A B C D E F
G H I J K L M 

Total read books on site:
more than 10 000

You can read its for free!


Text on one page: Few Medium Many
Separémonos.

Se dieron un apretón de manos y Tragomer sintió en el vigor de la mano
de Jacobo que éste no faltaría á su palabra.

--Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse á su
pensionista...

Al llegar á la puerta, el vigilante preguntó á Cristián:

--¿Le ha interesado á usted, milord? Es un pobre diablo completamente
inofensivo... Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que
quiera escaparse... Aunque le dejaran la puerta abierta no se iría...
Ande usted, 2317, váyase solo á su departamento; yo voy á acompañar á
milord...

Jacobo inclinó la cabeza para ocultar la animación de su fisonomía, y
saludando á Cristián balbuceó:

--Hasta la vista, señor; no olvide usted que me ha prometido libros.

--Convenido. Hasta mañana.

El penado se alejó y Cristián lo siguió impasible con los ojos.

--Está algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es
inofensivo...

--Un niño, milord.

--¿Dónde habita?

--Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un
pabellón que sirve de depósito de cordelería... El olor del cáñamo es
sano y está bien allí... Y, después, puede hablar con el capellán...
¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas... Un
poco chiflado, como usted dice... Ahí tiene usted su chirívitil...

Tragomer se detuvo.

--Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y
al notario...

--¡Ah! ¿Los _Monthyons_? dijo riendo el vigilante.

Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:

--Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se
diera aquí como en París... ¡Una broma, milord! Sí, son las personas
honradas del presidio...

--Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora...
¿Habrá que pedir nuevo permiso?

--Es indispensable, aunque ya es usted conocido

--¿Y usted me acompañará?

--Seguramente.

Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al
sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera.
El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los
penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y
las caras lívidas.

--Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!

La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras
Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento
acompasado de los remos al hundirse en el mar.

Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y
saltaba al puente por la cortadura... Marenval, imposible de reconocer
con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez
curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y
llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente
de los rayos del sol;

--¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?

--Acabo de dejarle.

--¿Todo está arreglado?

--¡No sin trabajo!

--¿Que me cuenta usted?

--La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á
escapar.

Marenval hizo un gesto de asombro.

--¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía
necesarias para evadirse?

--Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.

--¿Prefería quedarse?

--Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación
fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba.
Hubo un momento en que creí que su razón había volado... Esa espantosa
existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros;
cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída
por semejantes pruebas... He tenido que revelarle la traición de Sorege
para hacerle entrar en posesión de sí mismo... ¡Oh! Entonces sí saltó
de furor y gritó de desesperación... De este modo me apoderé de él.

--¿Qué han resuelto ustedes?

--El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa,
un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo
pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y
ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la
oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con
la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto
cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos... Nosotros nos
echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito,
forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro.
En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.

--¿Y el navío?

--El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de
levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la
altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de
velocidad. Podríamos ser perseguidos... Hay un vapor en la rada y si da
la alarma, se nos dará caza en un instante.

--No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.

--Y si nos cañonean...

Marenval se calló y su mirada se dirigió hacia los cuatro cañones cuyas
bocas de cobre asomaban por la borda.

--Tenemos con qué defendernos ¿verdad? ¿Es eso lo que usted pensaba?
preguntó Tragomer.

--Sí, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos
filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar
de que no haya conflicto...

--¿Y si, á pesar de todo, es inevitable?

--¿El capitán y la tripulación obedecerán?

--El capitán es inglés y no se dejará coger. Su gente es disciplinada y
le obedecerá.

Marenval dió un suspiro. Había previsto las dificultades y el peligro
que se presentaban. Pero tomó valientemente su partido.

--Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos
tenido un tiempo magnífico; la travesía ha sido feliz; nuestro yate es
capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir
avería. El resultado dependerá de la actividad con que os ayudemos
mañana por la noche. Puede usted contar con que todo se hará según su
deseo. Yo no dejaré el puente y ¡qué diablo! si hay que jugar el todo
por el todo pura socorreros, se jugará...

Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en
la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se
dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes,
contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada
silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas,
aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar
á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos,
una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras
fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el
cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de
odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella
atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían
la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin
esperanza.




VII


El vigilante enseñó á Tragomer la cordelería y le dijo:

--Ahí tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy á llamar á
nuestro párroco...

Cristián se volvió hacia un marinero que le seguía y le dijo en inglés:

--Entre usted conmigo, Dougall.

El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, tocó la boina
con la mano y se disponía á entrar, cuando el centinela le detuvo
diciendo:

--Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los
edificios, sin autorización.

--La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.

El marinero entró detrás de Tragomer en la barraca, donde sentados en el
suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban
trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se
levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se
detuvieron. Aquel rebaño humano dejó oir un gruñido, pero á la vista del
vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los
tres hombres atravesaron un patinillo contiguo á las células de castigo
y vieron á través de la reja un espectáculo conmovedor. Un desgraciado
con la cabeza cubierta con un capuchón por cuyos agujeros lucían sus
ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz.
Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preducía un
chirrido lúgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba
espanto.

--¿Qué hace ahí ese hombre? preguntó Tragomer al vigilante.

--Se pasea durante media hora. Después volverá á entrar en su calabozo.
Es un escapado que fué cogido y le han condenado á dos años de célula.
No ve ni habla á nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno
de ancho.

--¡Un _in pace_! murmuró con horror Tragomer. Esta es la suerte que
aguarda á los desgraciados que traten de escaparse...

--¡Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habría medio de
entenderse...

--Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.

--Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos
blandos con los que tratan de abandonarnos.

El solitario, metido en su capuchón, daba vueltas y vueltas. Cristián se
estremeció pensando que si Jacobo volvía á caer en manos de sus
guardianes le estaba reservada igual suerte, é instintivamente palpó en
su bolsillo el revólver que había puesto en él antes de salir. La muerte
era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no salía de
su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del
sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.

Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en
el yunque las esposas y las cadenas que iban á servir para sujetar á sus
compañeros de miseria. Después llegaron á una puerta sobre la que se
leía: Oficina auxiliar de las subsistencias.

--Aquí es, dijo el vigilante.

En una pequeña pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de
Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante
de él. Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero
permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.

--Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí...



Pages: | Prev | | 1 | | 2 | | 3 | | 4 | | 5 | | 6 | | 7 | | 8 | | 9 | | 10 | | 11 | | 12 | | 13 | | 14 | | 15 | | 16 | | 17 | | 18 | | 19 | | 20 | | 21 | | 22 | | 23 | | 24 | | 25 | | 26 | | 27 | | 28 | | 29 | | 30 | | 31 | | 32 | | 33 | | 34 | | 35 | | 36 | | 37 | | 38 | | 39 | | 40 | | 41 | | 42 | | 43 | | 44 | | 45 | | 46 | | 47 | | 48 | | 49 | | 50 | | 51 | | 52 | | 53 | | Next |

N O P Q R S T
U V W X Y Z 

Your last read book:

You dont read books at this site.