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¿Será, sin duda, para
enseñar el retrato al notario de la testamentaría?

--Precisamente, señor Campistrón. Unos amigos míos están interesados en
esta liquidación, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la
identidad de los herederos, y de aquí la utilidad del retrato y de la
escritura de Juana.

--Ya comprendo.

--La señorita Hawkins ¿era de carácter agradable?

--¡Ella! exclamó la señora de Campistrón al mismo tiempo que su marido;
no me hable usted. ¡La violencia misma! ¡Una pólvora! ¡Y qué ligera de
manos!

--¡Mujer!... interrumpió el tenor.

--¡Déjame! Todo el mundo la conoce... ¡Pues y el lenguaje! Ni las
verduleras del mercado cuando disputan... Es verdad que no ha sido
educada por ninguna duquesa. La madre de Juana... Sí, Campistrón,
aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y
la hija tenía á quien parecerse. Un día dió aquí de bofetadas á Bonnand
el tenor, porque no quería apresurar el movimiento en el dúo de
_Carmen_... Ningún hombre ha podido nunca tenerla á su lado, tan mala y
tan viciosa era, y... en fin, caballero, á nadie le gusta tener por
amiga una individua que persigue á los hombres y á las mujeres á la vez.

--¡Bueno! exclamó Campistrón; ya estás contenta. Ya has vaciado toda tu
hiel sobre esa pobre muchacha... Sí, señores, no era precisamente un
modelo de virtud, pero tenía una voz soberbia, antes de caer en poder de
Novelli...

--Dispense usted, interrumpió Tragomer: ¿la conocía Novelli antes de
encontrarla en Inglaterra?

--Nunca la había visto.

--¿Ha cantado en Inglaterra con el nombre de Baud antes de marchar á
América con el de Hawkins?

--Sí, señor. Tuvo una contrata para la Alhambra, donde había hecho ya
una temporada. Aquello no era realmente digno de ello... Pero no se
presentó á la dirección. Hasta hubo un proceso y Jenny Hawkins fué
condenada á pagar.

--¿Jenny Hawkins ha cantado en Inglaterra desde hace dos años?

--No, señor, cantará por primera vez después de ese tiempo en la
primavera próxima.

--¿De manera que nadie se acordará de Juana Baud transformada en Jenny
Hawkins?

--Como usted lo dice. ¡Se olvida tan pronto! Y además esa muchacha
figuró tan poco antes de dedicarse á la ópera...

--¿Hay artistas que hayan alternado en otro tiempo con Juana Baud, en el
Conservatorio, por ejemplo, ó en su casa de usted, que pudieran
reconocerla?

--En Francia, en París sobre todo, sí, hay algunos; pero en Londres
sería una casualidad.

--Gracias, señor Campistrón, ya sé todo lo que quería saber, dijo
Tragomer. Agradecemos á ustedes su amable acogida.

--Con mucho gusto, señor vizconde, con mucho gusto. Las personas como
usted están seguras de ser recibidas aquí con toda deferencia. Si
podemos serles útiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello
todo nuestro esmero... Espectáculos de salón, revistas, pantomimas,
canciones... todo lo que divierte é interesa al espíritu... Pero
permítanme que les entregue unos prospectos de la casa...

Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y
llevándose la fotografía. Campistrón les acompañó hasta el descansillo
de la escalera con mil muestras de obsequiosa política, mientras que el
discípulo cuya lección había sido interrumpida por la visita se
desgañitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y húmeda escalera y
vieron de nuevo á la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que
los siguió con una mirada desdeñosa hasta la puerta de la calle.

--¡Y bien! Tragomer, dijo Marenval, ¿quiere usted tener la bondad de
explicarme qué significa la conversación que ha tenido usted con esa
gorda tan pintada y con su ridículo esposo? Porque, por mi honor, no
comprendo ni una palabra.

--Alégrese usted, Marenval, dijo Cristián; nuestra averiguación ha dado
un paso inmenso. Á esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es
la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado,
pues entramos en la fase más complicada del asunto.

--Entonces, ¿qué va á pasar aquí?

--Algo muy interesante, Marenval. Vamos á luchar paso á paso contra el
error en beneficio de la verdad... Ayer, estábamos expuestos á
rompernos el cráneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la
cuestión consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins,
y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografía con la firma de la
discípula de Campistrón, prueba hasta la evidencia la sustitución de
personas. Y ahora será preciso que la Hawkins nos esplique por qué no
tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se
supone haber sido muerta hace dos años, precisamente en el momento en
que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba
de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad
enteramente nueva. ¿Comprende usted ahora, Marenval?

--Empiezo á comprender. Pero, querido amigo, ¿vamos á echarnos á
perseguir á Jenny Hawkins? La empresa podría llevarnos lejos si la moza
está recorriendo el mundo.

