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Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero
permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.

--Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí... Aquí
tiene usted los libros que está autorizado para traerle...

El marinero abrió la caja y sacó una biblia, un libro de viajes y unos
paquetes de tabaco.

--Creo que querrá usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al
vigilante; no los hay así en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego á
usted que se lo deje á este pobre muchaobo.

--Dé usted las gracias, 2317. Ahí tiene usted para varios meses, si no
se lo deja robar por los camaradas... ¡Vamos! Tiene usted suerte; todos
los visitantes no son tan generosos...

--Señor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.

--Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha...
Usted no se perderá ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al
comandante, que vive al otro lado del presidio... Tardaré una hora.

--Tómese usted el tiempo necesario... Yo no saldré hasta la hora
reglamentaria...

--Á las seis... Ya estará oscuro.

--Que se vaya con usted el marinero. Váyase, Dougall, y que no se
cambien en nada mis disposiciones.

El marinero saludó y siguió de cerca al vigilante. Tragomer los siguió
con la vista desde la puerta y observó que no tomaban el camino por el
que habían entrado, por lo cual no debían pasar, al salir, por delante
del centinela. La suerte se decidía en favor de Jacobo. Una vez cerrada
la puerta, Cristián se precipitó sobre su amigo y dijo, mirándolo hasta
el fondo del alma:

--¿Estás resuelto?

--Estoy resignado á seguirte, porque así lo quieres; decidido á sufrir
puesto que es preciso.

--Está bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me
paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota
que ha sido notario y de un mentecato que ha sido médico. ¡Pobre amigo!
Eso es lo que hubieran hecho de ti diez años de esta infernal
existencia. Más vale morir al tratar de ser libre.

Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana
blanca, traía una blusa de lana azul igual á la de Dougall y debajo del
pantalón, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sacó del
bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.

--¡Vamos! vivo... ¡Desnúdate! ¿No podrán sorprendernos?

--No, no vendrá nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. ¿Pero
cómo me quito la cadena?

--¡Espera!

Tragomer sacó un martillo y una pequeña lima de acero montada sobre una
ballesta. Cristián no pudo menos de sonreir.

--¡Herramienta de ladrón!

Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caía en
polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la
anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces,
un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operación fué más
fácil y más pronta para anilla de la pierna. La cadena cayó al suelo y
Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo.
Tragomer cogió la cadena y se disponía á ocultarla, pero Jacobo dijo:

--Arranca esas dos anillas; quiero llevármelas.

Libre de golpear en la cadena sin hacer daño al preso, Tragomer rompió
las dos anillas y se las metió en el bolsillo, mientras Jacobo, echando
fuera, el inmundo sayal de tela de sacos, se ponía el traje de marinero.
Una vez que lo tuvo puesto y que estuvo calzado con sus zapatos, Jacobo
apareció diferente de como estaba con la librea de presidiario; su
estatura resultó más alta y sus hombros más anchos. Ya no parecía
encorvado bajo el peso de su infamia, pero el semblante cetrino del
penado podía aún denunciarle. Tragomer, entonces, sacó un estuche de
pinturas y postizos, hizo sentar á Jacobo y como si le estuviese
pintando para un baile, le extendió en la cara un tinte de color de
ladrillo. Después le pegó cuidadosamente algunos pelos rojos en la
barbilla, y satisfecho de su obra, entregó á su amigo un espejito
redondo, diciéndole:

--Toma. ¿Te reconoces?

En vez de la cara de miseria y de desesperación del pobre 2317, Jacobo
vió en el espejo un vigoroso marinero quemado por el sol de los
trópicos. Tragomer le entregó un revólver y le dijo con terrible
resolución:

--Ahora, toma este arma, ¿Está convenido que no te cogerán vivo? Yo te
defenderé, si es preciso, hasta el último aliento.

--Puedes estar tranquilo, dijo Jacobo sonriendo, ¡La última bala será
para mí!

--Pues bien, ponte esa caja al hombro como la traía Dougall y vámonos.

Jacobo se volvió entonces hacia Tragomer y antes de pasar la puerta de
aquella miserable prisión donde tanto había sufrido, se arrojó en los
brazos de su amigo y dijo:

--Suceda lo que quiera, gracias, Cristián.

--Está bien, respondió Tragomer. Ahora, aseguremos las fisonomías y
adelante.

Salieron, atravesaron el patio en que estaba la fragua, entraron en la
cordelería donde los penados seguían desgarrándose los dedos contra las
duras maromas embreadas, y llegaron á la entrada del edificio, donde se
encontraba el centinela en su garita, apoyado en el fusil, y al abrigo
de los rayos del sol, ya oblicuos á aquella hora. Echó una ojeada á los
dos hombres, reconoció al visitante extranjero y al marinero que llevaba
la caja y no se movió. Tragomer, lívido de emoción y con el corazón
agitado, se llevó la mano al casco de corcho y dijo al pasar:

--Buenas tardes.

--Buenas, respondió el centinela.

