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Ya tendrá usted la prueba. Pero es
importante que hable con la señora de Freneuse. El señor Marenval va á
pedir que me reciba. Condúzcale usted y yo esperaré que me llamen.

Entró en la pieza donde Marenval había interrogado tan largamente á
Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al salón
en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza.
La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcón. Fuera
de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada:
estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.

La puerta se abrió y apareció Marenval detrás de Giraud. La señorita de
Freneuse dedicó al recién llegado una amable sonrisa, se levantó y
ofreciendo la mano á Cipriano le condujo hasta su madre.

--Había prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo
comerciante, y aquí estoy para traer á ustedes mejores esperanzas que la
última vez.

--¿Ha sabido usted algo favorable á nuestra causa? preguntó turbada la
señora de Freneuse.

--Sí, ciertamente, muy favorable... Pero ante todo, no quiero que se me
atribuya á mi solo el mérito de lo que se ha logrado. En este asunto he
tenido un aliado hábil y perseverante á quien se debe la parte más
importante de los resultados obtenidos;... es Tragomer.

La frente de María se oscureció, pero Marenval no se desconcertó por
eso.

--Es indispensable que le vean ustedes. Sólo él podrá darles los
importantes datos que posee, pues él es quien los ha obtenido á fuerza
de perseverancia y de sagacidad.

La señora de Freneuse miró á su hija para ver cómo acogía esta petición.
La joven hizo un movimiento de protesta, palideció y dijo, sin embargo:

--Recíbele, madre mía, si tienes en ello interés. Yo me retiraré.

--¿No puedes mostrarte menos rigurosa?

--Nunca olvidaré lo que ha hecho, bien lo sabes.

--Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la
rehabilitación de tu hermano...

--Para convencerme necesito algo más que vanas palabras, dijo la joven
con amargura.

Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:

--Haga usted subir al señor de Tragomer.

Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.

--¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando
usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted
su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil.
¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?

Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta,
buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse
enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se
pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á
arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió
los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la
señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando
afectuosamente al joven:

--Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted
resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea
mejor.

Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose
tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:

--He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por
cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.

--¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.

--Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy
en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro
amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del
mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de
inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de
realizar.

--¿Pero cómo?

--Mañana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados á
costear por el Mediterráneo á fin de aparecer en Niza, en Nápoles, en
Palermo y en Alejandría, engañando así á los que nos observan. Pero
repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos
lanzaremos á todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo,
llegaremos á la Nueva Caledonia. Allí bajaré á tierra, veré á Jacobo y
le plantearé las formidables preguntas que deben esclarecer por completo
la oscuridad de que tan hábilmente han sido rodeados los pormenores del
crimen.

--¿Van ustedes á verle? exclamó la madre juntando las manos con ademán
suplicante. ¡Oh! Llévenme con ustedes.

--No podemos. La presencia de usted á bordo sería una confesión de
nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de
salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa
que está en París.

--¡Todo el mundo! ¿Quién tiene interés en vigilarme y en temerles á
ustedes?

--El ó los cómplices, ó los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y
expía Jacobo... Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para
apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo...

--¿Pero yo los conozco? preguntó con angustia la anciana.

--No me pregunte usted, respondió Tragomer; conténtese con la esperanza
que le doy. Después de haber vivido durante dos años en el
aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver á la esperanza y á la
alegría.

--¡La alegría! ¡Ay! Nunca la recobraré, aunque vuelva á ver á mi hijo.
Estas pruebas rasgan el corazón por toda la vida. Véame usted; estoy
encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta
años. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible
tortura no sufran todo el castigo que merecen...

--¡Oh! señora, le sufrirán terrible, porque su maquinación tuvo tan buen
resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un
conjunto de circunstancias increíbles para que yo haya encontrado el
primer hecho que me abrió los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos
necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que
estamos y aún nos queda todo por hacer.

--¿Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeño? dijo
la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.

--Mi querida prima, dijo Marenval, míreme usted bien. Yo no me aventuro
con frecuencia y, sobre todo, jamás lo hago á la ligera. Para que un
hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y
sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en
que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que esté firmemente
seguro del resultado... ¡Sí! Lo lograremos.

La señora de Freneuse miró con extrañeza mezclada de asombro á Cipriano
y éste añadió con acento de bondad:

--Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en él.

--Pero ¿cómo sabremos lo que suceda?

--Todo lo he previsto. Mi ayuda de cámara recibirá nuestras cartas y se
las traerá á ustedes; así estarán al corriente, sin recibir una
correspondencia directa. La indiscreción de un empleado ó la charla de
un doméstico podrían descubrirnos y echarlo todo á perder.

--¿Y que haré yo para responder á ustedes?

--Seguirán el mismo camino. Mi ayuda de cámara es un hombre de
confianza, como Giraud... Pueden ustedes darle sus cartas y él las
dirigirá al capitán de nuestro yate.

--Lo que encargo á ustedes desde ahora, dijo con intensa emoción la
anciana, es que abracen á mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren
que mi corazón no ha dudado jamás de él y que mi pena no me ha importado
pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero
está pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece.
Díganle ustedes esto que le consolará si ha llorado y antes de
prometerle la rehabilitación háganle ver que nada es perdido en este
mundo, ni aun el dolor...

--Realizaré sus deseos, señora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted
piensa que se puede expiar cualquier error, dígnese ser indulgente con
los que yo he cometido. ¿No querrá usted abogar por mi con la señorita
de Freneuse? Sería muy dulce para mi decirle adiós antes de marchar. Si
sigue inexorable por lo que á ella concierne, acaso quiera animarme por
cariño á su hermano. No pido ningún perdón, ninguna esperanza. Un
sencillo deseo de buen éxito y si no vuelvo, una oración.

La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo
un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres
estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó
hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:

--Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va
usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese
deseo. Aquí estoy.

Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado.
Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á
los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años,
adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y
dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara
había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua
expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con
dulzura:

--María...

La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel
nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por
sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano
mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de
felicidad.

Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la
joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara
rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con
vehemencia apasionada:

--Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque
indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está
cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me
perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si
hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado.
Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar.



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