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Text on one page: Few Medium Many
No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esa
clase de mujeres!

--No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión,
porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año de
los restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, se
eclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny
Hawkins... El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no es
alguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardase
rencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron
hacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir la
comida con una satisfacción completa.

Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en el
hombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:

--Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?

Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguida
sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga
sonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:

--¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesa
grande con nosotros?

--Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido
una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuó
sonriendo.

--¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?

--¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?

--¿Lo es algo en el mundo?

--¿Y es una americana tu elegida?

--Sí, una persona encantadora, miss Harvey... ¿La conoces?

--No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

--Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculatura
y tu aspecto de vigor... Estos primitivos de América tienen un culto
por la fuerza...

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba las
entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada
acusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca,
que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á su
interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono
amenazador:

--Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Sorege
no levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantó
lentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como si
quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

--No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente
atacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, ó
aparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su
adversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba.
Cristián tuvo muy pronto la prueba. Sorege abrió los ojos por completo,
mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echó
francamente á reír.

--¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías mucho
en San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello...

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Sorege
sino que salía al encuentro de las explicaciones.

--¿Me viste, acaso?

--¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuarto
de una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.

--¿Por qué?

Sorege se sentó á horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la
claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable
tranquilidad á Tragomer, que, estupefacto, se había sentado al lado
suyo:

--Figúrate tú que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la
casualidad me hizo encontrar á una antigua amiga á la que no había visto
en tres ó cuatro años y que estaba corriendo el mundo en busca de
fortuna...

--¿Jenny Hawkins?

--La misma. No he de andar en hipocresías contigo. Hacía dos meses que
mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me
resultaba monótono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la
ocasión, la primavera... Salí de toda aquella cuaresma americana con
una buena cena á la europea...

--¿Estabas entonces en el cuarto cuando yo entré?

--Estaba allí cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes
figurarte que no me dí prisa á mostrarme. Tú me hubieras abrazado; mi
presentación á tus indígenas era inevitable; éstos hubieran hablado de
nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba á
picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajón era para mí un
serio contratiempo... Preferí, pues, suprimir el abrazo... ¿Me guardas
rencor?

Tragomer se había repuesto y estaba reflexionando. La explicación de
Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosímil, pero aquel relato,
para un espíritu tan prevenido como el de Cristián, adolecía de exceso
de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba
la preocupación de engañar. Tragomer quiso llevar hasta el último
extremo á aquel admirable actor y obligarle á mostrar todos tus
recursos.

--No te guardo rencor, puesto que tuviste interés en obrar de ese modo.
¿Pero me conocía también Jenny Hawkins?

--¿Por qué?

--En el momento en que se cerró la puerta, tú dijiste en voz baja:
"¡Cuidado! ¡Tragomer!..."

Sorege frunció imperceptiblemente las cejas. Acaso se sentía algo
rudamente apurado y empezaba á ponerse de mal humor. Con cierta sequedad
respondió.

--¿Oíste? ¡Ladino! Tienes buen oído. Pues bien, sí, Jenny te conocía. Y
de un modo muy sencillo. Yo te había visto desde mi localidad en cuanto
entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el
público y en descubrir á sus amigos, te había observado y visto que eras
extranjero. En cuanto llegué á su cuarto me habló de tu yanqui y de su
compañero. "Juraría que es francés" dijo.--Y parisiense,
respondí--¿Sabes quién es?--Cáspita, es mi mejor amigo--Tráemele--Tú
bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llamó
tonto. Yo no podía contarle que si no quería ser visto con ella era
porque me iba á casar y salí del paso fingiendo una escena de celos. Por
eso, cuando entraste me apresuré á cerrar la puerta diciendo como
advertencia tu nombre y como amenaza ¡cuidado!

Tragomer no discutió aquel relato un poco largo. Tenía prisa por
esclarecer los hechos en su conjunto.

--Entonces eras tú el que venía con ella en coche después de la
representación?

--Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparición repentina en el
momento en que me disponía á bajar del coche. Íbamos á cenar juntos.

--¿Y os separásteis allí, sin volver á veros?

--¡Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste
á entrar en el hotel, volvió á salir Jenny y fué á reunirse conmigo en
el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos á
_Golden House_. Justamente al salir de allí, á las dos de la mañana,
Jenny cogió frió y una ronquera que le obligó á suspender la
representación y á marchar á Chicago.

--¿Marchaste con ella?

--Puedes figurártelo. Allí nos indemnizamos cumplidamente de los
embarazos que nos habías causado. Y ahora, á mi vez, ¿quieres explicarme
qué furor te entró de espiar á aquella pobre Jenny como lo hiciste?

--¡Bah! ¡Esa es buena! La encontraba encantadora y observé que un
personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber á
qué atenerme y ver el partido que podría sacar. Prontamente me convencí.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

--La cosa es muy sencilla... Hemos sido rivales durante veinticuatro
horas. Á no ser por el diablo de mi suegro y de sus _cow-boys_ de hijos,
te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y
hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos,
sobre todo de viaje.

Tragomer dejó pasar unos instantes y después, como si le acometiese de
nuevo la curiosidad, preguntó:

--¿Dónde conociste á Jenny Hawkins!

--¡Ah! ¿eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conocí en Londres,
en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar
que llegaría á ser una estrella.

--¿No es italiana? preguntó bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que
tradujo un poco su emoción:

--¿Por qué ha de ser italiana? ¿Porque canta en italiano? Todas las
cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se
aprende en veinte lecciones.

--En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.

--Si lo sabes, amigo mío, ¿por qué me lo preguntas?

--Para saber si tú lo ignoras.

--Podría ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha
no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristián. Me entero
por gusto de lo que se refiere á las personas que trato, aunque sea de
pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

--Que no se llama así.

--No, dijo fríamente Sorege, se llama Juana Baud, ó Baudier, y es
francesa. ¿Estás contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristián
apretó los puños de rabia. Su interlocutor parecía decirle: "¡Busca,
desgraciado, que no encontrarás nada! No me cogerás en ningún renuncio.
Hace una hora que te traigo y te llevo contándote mentiras para hacerte
descubrir á Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad
te vas á estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquirió la certidumbre de que Jenny
Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga.
Era preciso descubrir debajo de Juana Baud á Lea Peralli. Porque la
máscara con que la cubría Sorege era doble á no dudar. El conde había
levantado la de Jenny y mostrado á Juana; no había nada más que esperar.
Cristián, por otra parte, tenía un interés capital en no agriar sus
relaciones con Sorege. Tomó, pues, un tono jovial y respondió:

--Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto
en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala
cualidad.

--Trato de razonar un poco.



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