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El tribunal
hubiera enviado al cadalso un inocente.

--¡Vamos! ¡Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no
hablemos de ligero. Es fácil declarar que un condenado es inocente, pero
es menos cómodo probar que no es culpable.

--Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.

Pedro Vesín miró con curiosidad á sus interlocutores, se puso serio y
dijo:

--¿Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento
y seguramente muy sinceros y extraños á toda intriga. ¿Y por qué tal
resolución? ¿En nombre de quién? ¿Con qué interés?

Marenval tomó la palabra y dijo muy sencillamente:

--En nombre de la humanidad y en interés de la justicia.

El magistrado conocía á los hombres y sobre todo á Marenval. Le había
tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su
comercio, muy vulgar y más preocupado de gozar de su gran fortuna que de
procurarse honores. Le había visto alejarse de la familia Freneuse en el
momento en que más debía acercarse á ella y esta falta de heroísmo del
antiguo fabricante de pastas, no había modificado su opinión sobre la
generosidad humana. Así pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente
aguzó el oído. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era
preciso que su nueva convicción tuviese una base seria.

--¿Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con
cuidado á sus amigos.

--Creemos en ese error. La familia no ha cesado jamás de creer en él y
el condenado ha protestado siempre su inocencia.

--Siempre ó casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaríamos la vida
revisando procesos si hiciéramos caso de las reclamaciones de los
parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que
confiesan y os vais á asombrar cuando os diga que ha habido procesados
que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepción de
las que, según la lógica, confirman la regla general.

--Convendrá usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultaría
extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer
si esta mujer estaba viva.

Esta vez la incredulidad del magistrado se manifestó sin reserva. Hizo
un gesto de conmiseración y respondió muy despacio:

--Amigo mío, no caigamos en las complicaciones novelescas. ¿Como quiere
usted hacer admitir á un perro viejo de los tribunales, como yo, que un
juez de instrucción haya podido enviar á la Audiencia un procesado si no
se hubiera cometido un crimen? ¿Olvida usted que he visto la causa, el
acta de defunción, la diligencia de confrontación, el interrogatorio del
acusado, que no negó estar en presencia del cadáver de su querida, y, en
fin, todo, todo... ¡Vamos á ver! No somos niños y no debemos decir
chiquilladas...

--Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha
condenado á Jacobo la Freneuse por haber matado á Lea Peralli, y Lea
Peralli vive.

--¿Usted la ha visto? preguntó el magistrado con acento burlón.

--Y la he hablado.

--¡Oh¡ ¿Cuándo?

--Hace tres meses, próximamente.

--¿Dónde?

--En San Francisco.

--¿Y ella ha declarado ser Lea Peralli?

--No, por cierto. Ha hecho algo más; ha huído para sustraerse á mis
investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero
se esquivó, lo que es para mí la prueba más concluyente.

--Ha sido usted engañado por un parecido.

--¡No! ¡no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de
disfrazar la voz, de no hablar en francés, de volver á dar á su pelo el
color natural ó de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que
experimentó á mi vista y que la puso en fuga... ¡Era ella!

--¿Y quién diablos era entonces la pobre mujer que se encontró muerta y
que está enterrada en su lugar?

--Algún día se lo diré á usted. Ahora no lo sé.

--¡Ah! He aquí el lado flaco, exclamó el magistrado. Así sucede siempre.
En todos estos asuntos de reivindicación de inocencia hay siempre un
punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la
inverosimilitud de la tesis. Véase el asunto Lesurques. ¡Cuántos
esfuerzos por obtener su rehabilitación! Todavía hay gentes que creen en
la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia ó lo que queda de
ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado,
se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento
en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y
entonces ¡pataplún! todo se derrumba. ¡Adiós las pruebas serias! Se cae
en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida.
Construirán ustedes un edificio que llegará hasta cierta altura, pero
una base falsa le hará venirse al suelo.

--¡Es usted terriblemente escéptico, dijo Marenval impresionado.

