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Hacemos nuestro plan
para mañana.

--Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted que
le lleve á alguna parte?

--Bueno; á la Magdalena.

Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecer
á sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarse
ante la señorita de Freneuse.

Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entró
en el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de
socios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría que
ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecían
medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo;
cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser de
traidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni un
movimiento para ir hacia su antiguo amigo.

Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo de
volver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.

--¿Vas á comer?

--Sí, contigo, si quieres.

--Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.

--Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.

Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á la
música más eruditos de París. Conocía todas las partituras, todas las
escuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años. Hablaba
enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de
Yvette Guilbert en el _Diván Japonés_. Su eclecticismo era absoluto y
hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de
Reszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay,
evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos es
notable en grado igual."

Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejor
dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar
después de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de la
Ópera, con la que tenía dos hijos.

El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuesta
y todos se dirigieron á la mesa.

Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ó
cincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados,
solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como
Tragomer. Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras
más pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.

--Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todo
menos de tu sempiterna música.

Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.

--Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina,
de estrategia, de pintura, de política?

--No hables, lo prefiero.

--Aunque rabies, espera un poco... Canción de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena..., dijo Frecourt riendo.

--¡Vaya! Ya se desató.

--Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas,
los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.

--¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.

--¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorio
obligado de los festines.

--¿Á que vas á pedir _tziganes_?

--Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan las
cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforas
en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los _tziganes_
de ese tiempo.

--¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?

--Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reina
y no era más que poeta...

--¡Digo! Si hubiera sido músico...

--Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.

--Estaban borrachas... Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quiso
tocar lo que ellas le pedían.

Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.

--¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el que
canta. Una multa; que traigan champagne...

--¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pido
limonada. Vais á probar un _Château Lafite_ como no se bebe en ninguna
parte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber que
el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.

La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono de
las conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentos
reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estaba
benévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la
mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmático
que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer,
que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tono
indiferente:

--Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny
Hawkins?

--¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?
Pues es, sencillamente, Juana Baud.

Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.

--¡Juana Baud! Es un nombre francés.

--Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en
Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el
papel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en
_Périchole_. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero era
preciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse en
el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.

--Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?

--Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podido
conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchacha
era en aquella época completamente ignorada.

--¿Qué edad puede tener?

--Unos treinta años.

--¿Qué señas tenía?

--Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algo
grande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se ha
vuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que
suena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses la
creen compatriota y eso les halaga.

--¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

--Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay una
persona que le enterará exactamente:

--¿Quién?

--El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañías
y conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.

--¿Dónde vive ese agente?

--¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

--¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre toda
esa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente de
gorgoritos?

--Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuencia
cuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramos
querido hacer competencia á los _Menus-Plaisirs_. El tal Campistrón hace
de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador
de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo
Tell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas... Es un
tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

--¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpió
furiosamente Maugirón... No sé cómo te sufre Tragomer.

--Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite... ¿De modo, Frecourt,
que usted ha conocido á esa Juana Baud?

--Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard.
Tenía una preciosa voz de _mezzo-soprano_, pero vivía en una continua
_juerga_, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al
_faubourg Poissonnière_ en una preciosa berlina tirada por un caballo de
ciento cincuenta luises... Y era de ver la cara que ponía Ambrosio
Thomas... ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos al
cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse
con un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa de
su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época la
mantenía Salveneuse, que pegó de palos en el _boulevard_ á Armando
Valentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baud
abandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con los
jóvenes más á la moda... Después, un día apareció en Variedades, donde
enseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno más
sólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

--Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón de
bastidores?

--Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

--Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al
que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y su
pantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo... Apuesto
á que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

--¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos
jóvenes... Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

--¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aquel
tiempo, las sé más asombrosas.

--No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto está
empezado; acabémosle.

--¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

--No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día te
daré explicaciones y te quedarás asombrado.

--En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece
que es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el café
mientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad del
lugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa y
prosiguió:

--Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvo
un hotel en la calle de la _Faisanderie_ y un tren suntuoso. De entonces
datan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

--¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa
clase de mujeres!

--No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión,
porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de
los restos de su lujo.



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