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Text on one page: Few Medium Many
dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas
más extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin
de siglo es eminentemente práctico, egoísta y anti-sentimental. He aquí
un caso que puede hacer pensar á los filósofos. ¿Qué van á decir los que
aseguran que se ha perdido en Francia la energía individual? Nos
encontramos en presencia de un caso de exaltación como no se veían sino
en las ardientes épocas revolucionarias. Lo que van ustedes á intentar
es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente
las empresas inverosímiles tienen alguna probabilidad de éxito. Se pone
uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe
de audacia llevado á cabo por personas frías... ¿por qué no ha de
resultar? ¿Cuándo piensan ustedes marcharse?

--Lo más pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y
lleguemos á Inglaterra.

--¿Van ustedes á fletar un vapor inglés?

--Sí. No queremos que un armador y una tripulación franceses participen
de nuestra responsabilidad.

Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y
en la semioscuridad del crepúsculo las caras perdían su aspecto real.
Marenval se estremeció creyendo estar rodeado de espectros. Un
sentimiento de angustia se apoderó de su corazón y sintió una especie de
vértigo al oir decir á Vesín con voz fúnebre:

--En efecto, el caso sería grave. Una causa criminal para los que fueran
presos, y si había habido, por desgracia, algún hombre muerto...

--Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbucéo Marenval.

--En todo caso, si no atentan contra la piel de los demás, ustedes
exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las
represiones son terribles.

--Sabemos á lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos á
consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que
correr.

--¡Y por nada retrocederemos!

--¡Diantre! dijo Vesín; si no me retuvieran mis funciones, me iría con
ustedes nada más que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal
expedición resultaría algo fuera del cuadro.

--Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consuélese usted; le traeremos
fotografías.

Aquella grave conversación acabó en broma. Vesín volvió el conmutador de
la electricidad y una viva luz inundó la pieza, produciendo reflejos
brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los
dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba
repentinamente al brotar la luz, hacía tan completo contraste con los
proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres
hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer
sonreía tranquilo y resuelto y la claridad había devuelto á Marenval
todo su valor.

--Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesín, pues no emplearán
ustedes más tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles útil en
algo, tendré en ello mucho placer!

--Amigo mío, si logramos nuestro propósito, vendremos tan llenos de
pruebas que será imposible rehusarnos justicia.

--Amén, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.

Les ofreció la mano y añadió:

--Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van á hacer no es vulgar y
les admiro de corazón.

--Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo á la
señorita de Freneuse y trabajo por mí mismo al intentar la
rehabilitación de su hermano. Mi mérito es, por tanto, muy débil. El
verdadero héroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.

Á estas palabras que le tocaban en lo más profundo de su ser, Marenval
palideció, las lágrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar,
permaneció temblando de emoción ante sus amigos. Por último movió la
cabeza, dió un suspiro que pareció un sollozo y contestó, arrojándose en
los brazos de su pariente:

--Adiós Vesín. Usted sabe á qué atenerse. Si me atacan y yo no puedo
defenderme, sosténgame usted. No permita que digan que soy un viejo
imbécil.

Repitió con aire extraviado:

--¡Adiós!

Y cogiendo el brazo de Tragomer, salió como si marchase á la muerte.




V


M. Harvey poseía uno de los más hermosos hoteles de la plaza de los
Estados Unidos. Le había parecido patriótico vivir en la plaza que lleva
el nombre de su país, lo que, según él, le hacía vivir al mismo tiempo
en París y en América. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto hacía
mucho tiempo á su país, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente
declarando que en modo alguno quería abandonar la Europa. El padre había
dicho entonces á su hija:

--Querida mía, si quieres obrar á tu capricho, cásate, porque yo también
tengo los míos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me
resulte enteramente desagradable.

--¿Pero qué tiene de desagradable vivir en un país donde encuentra usted
todo lo necesario para ser dichoso?

