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Text on one page: Few Medium Many
Una hora más, y la noche
vendría á proteger la fuga con sus sombras benéficas. Pero había que
aguardar una hora y ya las cuadrillas de guardianes canacos, lanzadas
sobre la pista del fugitivo, debían estar registrando las dunas. Se
había visto pasar á Tragomer y en este momento se daban indicios ciertos
sobre la dirección que había tomado á aquellos ojeadores de caza humana.

--Ganemos la punta del promontorio y ocultémonos en las rocas, dijo
Cristián.

Avanzaron rápidamente y se metieron en una pequeña gruta, donde pudieran
respirar, ver y escuchar por unos instantes.

--Mira, dijo Tragomer, el yate vira de bordo y echa al agua la lancha de
vapor... Han comprendido el peligro y vienen á nosotros.

La lancha embarcó sus hombres y se deslizó rápida sobre las ondas. La
distancia que la separaba de tierra disminuía visiblemente. Ya la vista
experimentada de Tragomer distinguía á Marenval sentado en la proa. Pero
aquella tentativa atrevida atrajo hacia ellos un peligro mortal. Una
cuadrilla que registraba la maleza acababa de ver la lancha, y
suponiendo que su marcha hacia la costa estaba relacionada con la fuga
del penado, los canacos empezaron á dar gritos para reunirse y se
dirigieron en amenazador semicírculo hacia el promontorio en que estaban
refugiados los fugitivos.

Tragomer echó en torno una rápida ojeada y vió en el mar la lancha que
traía á Jacobo la salvación y detrás, en las rocas, la fuerza armada
pronta á todas las violencias para recobrar al preso. La barca estaba
separada de la punta de coral por unos mil doscientos metros. La
elección no era dudosa. Se quitó la americana y la camisa, se descalzó y
no conservó más que el pantalón, en cuya cintura puso un sólido
cuchillo. Después, dijo volviéndose hacia Jacobo, que lo había imitado:

--Si nos quedamos, arriesgamos el ser cogidos; si huimos podemos ser
muertos. No hay que vacilar. Además estaba convenido. ¡Al mar y sea lo
que Dios quiera!

Se abrazaron por última vez y se dejaron deslizar silenciosamente al
agua. Nadaron doscientos metros protegidos por la masa de las rocas,
pero pronto un gran griterío les advirtió que estaban descubiertos y una
lluvia de balas que silbaron por todas partes les probó que sus
perseguidores estaban decididos á impedir que se escapasen.

--¡Sumerjámonos! dijo Tragomer. Van á tirar otra vez.

Pero la descarga que esperaban no se produjo. Una barca mandada por un
vigilante y tripulada por doce remeros se destacaba de la costa é iba á
colocarse entre los fugitivos y los tiradores canacos. Al mismo tiempo
la lancha de vapor del yate forzó su máquina en dirección de los
nadadores. Durante unos minutos hubo una lucha silenciosa y conmovedora
entre los dos hombres que defendían su libertad y su vida y los que
trataban de quitárselas.

--¡Alto, la lancha, en nombre de la ley! ¡Alto! dijo la voz ronca y
furiosa del vigilante.

--¡Adelante! respondió con firmeza la voz de Marenval.

Los dos barcos estaban á cincuenta metros el uno del otro y entre ellos
los nadadores, tan próximos á ser presos por sus verdugos como recogidos
por sus salvadores.

--¡Alto! rugió de nuevo el vigilante, ú os echo á pique.

--¡Pasad por encima! exclamó Marenval, que se inclinó en la proa, como
para dar más autoridad á su orden.

--¡_Gahead_! gritó el timonel.

El vigilante disparó el revólver contra la lancha y la gorra blanca de
Marenval voló al mar atravesada por un balazo. En el mismo instante
resonó un crujido formidable. La lancha, lanzada á todo vapor contra la
chalupa, la había abierto por enmedio de las bordas. Se oyó un grito y
todo se hundió. Sobre las olas se veía solamente la lancha del yate.

--¡Á nosotros! gritó Tragomer levantándose sobre el agua.

En torno de los nadadores aparecían de nuevo luchando con las olas el
vigilante y los remeros. En este momento unos brazos vigorosos se
tendieron hacia los fugitivos y anhelantes, sofocados, casi sin vida,
Cristián y Jacobo fueron izados á la lancha salvadora.

--¡_Te kere_! dijo el timonel.

Los marineros se echaron al fondo de la lancha. Una lluvia de balas de
los canacos de la orilla pasó silbando por el aire. Al mismo tiempo
apareció otra chalupa haciendo fuerza de remos hacia el lugar de la
lucha.

--¡Al yate! gritó Marenval. Ya nos abrazaremos después.

La lancha viró y se dirigió hendiendo las olas hacia el navío. El sol
cayó en este momento como una bola de fuego en las olas y se hundió en
ellas. El crepúsculo se apoderó del mar y solamente se oyeron, á lo
lejos, allá, en la playa, los gritos de los canacos. Un marinero entregó
á Jacobo y á Cristián vestidos secos, y temblando aún, tanto por los
esfuerzos realizados como por el frío del agua, arrojaron sus pantalones
empapados y se vistieron. Hasta que estuvieron á bordo del yate no se
cambió ni una palabra.

--¿Y bien? preguntó el capitán inclinado sobre la borda.

--¡Está hecho! contestó Tragomer.

Por la escala de cuerda que pendía del flanco del navío subieron sobre
cubierta, la embarcación fué suspendida, y el yate volvió á tomar la
velocidad un punto interrumpida, con la proa hacia alta mar.

