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Text on one page: Few Medium Many
Y él le puso en
circulación al día siguiente, pues, notadlo bien, entre el
descubrimiento del crimen y la detención de Jacobo, pasó un día. ¿Y
tratan ustedes de poner en movimiento toda la máquina judicial bajo la
fe de un parecido más ó menos cierto? ¡Qué locura! Desde los primeros
pasos tropezarán con dificultades morales y con imposibilidades
materiales tan serias, que tendrán que detenerse.

--Si quisiera discutir, respondió Tragomer, lo haría acaso con más
facilidad de lo que usted cree. Pero ¿para qué? No haríamos más que
cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables,
usted no los aceptaría. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea
Peralli existe. Lo importante es anunciar á Jacobo que la que creía
muerta está viva. Porque observe usted que él la cree muerta bajo la fe
de vuestras afirmaciones. El procesado no dudó de vuestras pruebas. Le
enseñaron una mujer desfigurada que tenía la estatura, el pelo, los
vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia,
cegado por el dolor, dirigió apenas una mirada de espanto á la víctima
extendida en la horrible losa del depósito de cadáveres. Volvió la
cabeza y asintió á todo lo que se le afirmaba. ¿Cómo podía negar la
evidencia? Lea, asesinada en su casa, ¿podía ser otra que Lea? Él no
podía decir más que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de
su conciencia; que no era él el asesino. Cogido en las tramas de la
instrucción, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba
una mano horriblemente hábil, no podía hacer más que protestar. Así lo
hizo constantemente y con furor, hasta exasperar á los jurados y á los
jueces. Porque el desgraciado parecía cínico y era inocente. Si todos
los que tenían que formular una opinión sobre su culpabilidad no
hubieran estado imbuídos en el sumario, si hubieran querido reflexionar
un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un
acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de
un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el
momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano
de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenían una
merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos á condenar y
condenaron en conciencia. Cuando se les enseñe la mujer viva, tendrán
que confesar que se han equivocado. Se averiguará entonces quién era la
muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible
complot urdido para perder á un inocente.

--Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no
realidad. Usted sueña despierto. Eso pasará. Pero permítame usted
decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas
suficientes de lo que dice, podría jactarse de producir una sensación
extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo
la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la
justicia, darían á este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me
contrariaría presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no
creo en él y que les he predicho un fracaso seguro.

--Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos,
al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. ¿Verdad,
Marenval?

--Sí, querido amigo. Lo que acabo de oir á Vesín, me decide por
completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun después de las
seguridades que usted me había dado. Pero, en verdad, la infalibilidad
de la justicia es un dogma tan difícil de admitir como la infalibilidad
del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy á
dedicar con usted á probarlo. Si hay dificultades materiales las
venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las
dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento
lucharán como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay
todavía Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusión los
prejuicios, las aberraciones y los errores. ¡Cómo pues! El siglo ha
progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensión de
apoderarse mañana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de
todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquías
solamente la justicia ha de ser intangible... ¡No, por cierto! Si la
justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. ¡Si no, será
arrastrada por el impulso general!

--¡Bravo! Marenval, exclamó Vesín, llega usted á ser elocuente.
¡Adelante, héroes! ¡Combatid! ¡Mis votos os acompañen! Usted está
retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendrá.
Más vale esto que jugar al _poker_ ó que tallar en el _baccará_. Si
tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo daré como _dilettante_.
No me consolaría nunca si ustedes me tuvieran por un espíritu cerrado á
la razón y á la piedad. Pero la lucha que van á emprender, recuerden
bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He
hablado á ustedes como amigo. Diríjanse á cualquier magistrado y según
el humor en que se halle, les dirá con ironía que se metan en la malla
dirigiéndose al ministro del ramo, ó les declarará con indignación que
van á dirigir un reto á la justicia.

--Dirigimos, en efecto, ese reto, exclamó Marenval.

--Pero no nos dirigiremos á nadie más que á usted, añadió Tragomer.
Quería hablar con un hombre competente antes de meterme á fondo en este
asunto. Á pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus
palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una
resistencia profesional y sistemática. La magistratura no abandona su
presa. Es un principio para ella y una garantía para la sociedad. Todo
acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser
culpable. Está bien. Sé lo que quería saber y obraré en consecuencia.

--¿Puedo preguntar á usted dónde piensa ir á parar? preguntó con
curiosidad el magistrado.