--Yo no lo soy si no vivo en América seis meses del año, por lo menos.

--Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.

Á esta insolencia filial, Harvey respondió con sonrisa indulgente:

--Es posible. Yo mismo lo creo.

--Me casaré, entonces, puesto que eso simplificará la vida para usted y
para mí.

--¿Y con quién, querida mía? ¿Con un europeo ó con un americano?

--Con un europeo y, probablemente, con un francés. Para gente ordinaria
tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien
educado.

--Eres libre.

--Lo sé; y usted lo será también después de mi boda.

Aquel ganadero que había desplegado tanta energía para fundar su fortuna
y crear sus ranchos; aquel hombre que poseía cientos de miles de bueyes
pastando en las fértiles praderas indianas, no había podido nunca luchar
contra la voluntad de miss Maud y como hombre práctico ante todo, había
tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y
simplificaba las relaciones de familia. El espectáculo que ofrecían los
Harvey, padre é hijos, en América, conducidos por aquella morenilla
delgada y débil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud había
muchas más ideas de las que podían producir los cerebros de sus
hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad
debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su
padre. Harvey lo sabía y se complacía en ello. Con frecuencia decía:

--Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se
hubiera equivocado y la hubiera hecho varón, esta muchacha hubiera
aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jóvenes no harán
más que gastarla.

Tenía por ella una alta estimación, lo que es la mayor prueba de afecto
en un americano. También decía, hablando de ella.

--Mi hija sabe gastar el dinero.

El yanqui quería decir con esto que Maud sabía ser pródiga cuando las
circunstancias lo exigían, y económica en la vida diaria: Hacía un año
que se había instalado con ella en Francia y se aburría soberanamente,
pues no comprendía las minucias y las delicadezas de la vida parisiense.
Acostumbrado á expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el
asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por
su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las
sutiles hipocresías de la sociedad en que vivía, y cuando hablaba, sin
cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se
hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.

Era tan rico, que en todas partes se le acogió con entusiasmo. El gran
mundo parisiense no está ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios
económicos que se han producido en Francia han modificado la base de las
fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que
transigir con la aristocracia del dinero, produciendo así un primer
fenómeno de nivelación social. Dentro de poco tiempo no habrá más que
dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarán la lucha
secular por la posesión de la autoridad y de la inteligencia.

En un mundo tan abierto á la influencia del dinero y en el que las
colonias extranjeras están como en su casa, Harvey no podía menos de ser
bien acogido. Recibía, tenía un yate, sabía prestar quinientos luises
sin reclamarlos jamás y tenía una hija elegante, original y con un dote
colosal. No hacía falta tanto para conciliarle todos los favores. Había
sido recibido en el Club automóvil, formaba parte de la sociedad de los
Guías y era miembro influyente de la Unión de los yates. Pero se
aburría, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la
atmósfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la Ópera, ganaba y
perdía sin emoción grandes sumas al juego y no estaba contento más que
sentado en el pescante de su _mail_, guiando cuatro caballos del
Kentuki, ó á bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero
transatlántico tripulado por sesenta hombres y armado de seis cañones,
con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servían más que
para saludar á los puertos.

La persona del conde de Sorege le fué antipática desde el primer
momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no decía nunca sino
la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jamás á los ojos de las
personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antípoda de su modo
de ser. Cuando su hija le participó que se había comprometido con aquel
joven, se atrevió á hacer algunas observaciones.

--¿Estás segura, Maud, de que el señor de Sorege es el hombre que te
conviene? ¿Has estudiado su carácter y crees no arrepentirte de haberle
dado tu palabra?

Miss Harvey expuso tranquilamente á su padre las razones que habían
decidido su elección.

--El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mío, como en
todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no
dejarse servir género de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los
americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de
hacernos aceptar cuadros copiados, tapicerías rehechas, objetos falsos y
nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca,
informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho.
El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular
fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla
inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado...



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