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Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su pena
altanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente en
favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, lo
confieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderá
cuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.

--Su madre defiende á usted y lo disculpa... ¡Es horroroso! Esa pobre
mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia
de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, no
perdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando se
ofrecen á reparar su falta?

Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación.

--¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción?

--Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de
nuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello.
Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo de
vacío.

Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia
Harvey y que ha estado en América.

--He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado!
¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se deja
ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo
menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sin
embargo, es un buen capital. Pero ¿cómo concilia usted los proyectos
matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?

--No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas
relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss
Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar á
Sorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería un
medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de
Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese
proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege
tiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, para
defenderse contra toda investigación, esa boda se explicará
perfectamente.

--Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saber
exactamente quién es esa Jenny Hawkins.

--Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Á
no ser que...

--¿Y bien?...

--Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.

Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmente
para expresar sus dudas.

--Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!

--¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que ande
regularmente.

Marenval hizo un movimiento de asombro.

--¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?

El bretón miró tranquilamente á Cipriano.

--¿Por qué no, si fuera preciso?

El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado y
pensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre es
terrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomar
el tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidad
increíble... Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar
de la vida? ¿Estoy loco?"

Cristián no le dejó tiempo de concluir.

--Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero
_sportman_, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer las
graves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo los
Vanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo Goron
Bennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No le
aconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo
como ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, con
aire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición á
Alaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos se
apoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho días
por lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estado
mayor de los _sportmen_ para quienes no existe la distancia, que mandan
en el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época de
la clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendría
usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida
semejante?

Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictorios
durante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea
de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y
la agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecía
pensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuya
pared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómo
dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea
de entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todas
las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo
¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería el
imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que en
otro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso,
pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran
partidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres por
su lujo y su _confort_. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en sus
frecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero en
procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo,
estaba en todas las bocas y el _sport_ mas costoso, el más raro y el más
brillante era el _yachting_. ¿Por qué no había él de figurar entre los
diez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios? Nadie sabía lo
rico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndole
alternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas.

El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegado
más que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun en
estas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo. Sin
embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias.
Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de la
tripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él!
Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizar
y sintió un alivio delicioso. Entonces miró á Tragomer tratando de reír.

--Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hace
falta un barco, y éste no se construye tan de prisa...

--¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que se
quiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos que
están á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted es
firme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con una
tripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Se
alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde
elegir.

--¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es?

--Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites.
Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias que
no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafían
toda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás,
golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Pero
no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavía
mucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemos
emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él.

--¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías?

--Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la
ventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia,
esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.

--¿Y yo, qué debo hacer?

--Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene,
qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algún
magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial.
¿Conoce usted al fiscal del Supremo?

--No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal.
Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le
he conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.

--Es lo mejor.

Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:

--¿Está usted satisfecho de mí?

--Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo.
Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tiene
un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente
se ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultades
retrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y
estoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresa
comenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que es
imposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todas
las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted
es extraordinario.

Marenval bajó la cabeza.

--No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, en
el fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente á
fuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hay
riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi
naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegaré á dominarla
por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un
desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo,
no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber
confiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si es
preciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.

Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquí
uno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser
tímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo que
pensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto le
juzgaba digno de estima.

--Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en el
pequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer.



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