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Es, pues, preciso mirar muy de cerca,
informarse, comprobar, para no ser engañado y esto es lo que he hecho.
El señor de Sorege está emparentado con todo lo mejor, tiene una regular
fortuna, está agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla
inglés muy correctamente y es un joven muy bien educado... He aquí por
qué me he comprometido con él.

--No mira jamás; parece un buho...

--Pues á mí me mira muy bien.

--¿Sabe, al menos, montar á caballo? Nunca se le ve más que en los
salones.

--No es un gaucho, seguramente, pero irá á pasear con nosotros cuando
queramos...

--¿Es cazador?

--Todos los franceses lo son.

--¿Sabe tirar un tiro con puntería?

--No supongo que sea un Buffalo-Bill... Pero no creo que pensemos
hacerle perseguir bisontes ó cazar osos grises.

--Creo que toda la fuerza de ese hombre está en la cabeza, dijo Harvey
con desdén, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.

--Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios
corporales, tendrá usted á mis hermanos; para los del espíritu á mi
marido.

--En fin, Maud, eres libre.

El yanqui acogió á Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en
su carácter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le dió golpes en las
rodillas capaces de aplastar un búfalo y observó con placer que el joven
no flaqueaba. La prueba de los _cocktail_ fué también favorable á
Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco
y no se aturden con su propia excitación. Montó en el _mail_, supo coger
las riendas en un momento en que Harvey se fingió cansado, y ejecutó
vueltas perfectas á gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo
alguno.

En el Havre visitó el yate y mostró tener el aplomo de un marino.
Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningún punto y tuvo
que reconocer que su futuro yerno era un _sportman_ muy completo. Pero á
pesar de todo no se sentía unido á él por una de esas simpatías que le
eran tan fáciles y tan necesarias. Entre Sorege y él había siempre un
velo, el de los párpados que ocultaban habitualmente la mirada de aquél.

Para probar á su yerno de un modo más completo, pretextó la necesidad de
hacerle conocer sus hijos, de enseñarle sus propiedades, de explicarle
sus empresas, y le llevó consigo á América. Cuando volvieron, la opinión
de Harvey era la misma. Confesaba que no tenía nada de que acusar á
Sorege más que de no gustarle. Hablando de él, decía á su amigo y
compatriota Weller:

--Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto
cometer una incorrección ni decir una inconveniencia. Usted me creerá,
si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle
blasfemando ó abrazando á una camarera de á bordo. Pero ni lo más
mínimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.

Acaso la resistencia opuesta por Harvey á aquel proyecto de enlace
excitó á miss Maud á encontrar á Sorege más aceptable. Nunca mostró
tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus
relaciones con Sorege no habían sido para el mundo más que una
coquetería sin importancia, pero al volver á París el conde fué
declarado futuro marido. Entonces se difundió la noticia en los círculos
parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el
mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su
modo de conocerse sirvió de texto durante veinticuatro horas á las
murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una
americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su afición
inmoderada á la música. Ambas personas habían sido mutuamente
presentadas por la dueña de la casa:

--El señor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.

Sir Harvey ofreció entonces la mano á Marenval, con una franca sonrisa:

--¡Ah! Marenval y compañía, ¿verdad? Conozco á usted muy bien. Hace
veinte años que _Harvey and Cª_ provee á Chaminade, de Burdeos, todo el
pino para las cajas de embalaje de su casa de usted... ¡Tanto gusto!

La cara que puso Marenval, cuya única ambición consistía en hacer
olvidar las pastas y las féculas origen de su fortuna, proporcionó á la
concurrencia un precioso rato de diversión. De aquella presentación
databa la antipatía manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo,
por todos los americanos, á quienes englobaba en el desdén que le
inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de él, brusca,
decidida y ruidosa, Marenval le dirigía miradas de conmiseración y tenía
por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho.
Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, bromeó diciendo:

--Son tal para cual... ¡Un hipócrita con una desvergonzada! ¡Qué
dichoso cruzamiento!

En los días en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje,
fueron invitados á comer en casa de la señora de Weller y se encontraron
allí con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto
de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufría
filosóficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su
prometida. Al ver entrar á Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento
de cejas acusó solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se
borró y escuchó con tranquilidad á su suegro cuando éste le explicó las
antiguas relaciones comerciales dé _Harvey and Cª_ y Marenval y
compañía.

Pero cuando Tragomer fué presentado á miss Maud por Sam Weller y se
habló del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege
observó contrariado que el ganadero manifestaba por Cristián una
repentina simpatía. Después de la comida, que había sido suntuosa,
rápida y acompañada de música, lo que hizo imposible toda conversación y
simplificó así las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida
á una simple manifestación gastronómica, los invitados se repartieron
por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron á
fumar en el despacho de Sam.

En aquella habitación están coleccionados los más hermosos cuadros de la
escuela de 1830, comprados á peso de oro por el fastuoso americano. El
_Degüello en una mezquita_ de Delacroix, fraterniza con el _Concierto de
los monos_, de Decamp, y la _Merienda de los segadores_, el mejor cuadro
de Millet, hace pareja con la _Danza de las ninfas _, de Corot. _La
puesta del sol_, de Díaz, _la Orilla del río,_ de Dupré, los _Grandes
bosques agostados_ de Rousseau, disputan la admiración á las preciosas
praderas de Trayon y á los magníficos estudios de Messonnier. En cuanto
Harvey encendió un cigarro, se dirigió á Marenval y á Tragomer, que
estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo señalando á los cuadros
de su amigo:

--Sam Weller tiene una hermosa galería, pero si ustedes vienen á mi casa
del Dakotah, verán que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente
que yo no tengo más que pintores antiguos... Rembrandt, Rafael, el
Ticiano, Velázquez, Hobbema...

Marenval miró á Harvey de reojo é interrumpió:

--Esos son los que se copian más fácilmente.

--Sí, pero los míos son todos originales.

--Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les
venden cuadros cuidan de no contradecirles...

--¿Pero Sam Weller no tiene más que cuadros auténticos?

--¡Um!... dijo Marenval con acento de duda.

--Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas
que se los vieron pintar.

--¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó
Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?

--Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado
mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan
visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero
venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy
conocido.

--El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da
valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido
más mérito que el nombre del coleccionador.

--Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos
espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que
bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay
algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos
formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas,
prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros
cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos
considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á
ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por
enviárselo todo.

--¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.

--¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y
despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos
han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.

--¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.

--En América estimamos á los franceses.

--Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.

Harvey sonrió.

--Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados...
No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país... Ellos
no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo... No digo
esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero,
usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?

El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del
placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus
palabras:

--Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje
á ultramar con Tragomer...

No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo.
El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un
sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se
levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El
ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:

--¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?

Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.

--Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al
Mediterráneo.



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