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Text on one page: Few Medium Many
Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.

--Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se
conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se
marea usted?

--No he navegado nunca, confesó Cipriano, pero no creo que sea más
difícil que cualquiera otra cosa.

--Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensación comparable á la
de sentirse dueño de su barco en medio del Océano, entre el cielo y el
agua. Allí se está verdaderamente en presencia de Dios... Pero en ese
lago interior apenas perderán ustedes de vista las costas... Vénganse
ustedes conmigo en mi yate; les llevaré á donde quieran... Hace tiempo
que tengo gana de ir á Ceilán; esa será una ocasión.

--Gracias, Harvey, respondió Marenval; para prueba nos basta ese lago
interior, como usted llama desdeñosamente al Mediterráneo, que es muy
traidor, entre paréntesis...

--¿Y en qué barco irán ustedes?

--Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvió á lord Spydell
para ir al Cabo el año último. Es un vaporcito de sesenta metros de
largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La
tripulación se compone de veintiséis hombres. La arboladura tiene dos
palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbón...

--Y hasta hay á bordo cuatro buenos cañones, añadió Marenval, que
parecía decidido á hablar siempre que debía callarse.

--¿Y qué piensan ustedes hacer con esa artillería? dijo una voz burlona.
¿Van ustedes á bombardear Malta ó á tomar Trípoli?

Tragomer se volvió y se encontró con Sorege, que sonreía de un modo
enigmático.

--Los cañones estaban á bordo y los hemos dejado. ¿Quién sabe? Las
costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas
apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.

--Marenval, en efecto, sería una buena presa; le exigirían un enorme
rescate... Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no
pensaba usted en eso hace pocos días, cuando hablamos...

--La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi
gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey,
la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero
descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en
los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros
algunos amigos... Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros
de comer bien; él se ocuparía de eso.

--Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á
ustedes?

--Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en
Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince
días.

Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la
cabeza y dijo en tono cordial:

--Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de
París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto
alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.

--Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse
descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss
Maud Harvey como ha prometido...

--Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa
pequeña ceremonia... Como navegante le debe á usted toda clase de
deferencias...

--Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de
Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted...

Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de
señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de
recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y
reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los
instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje
que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban
una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las
pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de
los espectadores.

--Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti
y á Mac-Kinley...

Harvey y Tragomer se aproximaron á miss Maud, y en el momento en que
Mac-Kinley empezaba á decir: _Fellow citizens of the senate_..., el
ganadero, señalando á su hija el joven, dijo:

--Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido...
Miss Harvey, mi hija.

La delgada fisonomía de la americana se esclareció con una sonrisa.
Señaló á Cristián una silla al lado de su sillón y dijo en tono un poco
autoritario:

--Siéntese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho
tiempo. Algunos amigos míos me han hablado de usted con frecuencia.

--Su prometido...

--¡No! El señor de Sorege no ha pronunciado jamás su nombre de usted. Y,
sin embargo, sé que ha sido su amigo durante muchos años. No debe usted
extrañar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que
atañe á las personas con quienes entablo relaciones... ¡Y no las hay
más importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer á
los que han rodeado á mi futuro marido: se juzga muy bien á las personas
por las que les acompañan... ¿Por qué Sorege no habla nunca de usted?
¿Están ustedes regañados?

Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclinó un poco la
cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar á miss Harvey
informes falsos y no quería declarar el enfriamiento de sus relaciones
con Sorege. Una palabra dicha por ella á su promedito bastaría para
ponerle en guardia.

Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho
el honor de presentarme, iba á hacerlo Sorege mismo.

--¡Tanto mejor! Yo quisiera que el señor de Sorege tuviera muchos
amigos como usted... Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo...
¿Quién era aquel Freneuse, que tan mal acabó?

Al oir aquella pregunta imprevista, Cristián se puso rojo y miró
atentamente á miss Harvey. Desde que tenía que habérselas con Sorege
desconfiaba de todo. Sospechó que la americana servía inconscientemente
de cómplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba había
sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del
pensamiento de miss Maud y dijo:

--Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos
el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido
causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.

--¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas
aventuras y del que fué su protagonista?... Nunca he podido sacar de él
mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.

--Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?

--¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo
lo que se hace sin su intervención... Se ha criticado mucho mi proyecto
de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada
reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones... De
este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha
habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en
intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo.
Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen;
pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan
dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio.
Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.

--Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted,
sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan
dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber
sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted
harcerla observar que yo también fui amigo suyo.

--Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone
violento cuando se pronuncia su nombre... Tengo la costumbre de pensar
muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de
Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege.
¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.

Cristián permaneció impasible.

--No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de
Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos
no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las
pruebas.

--¿Y usted es de esos amigos?

--Sí, soy uno de ellos.

--¿Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaña?

--¿Qué he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.

--¿Y si se ha engañado?

--La justicia no se engaña, aunque es algunas veces engañada, que no es
lo mismo.

--¿Había, pues, en ese asunto alguien que tuviera interés en engañar á
la justicia?

--Acaso.

--¿Le conoce usted?

--No, no le conozco.

En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversación de Tragomer
y de su prometida se prolongaba, apareció en la puerta del salón. Miss
Harvey le hizo seña con el abanico de que se aproximara y con todo el
ímpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:

--Venga usted por acá. Estoy encantada de que mi padre me haya
presentado al señor de Tragomer, que me está interesando mucho con el
asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar á usted ni
una palabra. ¿Por qué no me ha dicho usted que le creía inocente?

--¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.

--Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el
señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.

El conde inclinó la cabeza con tristeza.

--Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por
eso afirma lo que desea...

--¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel
desgraciado como usted, no más.

--¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia
Freneuse?

Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.

--Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la
catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso
que fué por mi culpa...



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