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Text on one page: Few Medium Many
La noche que precedió á mi evasión, mientras yo
temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontré
libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios,
pensé en todo lo que tiene de extraño tu relato y resolví perseguir la
prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi
primer deber es rehabilitarme. Mi madre y mi hermana han llorado durante
dos años; yo he padecido torturas inconcebibles, mientras los verdaderos
culpables se regocijaban por mi pérdida y se reían de mi vergüenza. Son
unos monstruos y quiero castigarlos. Si Lea está viva, si Sorege es
cómplice de su desaparición y la sustituyeron con otra víctima, es
preciso que la verdad brille y que se sepa qué móviles les guiaron y
cómo lograron engañar á la justicia y á mí mismo. Es indispensable que
me digas todo lo que sabes y que yo te cuente lo que ignoras. Porque
ante los jueces no lo he dicho todo, no podía decirlo. He dejado sin
esclarecer ciertos misterios porque no quise comprometer á alguien á
quien yo creía extraño al asunto. Pero ¿quién sabe si me engañaba?
Cuando hayamos restablecido los hechos de un modo verosímil, ya que no
real, convendremos el modo de obtener el resultado que ambicionamos.

--¡Al fin! Estas son las palabras que yo esperaba, que yo preveía,
exclamo con fuego Cristián. ¿No lo has dicho todo ante los jueces? ¿Has
temido comprometer á quién? ¡Acaso á los mismos que te perdían! Pero
vamos al fin á comprenderlo todo y á descifrar este enigma... Esperemos
á Marenval, que tiene derecho á saber lo mismo que nosotros.

En el mismo momento se abrió la puerta, y Cipriano se adelantó hacia
Jacobo con las manos tendidas, sonriente y dichoso.

--¡Y bien! ¿Nuestro pasajero empieza á reponerse de sus emociones?

--Vuestro protegido no tendrá bastante con todo su corazón para
agradecer lo que habéis hecho por él.

--Querido amigo, nos quedan dos meses de vivir juntos y tendremos tiempo
para congratularnos mutuamente. Porque, salvación aparte, vamos á hacer
con usted un viaje admirable. Y como pasaremos nuestro tiempo en
penetrarnos de su inocencia, tendremos una completa seguridad de
espíritu.

Marenval, con su buen sentido, infundió calma en los ánimos ya muy
exaltados de los dos jóvenes y les volvió al equilibrio recordándoles la
justa noción del tiempo y de las cosas.

--Mi querido Jacobo, ante todo es preciso devolverle á usted una figura
humana. El ayuda de cámara va á venir á afeitarle, á peinarle. En el
armario encontrará usted ropa blanca y vestidos á su medida. Se sentirá
usted con más aplomo cuando esté lavado y mudado. No hay como
encontrarse en su traje ordinario para volver á sus costumbres. Cuando
esté usted listo, véngase al comedor. Almorzaremos y después, si nos
conviene, charlaremos.

El criado entró. Marenval y Cristián dirigieron un ademán amistoso á su
huésped y salieron del camarote.




VIII


Viendo á Jacobo vestido con un traje de franela blanca y una elegante
gorra, tendido en un _rocking-chair_ y fumando un buen cigarro, después
de almorzar en compañía de sus dos amigos, nadie hubiera reconocido en
él al miserable penado que arrastraba el día antes su cadena en el
presidio de la isla Nou. Los cuidados del notable ayuda de cámara que
Marenval había llevado consigo y sin el cual no podía pasarse, una buena
elección de ropas, la ducha, la navaja, los peines y toda una minuciosa
sesión de tocador, operaron esa transformación. Era un Freneuse
desmejorado, pálido, sin cabellos y sin barba, pero era Freneuse, con su
mirada y su sonrisa.

Jacobo dijo á sus compañeros:

--Ahora es preciso que yo dé las explicaciones necesarias para estudiar
el problema y resolverle. Para empezar, fijaré el estado de mis
relaciones con Lea Peralli. Hacía cerca de dos años que vivía con ella,
como sabéis. Yo estuve al principio muy enamorado y ella, por su parte,
parecía amarme tiernamente. Cuando la conocí, llegaba de Florencia de
donde había tenido que alejarse á consecuencia del escándalo del
divorcio con su marido, el caballero San Martino, ayudante de campo del
conde de Turín. Era una admirable rubia de ojos negros, alta estatura y
manos aristocráticas, cuya aparición producía en todas partes una
sensación profunda. Más instruída que inteligente poseía en el más alto
grado la facultad de la fascinación sensual. Era difícil verla sin
enamorarse de ella, y sus grandes maneras y su talento de cantante, que
le había válido grandes éxitos en los salones aristocráticos de Roma,
acababan de apoderarse del ánimo turbado por su belleza.

