A B C D E F
G H I J K L M 

Total read books on site:
more than 10 000

You can read its for free!


Text on one page: Few Medium Many
Es mejor ser curado por un presidiario que morirse
tratado por un santo.

--_Yes_. ¿Y hay otros?

--Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado
á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo
extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si
el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo
permitieran, se haría cura... Nos hemos visto obligados á separarle de
los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y
hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á
denunciarles.

--¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?

--Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.

Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se
oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:

--¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?

--Sí, si así lo desea usted.

--Creo que me será útil.

--Pues voy á dar á usted un permiso.

--Será usted muy amable.

El funcionario escribió unas líneas y dijo:

--Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la
administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón
acompañará á usted.

--_¡All right!_

--Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?

--No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted
permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le
invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad... tan
francesa.

--Realmente, soy yo quien debe hacer los honores...

--Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.

--Pues acepto.

Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió
precediendo á Tragomer.

El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por
seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios,
atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco,
se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el
campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se
leía, en letras negras y rojas, estas palabras: _Pretorio
disciplinario_. Era el tribunal ante el que comparecían los
indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos
cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de
cal.

--Siéntese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy á buscar al
2317 y se lo traeré... Puede usted fumar si gusta..., no huele á rosas
aquí.

Tragomer inclinó la cabeza sin responder, y se apoyó en el estrado desde
el cual se distribuían castigos á aquellos desgraciados que parecen, sin
embargo, haber llegado al máximum del sufrimiento. Una indecible
angustia le oprimía el corazón. Había llegado al fin de su empresa; el
presidio le había abierto sus puertas y dentro de un instante iba á
encontrarse en presencia del que venía á buscar desde tan lejos.

Conocía ya su estado moral, pues el secretario se lo había descrito
claramente; pero ¿cuál sería su estado físico? ¿Cómo habría soportado la
terrible prueba de la vida común con tantos bandidos? ¿Qué habría sido,
después de dos años, del hermoso Freneuse? ¿Habría persistido el vigor
en aquel cuerpo sometido á repugnantes trabajos, á privaciones de
alimento y á un clima mortífero? ¿No le habría minado y destruído la
pena? ¿Llegaría á tiempo la salvación? Se oyeron pasos, la puerta se
abrió y el vigilante dijo.

--Entre usted. Aquí está el extranjero que tiene autorización para
verle.

Tragomer se volvió. Quería que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar.
No sabía si el vigilante les dejaría solos y temía que un grito, un
ademán, una palabra, redujesen á la nada toda su combinación. El
vigilante se acercó á él:

--Milord, aquí está el personaje. Está un poco chillado, ¿sabe usted?
Escuche sus tonterías el tiempo que guste y cuando se canse no tiene más
que llamarme. Yo me quedo á la puerta.

Tragomer experimentó una tranquilidad deliciosa. Iba á poder hablar
libremente á su amigo. Ahora ardía en deseos de volverse y de verle. Le
sentía allí, á tres pasos, humilde y obediente, esperando sus órdenes.
Veía de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio.
Una sombra interceptó la claridad de la puerta; era el vigilante que
salía. Cristián, entonces, se volvió y poniéndose un dedo en los labios
como para recomendar la prudencia á su amigo, avanzó hacia él sonriendo.

Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunció una palabra. Un tinte
lívido invadió su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron
asustados como á la vista de un espectro, tembló con todos sus miembros
y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si
temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visión:

--¡Cristián! ¡Cristián! ¿Es posible? ¡Cristián!

Las lágrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por
sus demacradas mejillas. Y se quedó allí inmóvil, el pecho anheloso y
medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibió á su amigo
que venía hacia él, sintió que dos manos afectuosas estrechaban las
suyas y oyó una voz que decía:

--¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería... ¡Jacobo!
¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame... que yo vea tus
ojos... ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este
abatimiento!...

Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é
imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió
en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y
llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como
avergonzado.

--¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número,
que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer!
¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!

--¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para
decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la
última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.

--¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte
y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa
de muchas penas... ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me
escuches... ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se
resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!...

--Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He
entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado
en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.

--¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?

--De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su
deseo de reparar su falta.

--Pero ¿qué intentáis?

--Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con
toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te
amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con
gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era
un hecho cierto, evidente, indiscutible.

--Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante
la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía
loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo,
yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante
de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el
fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me
había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni
refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable
defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con
tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y
oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se
explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un
desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para
ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le
encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha
sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón
determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos
hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia
dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo,
en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y
más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido
á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta
catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado,
he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para
merecer su misericordia por mi resignación.

--¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?

--¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se
unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y
la estoy pagando.

--¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas
circunstancias misteriosas?

--¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?

--Lo sé.

--¿Cómo lo has descubierto?

--Por casualidad.

--¿Conoces al culpable?

--Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.

--¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?

--No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está
viva.

Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión
lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:

--La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!

--Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!

Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que
la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con
terror:

--¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en
algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de
acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea
Peralli murió asesinada.



Pages: | Prev | | 1 | | 2 | | 3 | | 4 | | 5 | | 6 | | 7 | | 8 | | 9 | | 10 | | 11 | | 12 | | 13 | | 14 | | 15 | | 16 | | 17 | | 18 | | 19 | | 20 | | 21 | | 22 | | 23 | | 24 | | 25 | | 26 | | 27 | | 28 | | 29 | | 30 | | 31 | | 32 | | 33 | | 34 | | 35 | | 36 | | 37 | | 38 | | 39 | | 40 | | 41 | | 42 | | 43 | | 44 | | 45 | | 46 | | 47 | | 48 | | 49 | | 50 | | 51 | | 52 | | 53 | | Next |

N O P Q R S T
U V W X Y Z 

Your last read book:

You dont read books at this site.