Jacobo estaba en la calle mas no, todavía, fuera del presidio. Había que
pasar las fortificaciones. Pero Cristián no tenía miedo; apretaba en su
bolsillo el pase á su nombre y al de Dougall. Alentado por el primer
éxito, estaba dispuesto á hacer frente al vigilante y á forzar el paso
si era preciso. Las emociones pasadas producían en su cerebro una
excitación extraordinaria. En este momento estaba seguro de salirse con
su empeño. Llegaron á la verja y tuvieron la suerte de encontrarse con
una cuadrilla de penados que volvían del trabajo. El vigilante, muy
ocupado en contar sus hombres, juraba como un carretero porque dos
penados acababan de verter delante de la puerta un tonel de brea líquida
que apestaba la atmósfera.

--¡Ah! Los muy marranos... ¡Lo han hecho á propósito! aullaba el
vigilante. Ocho días de célula y pan seco... ¿Y ahora quién va á
limpiar esta porquería? No seré yo, por cierto. Sargento, detenga usted
ahí á estos animales hasta que todo esté limpio. Si no pueden quitarlo
con las manos que lo arranquen con la lengua...

En este momento vió á Tragomer y á su marinero que iban á salir.

--Ahora los ingleses, gruñó; bueno, pasen ustedes, no tenemos tiempo
para hablar...

Y se arrojó sobre los penados, sobre el sargento y sobro la brea,
Tragomer y Jacobo estaban fuera.

--¡Apuntémonos dos bazas! dijo Cristián en un acceso de alegría. Ahora
no tenemos tantas probabilidades en contra nuestra. Es preciso llegar á
la playa para escondernos y esperar la chalupa para llegar á bordo.

Volvieron la espalda al muelle y á la población y se dirigieron hacia el
mar. Los canacos, los libertos y los soldados que pasaban los miraban
con curiosidad. Al volver una cabaña, Jacobo tiró la caja y ya con sus
movimientos libres se puso al lado de Cristián. Atravesaron un
bosquecillo de tamarindos que interrumpía la duna y se encontraron
solos. Á lo lejos se veía la maleza que llegaba hasta cien metros de las
rompientes y unos bancos de coral cubiertos por espesa vegetación de
algas daban al agua un tinte de esmeralda.

--¡Mira! dijo Tragomer enseñando á Jacobo la extensión del mar... ¡El
yate!

El humo negro de las chimeneas culebreaba en el cielo al cruzar el navío
á un kilómetro de la costa, como estaba convenido. Á los rayos del sol
poniente, se recortaba con precisión el casco blanco del yate, muy poco
elevado sobre el agua. Se distinguían los menores detalles y hasta
pareció á Cristián que veía dos hombres en el puente. Uno de ellos debía
ser Marenval.

--Apresurémonos, dijo Tragomer. Dentro de una hora caerá el día
repentinamente y es preciso que nos escondamos. El vigilante me esperará
en vano en la lancha de administración, me buscará y tu fuga será
descubierta. Entonces empezará el peligro.

Estaban solos en la duna, rodeados de lentiscos y de altas hierbas
amarillas. Detrás de ellos, en lontananza, el presidio dibujaba sus
masas sombrías. Y en el mar, sosegado y tranquilo, el yate se deslizaba
suavemente. De pronto una nubecilla blanca apareció en una de las bordas
del navío y un instante después llegó á oídos de los fugitivos una
pequeña detonación.

--Nos han visto, dijo Tragomer. Es un tiro de fusil para llamarnos la
atención. Nos observan, sin duda, con un anteojo, pero no están seguros
de que seamos nosotros. ¡Respondámosles!

Sacó del bolsillo un largo trapo blanco, le ató al extremo de una rama y
le agitó tres veces en el aire á modo de bandera. Una nueva nubecilla de
humo y otra detonación indicaron á los dos amigos que su señal había
sido comprendida. Tranquilizados por la seguridad de que estaban en
comunicación con el yate, avanzaron á lo largo de los arrecifes para
alejarse de la zona peligrosa y poner el mayor espacio posible entre
ellos y sus perseguidores probables.

Se encontraban entonces en las rocas. Una especie de promontorio
avanzaba en el agua, formando una lengua de coral golpeada por todas
partes por las olas. Este cabo salía más de un kilómetro extendiéndose
sobre el mar como una serpiente dormida. Los dos amigos se metieron por
aquel camino que no tenía más de doscientos metros de ancho y que estaba
cubierto á uno y otro lado por las dunas. Cristián y Jacobo se dirigían
á la punta del cabo, que formaba un pequeño promontorio. De repente se
estremecieron. Acababa de sonar un cañonazo, luego otro y luego un
tercero á intervalos iguales. Al mismo tiempo el viento de tierra les
trajo un redoble de tambores que tocaban generala y un rumor confuso de
voces. Ambos se miraron palideciendo.

--¡Todo está descubierto! dijo Jacobo.

--¡Nos persiguen! añadió Tragomer.

Cristián lanzó una mirada en derredor. El sol, como un globo de fuego,
incendiaba las olas en que iba á sumergirse.



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