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Tenemos aquí el repertorio y el
itinerario de todas las compañías que se forman en París ó en Londres, y
las familias de los artistas vienen con frecuencia á preguntarnos á
dónde deben dirigirles las cartas. ¿De qué compañía se trata?

--De la de Novelli.

--¡Ah! ¿Novelli? continuó la buena señora con cura desdeñosa. ¡Una
vocecilla blanca!... Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de
voz... Eso no tiene éxito en Francia. Aquí hace falta timbre... Y el
timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz... Si Campistrón
estuviese aquí, él les explicaría su método... Para saber dar timbre no
hay como Campistrón... Pero ustedes dispensen... ¿Cómo se llama la
persona que les interesa?

--Miss Jenny Hawkins.

Al oir este nombre la cara de la señora de Campistrón cambió
repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente,
sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera
fomidable, dió una fuerte palmada y dijo con voz amarga:

--¡Ah! ¡Jenny Hawkins! ¡Hacía mucho tiempo que no oía hablar de tal
persona! ¡Jenny Hawkins! Me alegro de que no esté aquí Campistrón,
porque hubiera tenido una impresión dolorosa...

--¿Cómo así, señora?

--Campistrón ha tenido grandes disgustos con la artista de que se
trata... Pero, dispénsenme ustedes, eso importa poco... Sin duda uno
de estos señores se interesa por Jenny...

--No, por cierto, señora, respondió Tragomer, que veía contrariado que
aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata,
sencillamente, de un asunto de herencia.

--¿Hereda? exclamó la gruesa rubia con acento de indignación. ¿Va á
heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte
semejante... ¡Oh! Voy á llamar á Campistrón. ¿Permiten ustedes?

Cogió un tubo acústico, sopló fuertemente y dijo en el portavoz:

--Campistrón, ven en seguida. Hay aquí unos señores que te van á contar
cosas curiosas...

Aplicó el aparato al oído, escuchó y dijo con vivacidad:

--Deja ese imbécil á tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que
haga escalas mientras te espera.

Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oyó una voz
sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrón entró con noble
ademán, se inclinó sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante
que sale á recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si
cantara:

--Servidor de ustedes, señores. ¿De qué se trata?

--¡Ah! Prepárate á desmayarte, Campistrón, contestó la gruesa rubia.
Estos señores buscan á Jenny Hawkins para una herencia.

Campistrón adoptó la actitud de Hipócrates rehusando los presentes de
Artajerjes. Cerró los ojos, volvió la cabeza y extendió los brazos, como
si la herencia fuese para él, y respondió en el registro grave:

--¡Esperaba no oir hablar más de aquella ingrata!

--¿Ven ustedes, señores? ¿Qué es lo que yo les decía? Campistrón,
domínate; se trata de responder á estos señores. Quieren saber dónde
está la compañía de Novelli.

--¡Novelli! ¡Novelli! dijo desdeñosamente el antiguo tenor. Sí, por
cantar con ese polichinela napolitano me dejó Jenny. ¡Una muchacha que
yo hubiera colocado en la Ópera si hubiera querido escucharme! Pero no;
se empeñó en cantar de pecho... ¡Ella, cantar de pecho! ¡Horror! Pues
bien, no, señores, á despecho de todo, mi enseñanza hizo su efecto. Á
pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de
vientre...

¿Fué con el pecho ó con el vientre con lo que habló Campistrón? Marenval
y Tragomer no pudieron saberlo; ello fué que se estremecieron y que los
vidrios temblaron al formidable rugido que salió de la boca del tenor.
Pero Campistrón se calmó pronto. Sus momentos de cólera eran teatrales y
no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pasó la mano por la
frente, sonrió y dijo:

--Por lo demás, señores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He
conocido mucho á su madre...

La señora de Campistrón se enfadó y repuso con una acritud que
impresionó á su altisonante esposo:

--¡Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. ¡Bastantes disgustos he
tenido con la tal mujer, que tanto te persiguió! Pues la hija no te
miraba con malos ojos... Señores, este hombre ha sido magnífico; lo es
todavía. Y todas las mujeres, sí, todas, estaban con él como locas...
habla, pues, á estos señores y no cuentes tus historias...

Campistrón abrió un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de
la mano:

--He aquí, señores, la marcha de las grandes compañías del universo.
¿Quieren ustedes saber dónde está Lassalle?

Volvió varios folios y dijo:

--El 17 de este mes, en Bucharest... El 21, en Budapesth... El 23, en
Viena, el...

--Pero ¿y Novelli? interrumpió la señora de Campistrón.