--Es mi oficio, replicó Vesín. Los hombres de justicia no podemos tragar
todo lo que se nos presenta. ¡Buena la haríamos si nos diera por creer
ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la
humanidad. ¿Creen ustedes que se hace jurar sin objeto á los testigos
que dirán la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien
que, aun así, no dicen más que lo que quieren ó lo que pueden. Hay que
tomar y dejar. Unos son imbéciles, otros mal intencionados. En cuanto á
los niños, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo
inventivo que les hace contar historias, las más veces falsas. Por eso
hay que desconfiar también. Para un magistrado, el escepticismo es el
principio de la sabiduría.

--Pero, en fin, ¿admite usted que la justicia pueda engañarse?

--Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesín riéndose; pero
en público no lo admitiría de ningún modo. Sé que se representa á la
justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que
no tiene valor más que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un
poder arbitrario, debe ser inmutable é infalible, pues de no ser así no
sería posible aceptarlo. Y si el respeto á la justicia no fuese la
piedra angular de la sociedad iríamos á parar en la anarquía. Por eso es
imposible admitir que la justicia se engañe. El litigante que sucumbe
después de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro
horas para maldecir á los jueces; después debe someterse. El condenado
cuyo recurso de casación ha sido desestimado, no tiene más que
inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinión del
magistrado, que no puede tener otra. Así se explicarán ustedes las
resistencias que la administración opone siempre á toda demanda de
revisión en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta
peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y
minuciosas precauciones. Una demanda de revisión pasa por una red en la
que debe necesariamente quedarse enredada si no es sólida como el acero.
Y cuando sale, es después de unos plazos y en condiciones tales que
equivalen á no conceder nada. Aun la legislación actual es mucho más
liberal que la antigua. Antes no había revisión más que en el caso de
que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra
sentencia; y aun, si se reconocía la inocencia de un condenado, era
preciso indultarle. No había otro medio de hacerle salir de presidio.

--¡Pero eso era monstruoso! exclamó Marenval. ¡Cómo! Un desgraciado,
perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detención, de
la cárcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, ¿no puede
ser objeto más que de una medida de clemencia y no de un acto de
justicia?

--Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la
inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisión. En el
asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sería la existencia de Lea Peralli.

--¿No es suficiente?

--Lo sería si estuviera probado. ¿Pero cómo lo probarán ustedes? Su
declaración no será apoyada por nada ni tendrá más valor que el de una
opinión, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del
proceso, será de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinión y se la
doy. Es poco halagüeña, pero debo ser sincero.

--Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi
convicción es sólida y no cambiará. Marenval y yo podremos modificar
nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos hará
desistir. ¡No habría ya descanso para nosotros si abandonásemos á ese
desgraciado sabiendo que es inocente.

--Veo á ustedes animados de las más nobles intenciones, pero, permítanme
que lo diga, las más aventuradas. La convicción de ustedes, basada en la
semejanza de una mujer viva con la víctima de Freneuse, es muy frágil,
pues no se funda más que en razones de sentimiento; el dolor de la
familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando
Freneuse fué preso, se preparaba á marcharse al extranjero. Tenía
consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba
notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y había pagado el día
anterior sesenta mil francos á la caja del círculo, del que le iban á
expulsar. Y, coincidencia extraña, las alhajas de Lea Peralli, conocidas
por su gran valor, habían desaparecido. Se hicieron pesquisas y se
adquirió la prueba de que habían sido empeñadas en el Monte de Piedad en
cien mil francos. Estuvieron empeñadas dos días y al siguiente fueron
rescatadas por una señora que se cubría la cara y, muy probablemente,
por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por
París. Freneuse reconoció que había empeñado los brillantes entregados
voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y
pretende haberlas entregado á Lea Peralli con un pagaré de cien mil
francos, que según él, hubiera recogido su familia, lo que hacía
desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagaré fué
presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer
endosante, ¿qué se encuentra? Á Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente
que recobró el billete después del crimen, y hasta es probable que sólo
le cometiera para apoderarse de ese documento. Y él le puso en
circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el
descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día.



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