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Text on one page: Few Medium Many
Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea
Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta
infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué
formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir
de los que se hubieran prestado á ella?

Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas.
Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado
de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.

--Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo
que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan
palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie
ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú
el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya
desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á
uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y
á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á
Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo
que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los
mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme
hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás
condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?

--¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo
todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara
ensangrentada é informe...

--¡Informe!

--¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?

--Eso es lo que vengo á preguntarte.

El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él
creía mortal.

--¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás
atormentando... Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento... ¿Á qué
querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino
no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en
vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el
pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el
reposo y el olvido de la muerte.

--¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el
efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan
rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los
culpables?

--Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me
es indiferente ya!

--¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?

--¡Oh! no... Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa
dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no
puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré
volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana
viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es
imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto
á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi
miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.

Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo
enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar
como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y
viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva,
dijo:

--¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho,
aunque haya dado un mal golpe... Si todos aquí fueran como él, nuestro
oficio no sería duro... Se podría tener humanidad... Pero la mayor
parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el
revólver en la cintura... ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le
llevaré...

--Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero
conocer el fin de su aventura...

--Como usted guste.

Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para
esperar al visitante.

--Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que
dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se
pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte
visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que
establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la
maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á
nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y
más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella
atrevidamente.

--¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.

--Que te escapes.

--¡Yo!...

--Si... No debe ser difícil... Tú gozas, según me han dicho, de una
libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las
oficinas... ¿Á qué hora de la noche te encierran?

--No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en
vano... No quiero escaparme.

--¿Rehusas la libertad?

--No quiero tomármela.

--¿Crees que te la darán?

--Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del
proceso...

--¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las
dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con
la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos
que no eres culpable, te empeño mi palabra...

Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido
dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su
infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su
pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al
principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de
pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su
calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos!
Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia
envilecida.

--¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían
interés en hacerme daño?

--No me cabe duda.

--¿Las conoces?

--Sospecho que sí.

--Dime sus nombres.

Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él.
Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.

--Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á
estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser
con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus
pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo
mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina
que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu
corazón, encontrarás al hombre que buscas.

La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se
agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron
al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este
nombre:

--¡Sorege!

Tragomer sonrió con amargura.

--¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso
Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo...

--Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado;
¿por qué?

--Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que
confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta.
He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba
su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le
hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera
escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y
le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se
pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas
desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de
aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra
disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la
libertad y la rehabilitación.

--¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos
nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un
sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas
de cordura y de resignación que he logrado dar?... ¿Exponerme, si me
cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!...
Abandóname á mi destino...

--Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con
terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que
te devolvería á su cariño... ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien
amo y que no será mía si no te salvo... No se trata solamente de ti,
sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al
frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me
obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo
que haga falta y no vacilarán... ¡Decide!

--Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para
evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro... ¡Pero, qué
riesgos! Salir de aquí no es nada... Un traje para que no sea
reconocido fuera del campo...

--Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros
marineros.

--Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á
buscarme la embarcación.

--Estaré contigo... Yo no te dejo.

--Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á
buscarla á nado... ¿Tendré yo la fuerza suficiente?

--Yo te sostendré... y te llevaré si es preciso.

--¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay
cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los
mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien...
Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.

--Nos aprovecharemos de esa confianza... y en cuanto á los tiburones,
los desafiaremos... Quinientos metros, ó menos, á nado... Además,
iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro
socorro.

--Pues bien, sea lo que Dios quiera... Hasta mañana, pues... Vete, no
despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada...



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