--Novelli y su compañía se encuentran en este momento en Veracruz...
Desde allí van á Méjico y á Tampico, después pasan á la Guyana... bajan
á las Indias Neerlandesas, tocan en Colombo y vuelven á Europa en la
primavera para hacer la temporada de Londres...

--¡Ah! dijo Tragomer, ¿Jenny Hawkins irá á Londres?

--En el mes de mayo cantará en _Covent-Garden_...

--Y diga usted, señor Campistrón, ¿en qué época exacta se marchó de
Francia?

--Partió hace dos años con Novelli.

--Dos años... ¿Está usted seguro?

--Segurísimo; en el mes de agosto trabajaba todavía conmigo... Mi
señora puede decirlo y nuestro acompañante puede atestiguarlo... Toda
la casa lo afirmará... ¿Pero con qué objeto?

--Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene
que tengamos certeza sobre ese punto...

--Pues bien, señores, hay más. Ella, que pagaba con mucha exactitud las
lecciones, se marchó sin satisfacer las del último mes. No le acuso por
ello, dijo Campistrón con nobleza; los artistas no somos mercaderes...
Trabajamos de buena gana por la gloria... Hago constar solamente el
hecho. He escrito á la interesada para reprocharle el haberse marchado
sin advertírmelo, sin decirme adiós... Ni siquiera me ha respondido...
Y no era que quisiera tener un autógrafo suyo... Poseo aquí más de
veinte cartas.

--¿Podría usted enseñarnos una?

--Declaren ustedes antes, señores, que no quieren abusar de esa carta
para hacer daño á una mujer, dijo Campistrón con acento de dignidad,
poniéndose una mano sobre el corazón. Juana Baud ha sido muy amada...
¡Era tan hermosa! ¿Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos
de por medio?

--Se la doy á usted, dijo Tragomer, por el señor y por mí.

--Entonces, señores, voy á complacerles... Mujer, busca en la taquilla
la letra B... Aquí todo es administrativo; de otro modo no nos
entenderíamos.

La señora de Campistrón abrió un mueble y se puso á buscar los papeles.
Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continuó:

--Ha dicho usted, señor Campistrón, que Juana Baud era muy hermosa...
¿Tiene usted, por casualidad, algún retrato suyo?

--Su fotografía, con una dedicatoria llena de efusión... Mujer, tráela.

--Aquí está, dijo la señora de Campistrón.

Y entregó á su marido una tarjeta álbum que el cantante contempló con
satisfacción y con rabia al mismo tiempo.

--Sí, hela aquí... ¡Es la ingrata! Se puede decir, señores, que el
cielo le ha dotado de sus más preciosos dones, la estatura, el andar, la
expresión... ¡Oh! la expresión... Pero juzguen ustedes mismos.

Entregó el retrato á Tragomer, que le cogió con verdadera ansiedad.
Vaciló antes de mirarle; una ojeada iba á decidirlo todo. Si la
fotografía representaba á Jenny Hawkins, tal como la había visto en San
Francisco, la partida se perdía y habría que creer en una semejanza
sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny...
Miró de repente el retrato y lanzó un grito:

--¡No es Jenny Hawkins!

--¡Vamos, caballero, dijo Campistrón con una sonrisa de condescendencia,
usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no
puede haber error.

Tragomer no respondió, abstraído en mirar el retrato, que representaba
una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada,
desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresión soñadora. Ni un
rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Había pues, á no dudar,
error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, existía una
sustitución de estado civil y Lea Peralli vivía con un nombre que no era
el suyo. Pero, entonces, ¿quién era la muerta?

Aquí Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer
asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la
reconoció y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad. Á falta de la
cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su
magnífica cabellera rubia, los vestidos que tenía puestos, las sortijas
encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta
era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto
que ahora Tragomer, después de haber sospechado que vivía, estaba cierto
de que llevaba un nombre distinto del suyo.

Miró de nuevo la fotografía. Juana Baud era tan morena como rubia Lea
Peralli, pero la estatura era la misma y tenía los mismos dientes
deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo único
que se podía reconocer en la cara destruída de la muerta era una boca
que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud
tenía la misma boca que Lea Peralli.

--¿Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografía? Me haría
usted un buen servicio. Me comprometo á devolvérsela á usted antes de
dos días. Y para que usted sepa con quién está hablando, aquí tiene mi
tarjeta...

Campistrón echó una ojeada á la tarjeta que le ofrecía Tragomer y se
inclinó con mucha deferencia.

--Estoy á las órdenes del señor vizconde... ¿Será, sin duda, para
enseñar el retrato al notario de la testamentaría?

--Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en
esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la
identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la
escritura de Juana.

--Ya comprendo.

--La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?

--¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido;
no me hable usted.



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