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En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala
cualidad.

--Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como
palominos atontados... Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza
sin divertirse en escoger los malos caminos.

--Cuando te cases ¿irás á vivir en América?

--Dios me libre. América, como has podido ver, es un país imposible.
Tanto valdría vivir en una manufactura de provincia, en medio de la
agitación de los negocios y sin ningún recurso para distraerse. Los
americanos que han hecho fortuna saben bien que su país es inhabitable
como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran á venir á
establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no
había más que obligarles á vivir en sus _United States_. Se morirían de
fastidio.

--Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensión á casarse con
franceses ó ingleses.

--Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan
algunas encantadoras _misses_, muy rubias, de talle largo y piernas
cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay
que cruzar las razas, Tragomer.

--Sí, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinión por el
momento. Pero daré con mucho gusto la enhorabuena á tu prometida por la
buena elección que ha sabido hacer.

--Pues bien, te llevaré á casa de Harvey una de estas noches. Se beben
allí licores extraordinarios. Tú no los extrañarás mucho.

--Lo que haré será no beber nada.

Ambos reían con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda
intención. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de
las palabras que habían cambiado ni la importancia de los intereses que
andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de
Sorege, hubiera observado que le tenía empapado en sudor como si acabara
de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente
cogidos del brazo, pasaron á la sala de juego y se aproximaron á la mesa
del _baccará_.

--¿Juegas ahora? preguntó Tragomer.

--De vez en cuando, para pasar una hora.

--¿Y ganas?

--Algunas veces.

Tragomer miró á Sorege y dijo tristemente:

--No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.

Por muy dueño que fuese de sí mismo, Sorege se estremeció al oir aquel
nombre. Su cara se cubrió de palidez y, casi en voz baja, replicó:

--En el juego que él hacía era imposible ganar.

Tragomer, entonces, sacudió la cabeza y dijo con voz firme:

--Sobre todo cuando hay que habérselas con adversarios que señalan las
cartas...

Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como
si fuese á dejarse llevar á alguna declaración imprudente. Pero logró
dominarse, dió tres pasos para dejar á Tragomer y volviendo en seguida
hacia él, le dijo:

--¡Cada cual es dueño de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo
estuviese aquí, él mismo te lo atestiguaría.

Levantó la cabeza orgullosamente, dirigió á Tragomer un ademán de
despedida y se alejó.




IV


La agencia dramática Campistrón está establecida en un piso tercero
interior de la calle de Lancry, y allí, retirado de la escena después de
una carrera llena de incidentes realizada en los teatros de provincia,
el antiguo primer tenor se ocupa en proveer á sus ex directores del
personal que necesitan para todos los géneros. La señora de Campistrón,
más conocida con el nombre de Glorieta, tuvo un momento de reputación
como cantante de café concierto. Ahora ayuda á su marido á dar
audiciones, á montar espectáculos mixtos, á aconsejar á los aficionados.
Porque Campistrón no se limita á colocar en las provincias á las
desechadas de los teatros de París, sino que se encarga también de
proporcionar á los dueños de casa espectáculos á la medida, comedias,
revistas, óperas cómicas y, en general, todo lo que se necesita para
montar una reunión en pocas horas.

Sus negocios marchan bien y ha tenido que alquilar otro cuarto del mismo
piso para establecer en él un diminuto escenario, donde da las lecciones
y hace los ensayos y al que llama pomposamente su conservatorio.
Campistrón no es un simple agente dramático; es también un innovador,
pues ha inventado un nuevo método de canto: el canto de vientre.

--No se respira con el pecho, declara con su voz _del Profeta_, un poco
enronquecida; se respira con el vientre.

Por su procedimiento ha cambiado ya numerosos barítonos en bajos y no
escasos tenores en barítonos, sin contar los que ha dejado afónicos.
Pero él continúa imperturbable su degollina vocal. Vive de su agencia,
pero la desprecia; en cambio su profesorado no le da más que
obligaciones, pero eso le enorgullece. Los ladinos que quieren buenos
ajustes conocen bien lo que tienen que hacer; dicen que cantan según el
método Campistrón y en seguida son presentados como fenómenos de arte
por el vanidoso agente.

Siguiendo las indicaciones de Frecourt, Tragomer y Marenval se bajaron
un día, á eso de las cuatro, ante el número 17 de la calle de Lancry. La
portera que estaba en su casilla bruñendo un perol, respondió á Marenval
en tono malhumorado:

--La escalera de enfrente. Si es para un ajuste, tercero de la
izquierda; si es para una lección, de la derecha.

