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Text on one page: Few Medium Many
Sentía bullir bajo sus pies la
poderosa máquina y pensaba que cada vuelta de aquel rápido motor le
alejaba de la cautividad y lo acercaba á los que le amaban y no habían
cesado de llorarle.

Sus miembros estaban como entumidos, pero su pensamiento se destacaba
poco á poco como de una bruma y aparecía luminoso y activo. Su vista
recorrió la extensión del mar y allá, á lo lejos, en el límite del
horizonte, vió la luz del faro como un punto luminoso apenas perceptible
y que disminuía hasta borrarse, como un signo de la desgracia. Estaba
libre y rodeado de amigos é iba á ver á las personas que amaba. Pero al
mismo tiempo se encaminaba á la lucha.

Una arruga apareció en su frente. La libertad le imponía terribles
deberes; tenía que justificarla descubriendo el verdadero culpable. Su
evasión no podía tener excusa si no enviaba al criminal, hasta entonces
impune, á ocupar su puesto en la cordelería, al lado de la fragua en que
los penados forjaban sus propias cadenas. Instintivamente extendió el
brazo y con alegría se sintió libre de la dura anilla. En su puño se
veía, y se vería por largo tiempo, la señal causada por el brazalete de
vergüenza.

Todos los horrores de su infamante vida se presentaron á su imaginación
y acudió á su memoria la imagen del capellán que le exhortaba á la
resignación en memoria de los sufrimientos divinos. Entonces no esperaba
que cambiase su destino. Lo veía encerrado para siempre en aquel recinto
de dolor y de miseria y aceptaba su espantoso porvenir con ánimo sumiso.
Un impulso de agradecimiento se apoderó de su pensamiento; levantó los
ojos al cielo, y en aquel imponente silencio de la mar desierta, bajo el
firmamento bordado de estrellas, rezó en acción de gracias á la
divinidad que le había salvado.

El camarero se acercó á Jacobo y puso á su alcance las provisiones que
sus amigos le enviaban, sin que él lo echase de ver, sumido en su
meditación. El yate había apagado sus fuegos para escapar más fácilmente
á una posible persecución y en el mar sin límites, el espíritu de
Jacobo, sereno y fortificado, reposaba ya en una tranquilidad absoluta.
En aquel momento no dudó que haría brillar su inocencia con pruebas
irrefutables.

Una firme convicción reemplazó á la duda que le había torturado tanto
tiempo hasta hacerle sospechar si en un momento de embriaguez que no
recordaba habría, en efecto, cometido el crimen. Ahora se sentía en
posesión de otra conciencia y se convertía en otro hombre libre
corporalmente y dueño de su pensamiento.

Permaneció toda la noche meditando en el mismo sitio, sin que los pasos
del hombre de cuarto que recorría acompasadamente el puente le
arrancasen á sus reflexiones. No vió al capitán que de pie en su sitio
de honor velaba doblemente aquella noche. Se encontraba en una especie
de exaltación que abolía para él todas las percepciones exteriores, para
no dejarle sino las sensaciones íntimas, que eran deliciosas, porque
encontraba en ellas todo el tesoro de su delicadeza, de su fe, de su
honor, que le había sido arrebatado brutalmente durante aquellos dos
años nefastos.

El alba blanqueaba haciendo palidecer á las estrellas. El viento
refrescaba y la primera cuadrilla de marineros de servicio apareció en
el puente. Jacobo suspiró, comprendiendo que tenía que salir de las
esferas inmateriales en que su espíritu se había reconfortado durante
aquella velada y entrar en la vida corriente y positiva. Y cuando el día
sucedía repentinamente á la noche, Jacobo se levantó y miró en derredor
suyo. Por todas partes el mar estaba libre. Dos leguas á la derecha un
gran vapor avanzaba pesadamente hacia las islas Loyalty. Por detrás ni
un punto sospechoso. Por delante la extensión ilimitada, sin una
embarcación, sin una vela.

--Querido Jacobo, dijo la voz de Tragomer; estamos salvados. Ahora
podemos respirar.

Freneuse se volvió. Su amigo salía de la cámara y venía hacia él. Jacobo
le tendió la mano sonriendo.

--Perdóname, dijo, que te dejara ayer tarde.

Estaba como una fiera escapada de su jaula y á quien asusta el aire
libre y el ancho horizonte. Tenía necesidad de esconderme, de buscar un
rincón sombrío, falto ya de la costumbre de vivir libre... La
servidumbre es una arruga que no se hace desaparecer fácilmente. Ahora
ya estoy repuesto.

Tragomer apoyó la mano en el hombro de su amigo.

--Tienes dos meses delante de ti para entrar de nuevo en posesión de ti
mismo. Nuestro viaje va á ser por eso convenientísimo. Poco á poco
volverás á tus costumbres de dignidad y cuando llegues á Europa serás el
Jacobo de otro tiempo.

Por la frente de Freneuse pasó una sombra.

--¡Jamás!, dijo. El Jacobo de otro tiempo ha muerto. Se ha quedado en el
presidio con la cadena del penado. El Jacobo que te llevas no tendrá más
que una preocupación en la vida, la de hacer olvidar á los que le aman
las penas que les ha causado.

