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Text on one page: Few Medium Many
¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado á
Lea Peralli?

--Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva.

Esta vez Marenval se quedó aturdido. Abrió la boca, pero no acertó á
articular ningún sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su
emoción se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos,
aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le dió tiempo
para reponerse y añadió en seguida:

--Lea Peralli está viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres
meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la tenía
delante, di por terminado mi viaje y he vuelto á Francia.

El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fué más fuerte que su
escepticismo. Se levantó, dió la vuelta al comedor y dijo con voz
entrecortada:

--¡Increíble! ¡Asombroso! Este Tragomer... Ahora comprendo por qué ha
hecho marcharse á los demás... ¡Vaya un escándalo que hubieran armado!
¡Este sí que es asunto!

Cristián, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones de
asombro y esperaba que su interlocutor volviese á él, atraído por su
violenta curiosidad. No le miraba; su vista parecía seguir una visión
lejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Después de
un instante de silencio, dijo lentamente:

--Cuando pienso que Jacobo está rodeado de bandidos, encerrado en un
presidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de mí una profunda
tristeza. No hay destino más espantoso que el de un desgraciado que oye
afirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla, á quien se
arroja en un calabozo y se pone en incomunicación, y que al oirse
insultar en el despacho del juez de instrucción y en el banquillo, sufre
en público la agonía moral y física del más atroz martirio y repite á
los demás y á si mismo hasta volverse loco: ¡Soy inocente! Sus protestas
son acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: ¡qué monstruo!
Los jurados piensan: ¡vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacen
á su costa frases ingeniosas y el público entero se deja llevar por
ellos. He aquí un hombre cuya suerte está decidida sin apelación
posible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigma
de asesino y es preciso que lo sea para siempre. No tratéis de discutir;
la ley está ahí y detrás de ella los jueces, que nunca se engañan, pues,
como se ha dicho aquí hace un momento, el error judicial no existe, es
una impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando se
rehabilita algún condenado, cuya inocencia ha logrado salir á luz, casi
siempre después de muerto el víctima, ha sido que una facción poderosa
ha logrado arrancar á la justicia infalible la confesión de su error. Y
aun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, el
sentenciado vive todavía, la fuerza pública, en vez de darle
solemnemente todo género de excusas, en vez de reparar el daño moral y
material que ha sufrido aquel hombre, confiándole un puesto honroso y
lucrativo, le declara á regañadientes que está libre y le pone en la
calle diciéndole, poco más ó menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejes
pescar otra vez..." ¡Oh, justicia! ¡Hermosa justicia! ¡Bien pagada, muy
condecorada y grandemente honrada justicia! ¡Yo te admiro!

Al decir esto Cristián prorrumpió en una carcajada. Ya no era el frío y
tranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas por
encontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba á su tez y sus ojos
brillaban. Se volvió hacia Marenval, que no acertaba á decir palabra, y
continuó:

--Hace dos años que Jacobo está agonizando bajo el peso abrumador de una
condena no merecida. Su madre está en duelo y su hermana, desesperada,
quiere hacerse religiosa. Y todo porque un bribón desconocido ha
cometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atribuírselo á
ese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo había preparado
todo de antemano, á fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, para
que se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que no
lo era.

Marenval empezaba á estar inquieto. Los comentarios de Cristián sobre la
pretendida infalibilidad de los jueces habían enfriado su entusiasmo.
Encontraba que el interés del relato había languidecido y con todo el
rigor de un crítico que reclama un corte en el diálogo, dijo:

--Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos á Lea Peralli. Me ha dicho
usted que la encontró. Pero, dónde, en qué circunstancias... Eso es lo
que yo quiero saber. Ahí está el nudo de la intriga. Dejemos lo demás
para otra ocasión y hábleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en San
Francisco y se encontró con ella. ¿Dónde? ¿Cómo?