Al ver que los dos hombres parecían vacilar, añadió:

--No es posible engañarse... Cuando oigan ustedes chillar es que han
llegado.

Tragomer se echó á reir y dijo:

--Gracias, señora.

--No hay de qué.

La buena mujer continuó frotando su cacharro y Tragomer oyó que gruñía:

--Más comienchos con mucho gabán de pieles y sin un céntimo en el
bolsillo.

--Mi querido amigo, dijo Marenval mientras subía la húmeda y mal oliente
escalera, esa mujer nos ha tomado por un galán joven y un barba que
buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdén con frases poco
correctas...

--Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval.
Nos veremos en muchos casos semejantes.

--No me quejo, amigo mío; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me
molesta lo más mínimo.

Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos
gritos.

--Oigo chillar, como dice la señora del perol; señal de que nos
aproximamos.

Subieron otro tramo empinado como una escala.

--¡Uf! exclamó Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Déjeme
usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla...

Se detuvieron delante de una puerta en la cual se leían estas
inscripciones en letras negras: _Campistrón agente dramático. Lecciones
de declamación y canto_. Nuevo Método; y en un papel pegado con cuatro
obleas, esta advertencia manuscrita: ¡_Llamad fuerte_! La recomendación
no era inútil, porque en las profundidades del departamento se estaba
desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara
una operación quirúrgica muy dolorosa á un paciente bien despierto.

--Vamos á ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las
lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar á la de la derecha, la
de los ajustes.

En este lado las inscripciones decían: _Agencia Campistrón_. Contratas.
Informes. Representaciones de todas clases. De 10 á 5. E.L.P.

--E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.

Así lo hicieron y al abrirse la puerta apareció ante su vista una pieza
triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una
balaustrada de madera. Detrás de la balaustrada estaban escribiendo dos
empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitación
esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas
banquetas. Uno de los empleados levantó la cabeza, dejó la pluma, miro á
los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes,
se levantó de su asiento y dijo:

--¿Qué desean ustedes, señores?

--Hablar al señor Campistrón, respondió Tragomer.

--Está ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la
señora...

Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.

--No hay inconveniente, respondió Marenval.

El empleado abrió una puerta practicada en la balaustrada y salió á la
antesala. Llamó á una puerta y entró con aire misterioso. Al cabo de un
instante salió y dijo:

--¿Quieren ustedes seguirme?

Las personas que esperaban en las banquetas, hacía mucho tiempo sin duda
y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra
aquella preferencia otorgada ante su vista.

--¡Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantón hasta que se cierre y nos
dirán que volvamos mañana... Campistrón no era tan orgulloso cuando
cantaba conmigo la _Favorita_ en Perpiñán...

Marenval y Tragomer no oyeron más; estaban en un gabinete severamente
amueblado de _reps_ verde, donde sentada detrás de una mesa de despacho,
una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con
una guapa muchacha muy pintada y que olía fuertemente á almizcle. La
señora de Campistrón dijo á los visitantes indicándoles un sofá:

--Siéntense, señores; soy con ustedes. Después dijo á la joven:

--Aquí tiene usted. Partirá usted mañana y empezará á trabajar la semana
que viene. Tendrá usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el
segundo...

--Está convenido, mi querida señora de Campistrón... ¿Es Rouen una
población de recursos?

--Ciudad de guarnición, hija mía, célebre por su riqueza y su buen gusto
artístico... Los hombres son allí un poco zorros, pero serios; se puede
contar con ellos... En cuanto al público, es como la sidra del país,
tan pronto dulce como agria... Eso depende de los años. ¡Buen viaje,
amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.

La muchacha dirigió á Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa á
Marenval, y doblando su contrata se la metió en el pecho, no sin enseñar
como al descuido la batista de la camisa, y se marchó dejando la
atmósfera saturada de perfumes. La señora de Campistrón se sentó al lado
de los visitantes.

--¿En qué puedo servir á ustedes, señores? dijo en tono insinuante.

--Dispénsenos usted, señora, contestó Tragomer; el paso que nos
atrevemos á dar cerca de usted es bastante delicado. El señor y yo
buscamos á una cantante que anda corriendo el mundo en una compañía
lírica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al señor Campistrón, que
según se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes, á fin
de saber dónde puede encontrarse ahora esa compañía.

--No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo,
señores, dijo con énfasis la agente consorte, y mucho me sorprendería el
no poder informarles exactamente.



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