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replicó Marenval con aire ofendido. Así, podéis creer
que la cosa me hizo brotar canas...

--¿Dónde las tienes?

--¿Te las tiñes?

--¡Para no exponerlas á enrojecer!

--Pero, eso sí, cumplí mi deber con la familia de Freneuse, pues me puse
á la disposición de la madre del desgraciado y culpable Jacobo.

--¿Culpable? interrumpió bruscamente Tragomer. ¿Está usted seguro?

Á esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto de
estupor.

--He participado, por desgracia, de la convicción de los magistrados,
del jurado y de la opinión pública, dijo Marenval, pues, en realidad,
era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de su
exasperación, no encontró ni un argumento, ni un hecho que citar en su
defensa. Ni una declaración le fué favorable, y en cambio hubo en contra
suya veinte de las más abrumadoras. ¡Oh! Se puede decir que todo
contribuyó á perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo,
en fin. Me duele en el alma hablar así, pero me obliga á ello el
convencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de ese
desgraciado, á menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mató á
su querida, la encantadora Lea Peralli.

--¿Para robarla? añadió irónicamente Tragomer.

--Él mismo había empeñado, el día anterior, en el Monte de Piedad, todas
las alhajas de la víctima.

--Entonces, ¿por qué matarla, pues que ella misma le había dado todo
cuanto tenía?

--Las papeletas valían, lo menos veinte mil francos... Jacobo debía una
suma igual á la caja del círculo. La deuda fué pagada en el momento
preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo día y las alhajas
desempeñadas... Lea Peralli vivía aún en ese momento; murió aquella
misma noche... ¡Ah! Ese maldito asunto está muy presento en mi
espíritu.

--Sí, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el
pobre Jacobo desempeñó las joyas, pero negó siempre haber vendido las
papeletas. Pretendía que el verdadero asesino las había robado y
desempeñado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues
bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fué condenado,
¿qué diríais?

Esta vez el bello Cristián no pudo dudar de que se había apoderado de su
auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en él con apasionado
ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban
el interés que había sabido excitar en todos los espíritus.

--¿Y entonces? preguntó, por fin, Marieta.

--Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este
asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirón hablaba hace un
momento con mucha razón.

--Yo he conocido mucho á Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una
muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente.

Los demás perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan
poco, exclamaron:

--¡La historia! ¡La historia! ¡En esto hay una historia!

--Sí, por cierto, respondió tranquilamente Tragomer; pero no esperéis
que os la cuente.

--¿Por qué no?

--Porque sé que tengo que habérmelas con las diez lenguas mejor cortadas
de París, y no quiero que mi secreto...

--¿Hay un secreto?

--Que mi secreto corra mañana por las calles, por los salones y por los
periódicos.

--¡Oh!

Aquello fué un grito de reprobacción general y el mismo Maugirón
abandonó el partido de Cristián y se pasó al enemigo, gritando más
fuerte que todos.

--¡Abajo Tragomer! ¡Fuera Tragomer!

Pero el noble bretón les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y
escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba
apoyada en la mano. Dejó que se exhalase el descontento general y dijo
con voz sosegada:

--Si el señor Marenval quiere escucharme, voy á contarle lo que sé.

--¿Y por qué á él y no á nosotros?

--Porque él está unido á la familia de Freneuse y porque, como él decía
hace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es,
pues, equitativo darle hoy ocasión de sacar algún provecho...

--¿Y cómo?

--Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento...

--¡Muy bien! ¡Nos pone en la puerta, por añadidura!

--Maugirón, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomer
es todavía más fastidioso que tú.

--¡Como! ¿No dejáis quedarse ni á Chambol, el indispensable Chambol?

--Son las once, dijo Tragomer, y la ópera reclama á Chambol: hoy hacen
_Coppelia_. Si no va por allí, ¿qué dirán las bailarinas?

--¿Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hace
quedar...

--¡No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos...

--¡Es inútil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval,
nos vamos.

--Entonces, no hagáis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las
circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer.
Y en recompensa...

--¡Ah! ¡ah! Un regalo! exclamaron las damas.

--¡Bueno! sí, un regalo, dijo Marenval. Mañana, en todo el día,
recibiréis un recuerdo mío.

Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el
recuerdo sería de valor. Maugirón entonó, con la música de la marcha del
Profeta:

--¡Marenval! ¡Honor á Marenval!

Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el héroe de aquel
homenaje les interrumpió diciendo:

--¡Silencio! Vais á hacer venir los comisarios del círculo. Sed
razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches.

Todas aquellas bonitas caras se aproximaron á los labios glotones de
Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos
apretones de manos y la alegre cuadrilla pasó al salón inmediato para
vestirse. Marenval cerró la puerta, y una vez solo con Tragomer, se
sentó de nuevo, encendió un cigarro y dijo al joven:

--Ahora, podemos hablar.

--Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cariño que me unían desde
la niñez á Jacobo de Freneuse. Hemos sido compañeros de colegio y
servido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirlo
así, común. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sido
ciertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemos
dado lugar á críticas, pero estábamos llenos de ardor y de fuerza y
merecíamos un poco de indulgencia.

--Usted sí, amigo mío, usted, que siempre ha conservado, aun en los
excesos, una corrección perfecta; pero Jacobo...

--Sí, bien sé; Jacobo pasaba los límites y no sabía detenerse á tiempo.
Era un exagerado y así en los goces como en las penas iba hasta el
último extremo... Le he visto llorar arrepentido en los brazos de su
madre, como un niño, después de alguna calaverada gorda, lo que no le
impedía repetirla el día siguiente. Lo peor del caso era que la fortuna
de su familia no permitía las prodigalidades á que él se entregaba, por
lo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo que
estar á cargo de su madre y de su hermana.

--¡Ah! querido amigo, ahí es donde yo dejé de comprenderle y me hice
severo para él. Mientras no hizo más que derrochar su capital, le juzgué
imprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse á sí mismo, pero no le
vituperé. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero.
Uno atesora y otro malgasta; cuestión de gusto. Pero imponer sacrificios
á los parientes, estar á cargo de dos pobres señoras para ir después á
correrla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades.

--No es usted el único que piensa de ese modo; todos los consejos que le
dí entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustenta
muy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones,
no tuvo en cuenta mis advertencias. Me respondía que á mi me era fácil
la moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricos
tenían gran facilidad en predicar la virtud á los que están sin un
céntimo y que, ciertamente, si él pudiera no contraer deudas, sería el
hombre más feliz del mundo. Y las contraía, lo sé por experiencia. Si le
hubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunque
le quería tiernamente, tuve que calmar su afición desmedida á pedirme
prestado, porque vi que muy pronto me pondría en apuro, sin salir de
ellos él mismo. Por otra parte, la señora de Freneuse me suplicó que no
fomentase con mi dinero los desórdenes de Jacobo. La pobre señora creía
que se detiene un caballo desbocado tirándole de las riendas, como si
toda presión y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, para
exasperar su locura.

--¿No existió en aquel momento un proyecto de enlace entre la señorita
de Freneuse y usted?

Tragomer palideció y su cara tomó una expresión dura y dolorosa. Sus
ojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreció como un
lago sobre el cual pasa una negra nube. Bajó la voz y dijo:

--Me recuerda usted uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Sí, yo
amaba y amo aún á María de Freneuse. Iba á casarme con ella cuando
ocurrió la catástrofe... Parece que estoy viendo á la madre de Jacobo
cuando llegó á mi casa una mañana, medio loca de dolor y de espanto, se
dejó caer en un sofá, pues no podía tenerse en pie, y me dijo
sollozando: acaban de prender á Jacobo... en casa... hace un
momento...

--¿Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli?

--Sí, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de un
tiro de revólver y con la cara enteramente desfigurada por la herida...

--¡Una mujer! repitió Marenval, muy extrañado de la forma de la frase y
del tono en que Tragomer la había dicho. ¿Acaso duda usted que la muerta
fuese Lea Peralli?

--Lo dudo.

--Pero, amigo mío, replicó Marenval con viveza, ¿por qué no ha dicho
usted eso más pronto? ¿Al cabo de un año viene usted á aventurar una
opinión tan extraordinaria? ¿Quién le ha impedido á usted hablar en el
momento del proceso?

--En aquella época no tenía las mismas razones que hoy para dudar.

--Pero, ¿cuáles son esas razones? ¡Diablo! ¡Me hace usted saltar con su
sangre fría! Cuenta usted cosas que le hacen á uno caerse de espaldas,
con el tono de un caballero que está leyendo los carteles de los
teatros... ¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado á
Lea Peralli?

--Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva.

Esta vez Marenval se quedó aturdido.



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