--Entendámonos, dijo Tragomer. Hasta ahora he hablado al magistrado; voy
á hablar al hombre, al amigo. Una indiscreción sobre lo que vamos á
intentar Marenval y yo podría tener tales consecuencias, que sería
locura exponernos á ella.

Pedro Vesín miró á los dos compañeros con cuidadosa gravedad.

--¿Acaso duda usted de mí? ¿Tendré que rogarle que se calle, después de
haber solicitado sus confidencias?

--No, dijo Tragomer, y la prueba es que voy á explicárselo todo.

--Y yo les doy mi palabra de olvidar en seguida lo que haya sabido.

Tragomer y Vesín se estrecharon afectuosamente la mano. El vizconde
encendió un cigarrillo y dijo con tanta calma como si se tratase de una
expedición de placer:

--Como usted comprenderá, el negocio para nosotros es no asustar á los
verdaderos culpables. Si por desgracia se informasen de nuestros
proyectos, tomarían sus precauciones y ¡adiós!, écheles usted un
galgo... Bastaría que Lea Peralli desapareciese, para que todo viniese
por tierra. Y yo supongo que el tunante que ha puesto el lazo en que
cayó Jacobo de Freneuse, sería muy capaz de deshacerse de ella si lo
creía necesario. Aunque usted me hubiera mostrado la máquina judicial
pronta á funcionar para la revisión del proceso, aunque me hubiera usted
asegurado la buena voluntad del ministro, hubiera yo renunciado á
someter, por ahora, el asunto á la justicia y á presentar los hechos
nuevos que harían necesaria la revisión. Al primer ruido, todas las
pruebas desaparecerían y nos encontraríamos desarmados. Lo primero es
tener en nuestra mano á los culpables y no dejarlos escapar. Entonces
avanzaremos. Tenemos, pues, que hacer averiguaciones y ¿quién sabe?
acaso tomar resoluciones graves que nos serán impuestas por los
acontecimientos. Desde luego debemos ponernos en relación con Jacobo, á
fin de que sepa que existe Lea Peralli y para juzgar con él, hablando
larga y maduramente, sobre las consecuencias que trae consigo este hecho
inesperado.

--¿Pero van ustedes á ir á Numea? exclamó Vesín con mal contenido
asombro.

--Vamos á ir á Numea, declaró fríamente Marenval.

--Allí, dijo Tragomer, nos pondremos de acuerdo con Freneuse sin que la
administración adivine nuestros proyectos. Escribir es peligroso, pues
se abren las cartas de los penados y se leen sus respuestas.
Estudiaremos, pues, la situación de viva voz y veremos qué debemos
hacer.

--Tragomer, usted no lo dice todo, exclamó con emoción el magistrado; á
pesar de todo, desconfía de mí... ¿Trata usted de hacer evadirse á
Jacobo la Freneuse?

Tragomer sólo respondió con una sonrisa pero Marenval se irguió y dijo
con extraordinaria energía:

--Y aunque así fuera, ¿qué? ¿Cree usted que estando convencidos de que
ese muchacho es inocente, le vamos á dejar podrirse en el presidio? ¡Le
robaremos, pardiez! Eso será divertido. Ya que hacemos el viaje, nos
proporcionaremos esa pequeña distracción.

--Pero hay guardias, una guarnición, un barco vigilante, dijo Vezín.
¡Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les
prenden, y para prenderles no se tendrá inconveniente en matarles...

--Eso es cuenta nuestra, respondió Marenval. Puede usted creer, querido,
que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su
existencia. Por otra parte, estamos decididos á defendernos...

--No me digan ustedes ni una palabra más; les encuentro insensatos. Me
están ustedes haciendo un capítulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes
cincuenta años, mis buenos amigos. Pero quiero creer que á los primeros
pasos se encontrarán con tales dificultades, que no llevarán adelante su
empresa. Créanme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estará en la
tramitación legal de una instancia. Escriban una memoria, diríjanla al
ministro y unas buenas pesquisas de la policía podrían...

--Echarlo todo á perder, interrumpió Tragomer. Sé con quién tengo que
habérmelas. Es preciso trabajar en la sombra ó fracasaremos...

--Y queremos lograr nuestro propósito, añadió Marenval.

--¿Cómo van ustedes á ir á la Nueva-Caledonia?

--En un yate que fletaremos. Nos conviene tener á nuestra disposición
los medios más perfectos y más rápidos.

--¿Se presentarán ustedes á las autoridades coloniales?

--Sí, como viajeros.

--¡Ah!



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