--De un modo tan sencillo como inesperado. Había yo llegado el día
anterior con Raleigh-Stirling, el famoso _sportman_ escocés, que se
dedica á la pesca del salmón y al que había encontrado en el lago salado
capturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto á seguir su pesca en
Sacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canadá, donde maté algunos
bisontes. Hacía, pues, algunas semanas que ambos vivíamos en el desierto
y fué para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de la
animación civilizada de una ciudad, entre compañeros amables.
Precisamente, el banquero más rico de la ciudad, Sam Poetor, era
pariente de mi compañero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada,
nos envió á buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en el
hotel y de grado ó por fuerza nos instaló en su casa. Era el tal un
solterón de cincuenta años, y rico como lo son los de aquel país, vivía
como un príncipe sin privarse de ningún placer. El primer día, después
de una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay ópera: se canta
Otello, por Jenny Hawkins, que hace de Desdémona, y el gran tenor
italiano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si queréis, á oirlos
en mi palco. Si os aburrís, volveremos á casa ó nos iremos al círculo
Californiense; como queráis." Á las diez entrábamos en el proscenio de
Pector y nos encontramos un público entusiasmado con los cantantes, que
realmente tenían talento, pero que estaban secundados por detestables
artistas que convertían la representación, fuera de las escenas de los
protagonistas, en un verdadero escándalo musical. Jenny Hawkins no
estaba en escena ni apareció hasta el final del acto. Al verla,
experimenté la impresión muy clara de conocer á la mujer que acababa de
presentarse ante mí. Era una morena de facciones acentuadas, ojos
atrevidos y aventajada estatura. Se adelantó hacia el proscenio y empezó
á cantar. En el mismo instante, como si la memoria me acudiese
repentinamente, me di cuenta del parecido que me había chocado. Jenny
Hawkins era el vivo retrato de Lea Peralli, pero una Lea tan morena como
rubia era la otra, más alta y más gruesa. La impresión que experimenté
fué sumamente penosa. Me volví á mirar hacia el público para no ver
aquel fantasma que allá, en el fin del mundo, venía á recordarme
precisamente las dolorosas circunstancias que me habían hecho
expatriarme. Pero si no la veía, oía su voz, que cantaba la hermosa
melodía de la plegaria. Con mucha frecuencia había oído cantar á Lea
cuando iba á su casa con Jacobo, pero no reconocía su voz. Era la misma
y no lo era, así como la cara de Jenny era la de Lea y sin embargo se
diferenciaba de ella en ciertos detalles. Y después, ¿cómo había de ser
aquella cantante Lea Peralli, que había muerto en la calle Marbeuf dos
años antes y cuya muerte expiaba Jacobo en la Numea? ¡Locura! ¡Ilusión!
Encuentro fortuito que no podía tener ninguna consecuencia. Sensación
que duraría el espacio de una velada y que se desvanecería en cuanto
cayese el telón. ¡Ay! La terrible realidad que aquel parecido evocaba en
mí se grabaría en mi alma más irrevocable que nunca. Pensaba yo todo
esto mientras oía cantar á la artista y, sin embargo, la emoción que
había sentido al verla aparecer en escena había sido tan viva, que quise
comprobarla por un nuevo examen. Me volví y miré á aquella mujer. Estaba
arrodillada en un reclinatorio, con la hermosa cabeza apoyada en las
manos cruzadas y con los ojos fijos en el cielo como para implorarle. Me
estremecí. Por segunda vez y con mucho mayor intensidad que la primera,
tuve la sensación de que Lea Peralli estaba delante de mí. Una noche, en
que Jacobo la había maltratado, después de una de sus violentas y
frecuentes querellas, la vi arrodillarse así delante del sillón en que
su amante estaba recostado. En aquel momento me parecía verla con los
codos en los brazos del sillón y la mejilla apoyada en las manos
cruzadas, dirigiendo á Jacobo una sonrisa tierna y suplicante. Era la
misma fisonomía, la misma actitud, la misma mirada, la misma sonrisa.
¿Era posible que existiera tal semejanza, no ya tan sólo física, sino
moral? Aquella prueba afirmó mi creencia más de lo que yo deseaba y una
turbación extraordinaria se apoderó de mí. Me incliné hacia el banquero
y le pregunté:

--¿Conoce usted á esta Jenny Hawkins?

--Ciertamente. Es la tercera vez que viene á cantar en San Francisco y
siempre ha tenido mucho éxito.

--¿Ha hablado usted con ella?

--Más de diez veces. He cenado con ella cuando era querida de mi amigo
John-Lewis Day, el gran tratante en oro del Sacramento. Es una muchacha
muy amable.

--¿Qué edad cree usted que tendrá?

--Podrá tener, acaso, unos veinticinco años. Parece de más edad en la
calle que en la escena, porque allí no está pintada, y además la
existencia de artista en expedición aja mucho la belleza de una mujer.
Es muy agradable. En este momento no tiene á nadie; si le gusta á usted,
le presentaré.

El pensamiento de encontrarme en presencia de aquella mujer hizo latir
violentamente mi corazón y debí palidecer, porque Pector se echó á reir
y me dijo:

--¡Diablo! ¿Tan impresionable es usted, querido? ¿Ó es que está usted
bajo el imperio de la abstinencia? La verdad es que la hospitalidad de
las indias de los lagos no es muy halagüeña, ¿verdad?

La bulliciosa alegría del americano me dió tiempo para reponerme y
continué mi interrogatorio.

--Jenny Hawkins ¿habla el inglés sin acento extranjero?

--Le habla con mucha pureza, pero usted sabe que en América, como en
Francia, tenemos diversas pronunciaciones, según las provincias.



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