--Lo apruebo, dijo Cristián, porque es justo. Pero ven conmigo á tu
camarote... Te vestirás mientras Marenval se levanta; él no es tan
madrugador como yo y además las fatigas y las emociones de esta terrible
jornada le habrán rendido... Pero está contento y orgulloso. No daría
su expedición por el doble de lo que le ha costado... Lo único que
siente es no llevarse la gorra atravesada por la bala del vigilante.
¡Qué trofeo para un hombre pacífico!... Pero aquí tenemos á nuestro
capitán...

Un joven rubio, de cara sonrosada, se adelantó hacia ellos.

Tragomer dijo:

--M. Edwards, presento á usted á mi amigo el conde de Freneuse. En este
momento no está del todo presentable, pero usted le verá dentro de un
momento más correcto.

--Celebro, caballero, dijo el marino con un acento inglés muy
pronunciado, haber contribuído á sacarle de penas... Lo que mis
patrones me habían contado me ha hecho fácil y agradable el servicio que
les he prestado... Hemos arriesgado algunas cosillas, añadió el inglés
sonriendo; pero en este momento estamos bajo la protección de esa
bandera...

Y el capitán señaló orgullosamente al pabellón británico que flotaba en
el palo de popa.

--¿De modo que está usted enteramente tranquilo? preguntó Tragomer.

--Estoy en el mar qué pertenece á todo el mundo; soy dueño de mi barco;
y si alguien quisiera hablarme, le respondería con esto.

Dió un golpe amistoso en una de las largas piezas de cobre que iban
perezosamente echadas en el puente, y añadió con una hermosa confianza
nacional:

--Y toda Inglaterra estaría detrás de mí.

--¿Dónde estamos en este momento y á dónde nos dirigimos? preguntó
Tragomer.

--Estamos atravesando Bowen, en Australia, y tenemos la proa hacia Nueva
Guinea. Voy á acortar la marcha, para no agotar inútilmente nuestras
carboneras, pues no podremos llenarlas hasta Batavia. Vamos á navegar á
la vela.

--Haga usted lo que crea conveniente, capitán. Nuestro interés es
dejarnos llevar.

Bajaron al salón y se dirigieron á los camarotes. Por primera vez desde
hacía mucho tiempo Jacobo encontraba el lujo y la comodidad á que estaba
acostumbrado desde la niñez. Le habían preparado un ancho camarote
amueblado con una cama, un armario de espejo y un lavabo. En todos los
detalles brillaba la limpieza inglesa y Jacobo encontró con alegría
infantil los cepillos, los frascos y los utensilios de tocador que
constituyen los cuidados y la elegancia de la vida.

Se dejó caer en una butaca mirando al rededor, como si no se cansara de
contemplar lo que veía; pero de repente palideció. En la cabecera de la
cama y en marcos de oro acababa de ver los retratos de su madre y de su
hermana. Vestidas de negro, tristes y desmejoradas, parecían llorar al
ausente. El día antes de salir de Southampton, Marenval había recibido
aquellas fotografías destinadas á Jacobo y que representaban una promesa
de perdón.

--¡Qué cambiadas están! dijo Jacobo después de un largo silencio.

--Y sin embargo, en ese momento empezaban á esperar...

--¿Cómo hacerlas olvidar lo que han sufrido por mí?

--¡Oh! Muy fácilmente. En las madres y en las hermanas hay tesoros de
indulgencia. Les bastará volverte á ver. Lo que más daño les ha hecho no
es creerte culpable, sino saber que eras desgraciado.

--Dime cuál ha sido su existencia desde hace dos años.

--La de dos reclusas voluntarias. Han huído del mundo á quien acusaban
de tu pérdida, y se han confinado en su casa para llorar á sus anchas.
Todo lo que no fueses tú era extraño para ellas. Todo lo que no
participaba de su fe en tu inocencia y de su desolación por tu martirio,
fué separado sistemáticamente. Yo mismo...

--¿Tú, Cristián? exclamó Jacobo con sorpresa.

--Sí, yo; porque en el primer momento de estupor incliné la cabeza ante
la sentencia que te condenaba; porque no reaccioné bastante pronto
contra la infamia que te era impuesta, fuí rechazado por tu madre y por
tu hermana..., ¡por tu hermana, á quien amo, por María, que estuvo aún
más dura que su madre! Su puerta se me cerró, como si yo fuera un
importuno ó un enemigo... Y á pesar de mis esfuerzos nada pude
conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habías
sido víctima. Sólo entonces la señora de Freneuse consintió en verme y
no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana... Hasta el último
minuto no se presentó delante de mi y si me estrechó la mano fué porque
afirmé que iba á arriesgar mi vida por salvarte.

--¡Querida María! Y tú, pobre Cristián, también has sido desgraciado por
mi causa...

--Pero tomaré un brillante desquite. Cuando te arroje en sus brazos
tendrá que reconocer que no soy un ingrato ni un indiferente, su altivez
se humanizará y la volveré á ver como en otro tiempo, sonriente y
afectuosa.

Jacobo se puso grave y dijo con lentitud, como si pesase las palabras:

--Hace veinticuatro horas, Cristián, estoy reflexionando sobre todo lo
que me has revelado. La noche que precedió á mi evasión, mientras yo
temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontré
libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios,
pensé en todo lo que tiene de extraño tu relato y resolví perseguir la
prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi
primer deber es rehabilitarme.



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