--¡Libre! mi pobre Jacobo, dijo entonces Marenval echando los brazos al
cuello del joven y mirándole con ternura. ¡Ya era tiempo de que
llegásemos! ¡Cómo ha cambiado usted!

Lavada por el agua del mar, sin pintura y sin postizos, la cara
enflaquecida de Freneuse aparecía macilenta y melancólica.

--Gracias, amigos míos, gracias por vuestra heroica abnegación. Quisiera
deciros toda la gratitud que hay en mi corazón, pero me faltan las
palabras. Perdonadme...

Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Jacobo las enjugó con la
mano, ahogó un sollozo y haciendo un gesto de enfado se dirigió hacia la
popa del navío. Allí se sentó en un rollo de cuerdas y dejando caer la
cabeza entre las manos tomó una actitud de profunda meditación.

--Conviene dejarle solo, dijo Tragomer. Tiene necesidad de entrar en
posesión de sí mismo. La transición entre su aniquilamiento desesperado
y la vuelta á la vida ha sido muy brusca. Mañana estará más tranquilo,
sus ideas habrán entrado en orden y podremos interrogarle con fruto. Y
ahora, Marenval, reciba usted mis felicitaciones. Ha resistido usted á
las autoridades de su país con un aplomo admirable. ¡Está usted fuera de
la ley, amigo!

--¡Pardiez! Bien ha visto usted que aquel diantre de sargento quiso
matarme. Una de sus balas se llevó mi gorra y si da dos milímetros más
abajo se lleva la cabeza.

--¡Pero usted no le ha errado ni ha tardado en echarle al agua!

--Amigo mío, dijo gravemente Marenval, en aquel instante no había que
andar con paños calientes. Vi que todo se iba á perder si no echaba á
pique la tal embarcación y ¡qué diablo! no dudé.

--Hizo usted perfectamente, Marenval. Sin usted todo estaba perdido.

--Lo sé, y no estoy descontento de mi manera de obrar. Pero sepa usted
que no era de los carceleros de lo que yo tenía más miedo por todos.
Desde que nos separamos del yate, venía siguiéndonos un enorme tiburón
que parecía acechar el momento en que alguien cayese al agua. Es un
milagro que no haya intervenido en la pelea...

El movimiento de los barcos, los gritos de los canacos y la rapidez de
la acción le habrán espantado. Yo también temía la presencia de algún
escualo y me había provisto de un cuchillo para no dejarme devorar sin
defensa.

--Supongo, dijo fríamente Marenval, que se habrá dado un banquete con el
grueso sargento que tanto empeño tenía en fusilarme...

--¡Se va usted haciendo feroz, amigo mío!

--Yo soy así cuando se me saca de mis costumbres... Y á propósito ¿y el
buen Dougall?

--Conforme estaba convenido Dougall ha debido ir á la lancha de la
administración como si nada supiera. Seguramente ha sido detenido por el
vigilante que me acompañaba.

--¿Era el sargento grueso?

--¡No! Aquel no venía á perseguirnos, y me alegro. Era un buen hombre y
no hubiera querido hacerle mal. Tenía una manera tan cómica de llamarme:
"Milord"... Porque sepa usted, Marenval, que nadie quitará de la cabeza
á las autoridades coloniales que han sido los ingleses los que han dado
el golpe.

--Ha tomado usted todas las precauciones para que sea así. ¿Pero qué le
sucederá á nuestro marinero?

--Dougall es un muchacho muy inteligente. No sabe ni una palabra de
francés y á todas las preguntas que le hagan responderá: "No comprendo;
llevadme ante el cónsul de Inglaterra". Una vez ante el cónsul, está
salvado. No ha tomado parte en nada y se ha separado de mí en el momento
comprometido. El haberle abandonado prueba que no estaba enterado de
nuestros proyectos. Para las autoridades de Numea, que tienen nuestros
papeles, ese hombre pertenece á la tripulación del _Albert-Édouard_, del
puerto de Southampton. Llegado á alta mar el _Albert-Édouard_ se
convierte en el _Magic_, y que busquen. Durante este tiempo Dougall, con
las cien libras que le he dado, tomará el vapor para Sydney y, créame
usted, llegará á Inglaterra antes que nosotros, porque no tendrá que
atravesar ese endiablado canal de Torres, sembrado de escollos
peligrosos.

Marenval hizo un signo de asentimiento. Luego preguntó:

--¿Cree usted que nos perseguirán?

--Dentro de una hora lo sabremos. Pero eso no me inquieta. Corremos como
el viento y no será un aviso del Estado el que pueda darnos caza. Esos
ingleses saben hacer barcos, no hay que negarlo. Aquí tiene usted un
navío de recreo que corre como un torpedero.

--¿Mantendremos mucho tiempo esta velocidad?

--Hasta que salgamos de las aguas francesas. Una vez en las aguas
neutras tomaremos nuestra marcha de paseo.

--¿Y cuándo estaremos fuera do todo peligro?

--Hacia las doce de la noche.

--En ese caso, ¿le parece á usted que comamos?

--Á fe mía que me vendrá muy bien. Este baño me ha abierto un apetito
feroz.

--¿Llamamos á Jacobo?

--No; dejémosle tranquilo. Un camarero le traerá un plato con fiambres y
él comerá si tiene hambre. La soledad es buena para ese espíritu
alterado.

Los dos amigos bajaron al comedor. Jacobo, solo en la popa bajo la vela
hinchada por el viento, apoyado en la borda y aniquilado de cansancio
por los esfuerzos impuestos á su cuerpo debilitado, dejó su débil cabeza
balancearse á merced del vaivén del barco, y en la dulce y tibia noche
experimentó por primera vez después de mucho tiempo una sensación
deliciosa de paz y de tranquilidad.



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