--Tranquilícese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendrá,
acaso, más tarde. Jenny Hawkins tiene que venir á Londres y no puede
escapársenos. No se falta á los contratos con un teatro inglés sin pagar
una indemnización formidable... Así pues, vendrá, y allí podremos hacer
lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustará á usted.

--Al contrario. Si no hay más que pasar el estrecho será para mí un
placer.

Llegaron en este momento al _boulevard_ Magenta, donde habían tomado la
precaución de dejar el coche, y Tragomer dijo á Marenval:

--Ahora, tenemos que habérnosla con la magistratura. Usted me ha hablado
de ver á Pedro Vesín y estoy pronto á dar ese paso... Hace veinte años
que le conozco y de levita ó de toga, no me da miedo.

--¿Cuándo quiere usted verle?

--Cuanto antes, mejor.

Marenval miró el reloj.

--Las cinco. Ya no estará en el palacio de Justicia. Vamos á su casa,
¿quiere usted?

--Excelente idea.

--Calle de _Matignon_, dijo Marenval al cochero.

Cuando Tragomer dijo á su compañero que no temía á Pedro Vesín ni de
levita ni de toga, sabía de quién hablaba. El tipo del magistrado
moderno estaba bien representado por aquel abogado de cuarenta años,
guapo, galante, espiritual, muy elocuente y muy aferrado al código pero
que olvidaba completamente sus graves funciones cuando estaba en
sociedad y sólo se ocupaba en gozar de la vida entre hombres de talento
y mujeres amables. Soltero, rico, apasionado por lo bello, buen poeta á
sus horas, unido en amistad con todos los pintores notables y literatos
célebres de París, Pedro Vesín había hecho de su casa un brillante
centro, en el que se daban cita, los domingos, todos los aficionados de
buen gusto y los artistas distinguidos.

Las comidas de la calle de _Matignon_ eran célebres. No concurrían á
ellas más que hombres y en vano algunas señoras de la alta sociedad,
atraídas por los relatos que oían, quisieron ser invitadas. Se mantuvo
la consigna y los secuaces de Epicuro que frecuentaban la casa del
magistrado no vieron turbada su tranquilidad por la intervención de las
mujeres.

Pedro Vesín que había vuelto del palacio de Justicia hacía una hora,
estaba sentado al lado del fuego y leyendo pacíficamente, cuando su
criado le anunció la visita de Tragomer y Marenval. El magistrado dejó
el libro, pasó al salón y dijo saliendo al encuentro de los visitantes
con la mano extendida:

--Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. ¿Qué buen
viento les traer?

--Venimos á hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.

--No esperéis, sin embargo, que vaya á ponerme la toga, dijo el juez
riendo. Vénganse á mi gabinete y allí estaremos más cómodos.

Les condujo á la pieza de que acababa de salir y les dijo indicándoles
dos butacas:

--Siéntense ustedes. Vamos á ver; ¿han cometido ustedes algún crimen?

--¡No! Tranquilice usted su conciencia, contestó Tragomer, no venimos á
implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte
nos interesamos.

El magistrado se puso serio. Su cara, á la que daban expresión una barba
ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tomó un aire de
atención.

--Escucho á ustedes, dijo.

--Ante todo, mi querido amigo; ¿se acuerda usted en sus líneas
principales, á bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?

--No sólo me acuerdo de las grandes líneas, sino de todos los detalles,
dijo Vesín. Verán ustedes por qué. Mi colega Fremart, que estaba de
servicio en la Audiencia y debía ocupar el sitio del ministerio público
en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encargó de estudiar los
negocios de la quincena de modo que pudiera suplir á Fremart si no podía
asistir á las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse.
La estudié con mucho interés, porque, como todo el mundo, había
encontrado á ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas
simpatías. No lo conocía con bastante intimidad para recusarme, pero sí
para formar un serio empeño en poner en claro aquella conmovedora
aventura. No tuve ocasión de tomar la palabra y me alegré, pues hubiera
sido penoso para mí acusar á aquel joven y lo hubiera hecho sin
indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.

--¡Ah! dijo Tragomer; usted encontró en la causa la prueba de la
culpabilidad de Freneuse...

--Terminante, amigo mío; menos la confesión del culpable, no era posible
tener pruebas más completas.

--¿Entonces, usted no pone en duda que fué condenado justamente?

--Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendría que estar loco para decir lo
contrario. Fremart, con el que hablé del asunto, era de la misma opinión
y el Fiscal del supremo también. Solamente por una concesión sentimental
del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada, á sus protestas, á sus
lágrimas, á la admirable dignidad de la declaración de su madre y á la
respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logró salvar la cabeza.
Sin eso, se iba á una sentencia de muerte, y el tribunal tenía una
convicción tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.

--Pues bien, amigo mío, dijo Tragomer; hoy lo deploraría doblemente, lo
que es un argumento muy serio contra la pena de muerte.



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