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Sepa,
pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando
mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me
perdone.

María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su
hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:

--¡Logre usted su empeño!...

Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con
descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en
ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de
Freneuse y dijo:

--¡Vamos, Marenval; ahora partamos.

--¡Partamos! repitió Cipriano con energía.

Y abrazando calurosamente á las dos mujeres, siguió á Tragomer.




SEGUNDA PARTE




VI


La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un
sargento de infantería de marina tiró con un gancho de la embarcación
para facilitar el desembarque del pasajero. Éste se levantó de la popa,
donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en inglés:

--Esperadme aquí hasta que vuelva. Acaso tardaré largo tiempo; que ni un
solo hombre baje á tierra.

--Muy bien, master Cristián.

Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco
colonial de corcho, saltó con ligereza á las losas mojadas de la
escalera y subió al muelle. Una bandada de canacos vestidos de sórdidos
oropeles se agolpó delante del viajero. El sargento exclamó rudamente.

--¡Atrás! atajo de brutos...

Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner
de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al
recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.

--¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?

--Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para
todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario...

--Hay que pedir permiso al gobernador.

--¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?

Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al
rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en
el parapeto de la estacada, le gritó:

--¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero...
No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á
bordo del aviso de guerra... pero le recibirá á usted su secretario...
Si, son las tres y debe estar allí todavía... Si por casualidad se
hubiera marchado, lléguese usted al café de la _Cousine_.

--Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al
digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la
presentó al jefe del puesto.

--Hágame el favor de aceptar un cigarro.

--¡Con mucho gusto!... ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la
Habana?

Cristián vació la petaca en las manos del soldado y, saludándole, siguió
al guía que le esperaba.

--Esta vez, exclamó alegremente el soldado viendo alejarse al viajero,
si atrapo el cáncer del fumador, no será con colillas...

Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continuó su
interrumpida ronda de vigilancia. Hacía un calor sofocante apenas
dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extendía enfrente de la
rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se
recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La
bahía estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los
lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero
estaba llenando sus calas y repartía en derredor una mancha negra,
mientras algunos navíos mercantes, con las velas plegadas en las vergas
y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules.
Unos cuantos metros más lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca
altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea
amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de
popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulación en el
puente indicaba que el navío tenía sus calderas encendidas y estaba
pronto á marchar.

Por un paseo de árboles cuya vitalidad no honraba á la administración
colonial, Tragomer entró en la población precedido por el guía. Como
hacía buen tiempo, una espesa capa de polvo cubría el camino, que en la
época de las lluvias debía convertirse en un río de cieno. Á uno y otro
lado se veían algunas tiendas poseídas por expenados y que ofrecían á la
población objetos de utilidad ó de lujo. Las muchachas canacas, con sus
sombreros trenzados y sus vestidos de algodón de colores, pasaban, de
vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y
respondiendo con sonrisas á las miradas de los soldados de marina. El
vigilante acortó el paso y Tragomer vió delante de él una construcción
bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.

--¡Palacio!... dijo con énfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva
enrojecida por el betel.

--Bien, respondió Tragomer, que divisó al centinela apoyado
negligentemente en su fusil á la sombra de la garita.

Cristián dió una moneda al guía y entró en el palacio. Una cuadrilla de
penados estaba componiendo el techo de un pabellón y el vigilante,
sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer
leyó: "Administración penitenciaria--Despacho del Gobernador--Secretaría
general;" Entró y un empleado soñoliento levantó la cabeza al oir pasos
y dijo con voz agria:

--¿Qué desea usted?

--Hablar con el señor secretario...

--¡Otro inglés! murmuró el empleado; y levantándose perezosamente entró
en la habitación contigua.

--Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.

El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco
desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó,
indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara
que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar
obligado, dijo:

--¿Á quién tengo el honor de hablar?

--Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del
cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del
señor Gobernador.

--¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable
indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos.
Los franceses no vienen jamás... Esos no viajan... ¿Para qué venir,
por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos
penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto...

Echó una ojeada á la carta y continuó:

--Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las
naciones europeas... ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los
penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido
que se puede sacar de ellos para colonizar... ¡Mal ganado, caballero,
mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van
á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan
para ser enviados á la Nueva Caledonia... Ven la colonia á través de
sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto.
Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita... ni con
mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar,
como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los
dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en
mano... ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con
ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les
hace casi dichosos... Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos
favores?... La mayor parte no tienen más que una idea: robar y
escaparse...

El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una
atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer
le preguntó:

--¿Son frecuentes esas evasiones?

--Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se
pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo
la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie
de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera
para que salga bien una tentativa semejante... Generalmente, los que se
escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta
que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos... Su única
probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar
á la Australia... Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó
de que se los coman los tiburones.

--¿Y dónde se escapan más fácilmente?

--En la isla Nou... El último que nos jugó esa partida consiguió
despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón...
Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué
preso... Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh!
un buen punto... Le echaron encima cinco años de célula... Allí puede
decir sus rezos á la sombra.

El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable
de su interlocutor.

--¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan
los favores de que me hablaba usted hace poco?

--¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el
secretario, mirando con curiosidad á Cristián.

--Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el
_Century-Magasine_... y deseo reunir datos.

El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:

--Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por
haber arruinado un pueblo entero de provincia... Nos presta muy buenos
servicios... Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á
perpetuidad por haber envenenado á su querida... Estuvo admirable, hace
poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé
cómo hubiéramos salido del paso... Yo no quiero que me cuide otro
médico cuando esté malo... Y la familia del gobernador forma parte de
su clientela...

--¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!

--Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios
ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse
tratado por un santo.

--_Yes_.



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