Cuando nos conocimos habitaba un departamento amueblado en la calle de
Astorg y vivía decentemente con restos de su dote, que el marido le
había devuelto con una generosidad digna de aprecio, dado el trato poco
halagador á que su mujer le había sometido. Una camarera y un joven
criado, traídos de Italia, la servían más bien mal que bien, y el
desorden, la falta de respeto de los criados y la irregularidad en el
servicio, ofrecían un cuadro muy característico de la incuria italiana.
Había allí una mezcla de lujo y de miseria completamente curioso. Al
comienzo de nuestras relaciones he visto á Lea en peinador de seda, con
unos zafiros de veinte mil francos en las orejas, almorzando unos
arenques en una mesa sin mantel, en un plato desportillado y con vino de
_champagne_ bebido en tazas de cocina. El orden, el decoro de la vida
eran letra muerta para ella. Lo importante, lo que ella satisfacía ante
todo, era su capricho. La encontré en un concierto de beneficencia,
donde cantó magistralmente unos aires húngaros, acompañada por Maraeksy
y me quedé encantado por su belleza y por su aire majestuoso.

En medio de las señoras del gran mundo que en el estrado prestaban su
concurso á la función, Lea parecía una reina. Estaba guiada y protegida
por el marqués Gianori, ese viejo verde teñido y estirado y que tiene un
modo tan alarmante de acariciar los dedos del que le da la mano. El
guardián no era, pues, muy temible; hice que me presentaran á la
encantadora italiana y el día siguiente fui á dejar mi tarjeta en su
casa. La respuesta no se hizo esperar, pues á los pocos días me invitó á
ir á su casa á tomar una taza de te y á oir música.

No desperdicié la ocasión y á las diez llegué á la calle de Astorg donde
encontré una docena de personas de variadas condiciones, que iban desde
el tenorino que cecea el francés, hasta el diplomático serio y desde la
viuda joven un poco dudosa hasta la más auténtica. Era aquella una
sociedad extraña en la que aparecían mezclados lo sólido y el similor,
pero donde se veía que lo sólido iba á desaparecer prontamente para
dejar el campo libre á todo género de fantasías. Mi entrada en escena
trajo ese resultado. Tenía yo veinticinco años y era libre, rico y muy
solicitado en sociedad. Tenía excelentes relaciones y un lujo de buen
gusto. Me apoderé de Lea por el aspecto exterior de mi vida, que era
justamente aquel á que le hacía más sensible su naturaleza italiana. Más
que mis atenciones, mis cuidados y mi ternura, ganaron su voluntad mi
carruaje correctamente enganchado y esperando á su puerta, mis elegantes
libreas, el refinamiento de mi porte, la sonoridad de mi nombre y la
autenticidad de mi título. Pronto concibió por mí un amor de cabeza,
vivamente transformado en amor de los sentidos.

Al cabo de unas semanas su existencia había cambiado por completo. Ya no
recibía á ninguna de las personas á quienes encontré en su casa, y que
fueron reemplazadas con increíble facilidad por mis amigos y sus
queridas. Aunque distinguida por educación, no tenía el sentido de las
distancias sociales. La encontraba frecuentemente sentada enfrente de su
camarera italiana, una pesada hija de Lombardía, jugando á las cartas y
fumando á dúo cigarrillos. Cuando yo le hacía observaciones me
respondía:

--¿Qué importa? Está á mi disposición lo mismo para distraerme jugando á
la baraja que para abrocharme las botas. Le pago, me sirve y no hay más.
En cuanto á fumar, todo el mundo lo hace en Italia, hasta las damas de
la corte.

Su falta de respetabilidad era tan grande como su ignorancia de la
economía, que llegaba al descuido más completo. Jamás se preocupó por
saber cómo iba á pagar lo que compraba ni con qué haría frente á los
gastos de la vida diaria. Mientras tenía dinero, lo gastaba; cuando el
cajón estaba vacío, se privaba de todo. Y era curioso ver con qué poco
se contentaba aquella mujer acostumbrada al lujo y á prodigar el dinero
como una princesa. Antes de estar iniciado en las dificultades de su
posición, la he sorprendido alimentándose, según ella por gusto, con
platos de su país que costaban apenas unos céntimos al día.

Un día me encontré en su casa en pleno embargo y á Lea en medio de una
avalancha de papel sellado y llorando delante de sus alhajas que en
tanta estima tenía y que valían mucho dinero. Sus proveedores,
exasperados por el desahogo y la falta de cumplimiento de mi amiga,
habían preparado aquella ejecución. Mi primer movimiento fué sacar la
cartera y preguntar al alguacil: ¿cuánto? Lea, con gran furia de
desinterés amoroso protestó, lloró y se empeñó en rehusar, pero el
funcionario que había visto la posibilidad de cobrar, no hizo caso de
las exclamaciones de la deudora y, por primera vez, Lea me costó el
dinero.

Si yo no se lo hubiera ofrecido es probable que no me lo hubiera pedido
nunca, pero desde el día en que pagué, encontró muy natural continuar
aprovechándose de mi generosidad. Y aquí empieza el período más
deplorable de mi existencia. La acusación á que sucumbí estuvo basada en
las locuras que hice para sostener los gastos de Lea. Tenía para vivir
cómodamente como soltero y para sufragar todo el costo de la vida del
gran mundo. En esta época había ya empezado á gastar la herencia de mi
padre, pero las tierras que había vendido eran de poco rendimiento y mis
rentas no habían disminuído gran cosa. Tenía yo todavía cuarenta mil
francos de renta.

Apenas si esa cifra hubiera sido suficiente para los gastos de Lea y
para los míos si una prudente economía hubiera reglado las necesidades
corrientes; pero el desorden de Lea era incurable y yo no era tampoco
muy previsor.



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