré, gracias
al concurso de usted. Después veremos si alguien se atreve á
vituperarme.

Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerle
una pregunta.

--¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse?

--Sí.

--¿En qué términos?

--Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos,
¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que ha
respondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión de
usted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mi
recuerdo como él nos borró de su corazón."

Cristián bajó la cabeza con tristeza.

Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta
indulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los que
querían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado no
hubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna me
hubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena
altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en
favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo
confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá
cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.

--Su madre defiende á usted y lo disculpa...



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