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Text on one page: Few Medium Many
¡Oh! Confieso
que fué por mi culpa... No tuve constancia ni firmeza para desafiar y
despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de
cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y
cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén...
Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y
ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la
de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted
porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.

--Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á
usted mucho su franqueza... Comprendo la resolución de la hermana de
aquel desgraciado... Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral...
Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es
un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable
para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha
hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su
madre?

--No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil...

--¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?

--Nunca.

Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una
expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:

--La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede
soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?

--Siempre.

--¿Y no hacen nada?

--¡Qué quiere usted que hagan?

--¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse
llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia.
Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de
una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso
hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis
fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al
inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con
una cuadrilla de filibusteros...

Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo
un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta
fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.

--Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud... Pero esas cosas
no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados
hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren
las costas.

--¡Parece usted encantado por ello! contestó con vivacidad la joven. La
verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted
á su antiguo amigo.

--¡Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan
torpemente su vida y alterado la de los demás. No tenía más que seguir
tranquilamente el camino que se le ofrecía y por su afición á los
caminos extraviados se hundió en tal cloaca de vicios que fué imposible
impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso
solamente, y así pruebo una vez más mi amistad.

--Pero, si está usted aún preocupado por ese muchacho, ¿por qué no
participa de la creencia de su amigo? ¿Por qué no trata de discutir la
culpa del condenado?

--¡Ah! Eso es imposible. Nos estrellaríamos contra la evidencia, dijo
Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo
inverosímil, cerrarse á la evidencia, no es empresa para un ser sensato.
Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido;
pero combatir contra la verdad, ¿para qué?

--Sorege tiene razón, miss Maud, dijo fríamente Tragomer. Lo comprendo
tan bien que mis convicciones son enteramente platónicas. Si hubiera
algo que hacer, ya lo hubiera intentado, esté usted segura. Precisamente
porque todo lo creo inútil he tomado el partido de viajar para
distraerme.

--Puesto que viaja usted, ¿por qué no va á ver á ese desgraciado?

Tragomer se estremeció y se preguntó una vez más si la americana estaría
de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la
pregunta destruía esa suposición. La joven estaba sencillamente influida
por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los
obstáculos que caracteriza á las grandes fortunas y por la inconsciencia
de las leyes que es propia de la mujer.

--¿Ir á Numea? preguntó Sorege con su voz falsa. ¡Triste expedición!

--No tendría valor, dijo Tragomer, para ver en la abyección un hombre á
quien he conocido bello y brillante. ¡Cómo estará después de dos años de
vida común con aquellos innobles compañeros! El carácter se rebaja
pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del
hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un
ser envilecido y degradado... Prefiero no ver ese espectáculo que me
causaría profunda pena...

--Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna á pensar que vive
en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted
á pasearse por el Mediterráneo de modo de poder desembarcar en Cannes ó
en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higiénico. Allí no verá
usted espectáculos tristes, si trata de no mirar á los tísicos. Me
habían dicho que los franceses eran los últimos enamorados de la Quimera
y que no se cometía en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte
en ella. Celebro ver que han adquirido sentido práctico y que antes de
tomar una resolución consultan sus intereses. Señor de Tragomer, buen
viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido á usted. Probablemente, habrá
usted vuelto de su expedición en la primavera; si quiere venir con mi
padre y conmigo á la isla de Wight, á donde iremos como todos los años,
hará un viaje muy de su agrado, pues se divertirá sin emociones ni
disgustos.

Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que
daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con
aire paternal.

--¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo
sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de
que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y
en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que
se salven los transeuntes.

Miss Harvey se echó á reir.

--Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él
también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.

--¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas
cansadas.

La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad
acostumbrada:

--Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.

--Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.

Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible
fisonomía.

--Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.

Hizo una señal á su padre y se alejó seguida de Sorege. Marenval, que
acechaba á su compañero hacía largo rato, se acercó entonces y preguntó,
no sin inquietud:

--¿Qué diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincón?
Por los ademanes, me parecía que la conversación era grave.

--Y no se engañaba usted. Á poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma
á la Nueva Caledonia...

--¡Usted se chancea!

--No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todavía tiemblo.

--¿Entonces la hija después del padre? ¡Pero esta familia tiene la manía
de pasear á la gente por el mar!

--Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio á propósito de Jacobo
de Freneuse...

--¡Bah! ¿Para qué?

--Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege había
preparado esta encerrona para cogerme... Pero no; estaba tan violento
como yo... Todo ha sido casual... En todo caso pienso, en un momento
dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecería
indiferente á nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad
de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de
regateárnosla.

--¿Contra su prometido?

--Hasta contra él.

--¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?

--Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En
este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la
modifique.

--¿Se va usted?

--Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos
negocios.

--¿Dónde nos veremos mañana?

--Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y
cuento con usted para que me reciba.

--Hasta mañana, pues.

El sombrío hotel de la calle de _Petits-Champs_ pareció despertar de su
lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente
movido por Tragomer.

Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á
Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval
le preguntó:

--¿Están visibles las señoras?

--Para el señor, ciertamente, respondió el criado, pero no sé si el
señor de Tragomer...

El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresionó
profundamente á Tragomer. Desde el primer paso veía exactamente los
sentimientos que había para él en aquella casa. ¡Aquel hombre que en la
niñez le llevaba á su casa después de jugar con Jacobo, y que le daba
paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus señoras querrían
recibirle! El hotel de los Freneuse aparecía silencioso y desolado,
Jacobo no estaba allí ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso
y triste, y él volvía á entrar como un extraño en aquella mansión antes
abierta y risueña...

--Haga usted el favor, Giraud, de anunciar á las señoras mi venida; voy
á esperar en el saloncillo donde...

Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para él, las lágrimas se
agolparon á sus ojos.

--¡Ah! señor Cristián, exclamó el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le
hará á usted compañía como en otro tiempo... Pero creo que no le ha
olvidado usted y que le quiere todavía... ¡Oh! Bien pensaba yo que era
imposible que hubiese abandonado á su amigo como los otros...

--No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendrá usted la prueba.



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