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Text on one page: Few Medium Many
Ello fué que al cabo de unos meses me encontré en los más
graves apuros. ¿Para qué recordaros los detalles de aquella triste
época? Los conocéis tanto como yo. Usted, Marenval, me ayudó en diversas
ocasiones á pagar deudas urgentes que me hubieran comprometido sin
recurso, y tú, Cristián, trataste de arrancarme á mi disipación y á mi
rebajamiento. El juego había llegado á ser mi único recurso, y para
sostener mis fuerzas aniquiladas por las noches enteras que pasaba en
las mesas de _baccará_, me di á la bebida.

Durante aquellos años malditos en que me visteis descender paso á paso
hasta el fango del arroyo, mi inteligencia y mi corazón estaban
atrofiados. Vivía como un bruto y los destellos de razón que se
manifestaban todavía en mí, no servían más que para satisfacer mis
vicios. Porque mientras Lea se adhería más y más á mí, viendo mis
esfuerzos por hacerla vivir dichosa, yo empezaba á cansarme de ella y la
engañaba. Lo mejor hubiera sido, sin duda, renunciar á ella, refugiarme
en mi familia, arreglarme y empezar de nuevo á vivir; era yo tan joven
que todo hubiera sido posible. Pero insistí en mis relaciones con una
especie de obcecación estúpida como si el renunciar á Lea fuese
prescindir de todos los sacrificios que había hecho por ella. Me
encontraba en la situación de un jugador que busca el desquite. Y,
además, tenía miedo á su carácter exaltado.

Aquella mujer altanera y violenta tenía á veces recaídas en el orgullo
de su antigua condición que le hacían terrible. Un día en que su criada,
la misma á quien toleraba tan extrañas familiaridades, le contestó no sé
qué insolencia, se arrojó á ella, la tiró al suelo y por poco la hiere
gravemente. En aquellos momentos, decía, sería capaz de matar y no
tendría miedo á un hombre. Tantas veces me había amenazado con su cólera
si la engañaba, que si no temía violencias contra mi persona, podía
pensar que acaso, atentase á la suya.

--¿Qué me quedaría si te perdiera? me decía. Mi vida caería en ruinas.
Todo lo he abandonado por ti. Cuando te conocí era todavía una mujer del
gran mundo. Ahora ¿qué soy? una entretenida. Mi familia no quiere nada
conmigo y ni siquiera responde á mis cartas. Recibo mi modesta pensión
por medio de un banquero. He roto por ti con mi pasado y tengo derecho á
tu porvenir.

Vignot, el ilustre compositor, entusiasmado por su voz y por su estilo
quería ajustarla en la Ópera para interpretar el principal papel en su
nueva obra. Pero ella no aceptó, por cumplir la promesa hecha á su
familia de no cantar en público. Yo la incitaba á aceptar las
proposiciones de Vignot para ver si Lea se bastaba á si misma y se
aligeraba así el pesado fardo de mis deudas. Acaso también, en el
entusiasmo del éxito, se hubiera separado de mí para ponerse en
condiciones de admitir los ricos y brillantes adoradores que no hubieran
dejado de asediarla. Pero su indolencia y su voluntad estaban de acuerdo
para hacerla rehusar las contratas y seguía viviendo inactiva, en el
desorden y en el descuido. Recibía á sus compatriotas y á mis amigos,
algunos de los cuales le hicieron la corte, sin que esto me inspirase
cuidado alguno. Me hubieran hecho un servicio quitándomela y esto
bastaba para que ninguno lo lograse. Cristián era el único que nunca
había simpatizado con Lea y había hecho todo lo posible para hacerme
romper aquella unión, hasta el punto de regañar momentáneamente conmigo
y de un modo más definitivo con ella.

Sorege, por el contrario, no escaseaba los elogios sobre la bondad, los
encantos y la distinción de Lea. Si sus expansiones no se hubieran
realizado en mi presencia, hubiera yo podido sospechar que estaba
enamorado de Lea, de la que era fiel amigo y confidente. Mi hermana, con
la que quiso casarse, le rechazó, y Sorege iba muy poco á casa de mi
madre, á donde yo mismo no concurría con frecuencia. La hostilidad de
Juan contra Tragomer se traducía en continuas insinuaciones y hábiles
sarcasmos.

Era el tercer año de mi unión con Lea y la situación se había puesto más
grave que nunca. Una locura completa se había apoderado de mí y debía
conducirme á una catástrofe. Por lo general Lea no recibía en su casa
más que hombres, convencida, con razón, de que la sociedad de las
mujeres es inútil cuando no peligrosa.

--Si traigo una mujer á mi casa y es fea, mis amigos no encontrarán
placer alguno en su presencia, y si es bonita, arriesgaré el perder mi
amante.

Solamente cuando me creía unido á ella con lazos más fuertes, hizo una
excepción á esa regla y esta fué la causa de mi perdición. Lea había
conocido á una joven muy elegante, muy linda y una cantante agradable,
que le agradó por la gracia de su carácter y por una atracción
misteriosa y perversa de que no la hubiera creído capaz, pues poco
viciosa y muy amante del hombre, nunca Lea me había parecido dispuesta á
ciertas aberraciones. Su nueva amiga se encargó de modificar sus
costumbres, y mi amante, con el ardor que ponía en todo, llegó á estar
tan celosa de Juana Baud como hubiera podido estarlo de mí.

Hasta entonces ni Marenval ni Tragomer habían hecho un gesto ni
pronunciado una palabra y habían dejado hablar á Jacobo con la esperanza
de coger algún indicio útil ó algún dato nuevo. Pero cuando pronunció el
nombre de Juana Baud, los dos se dirigieron una mirada. La luz empezaba
á abrirse paso y la aparición de Juana Baud en la existencia de Jacobo y
de Lea daba una importancia decisiva al descubrimiento de Tragomer. El
lazo entre Jenny Hawkins y Jacobo aparecía ya, y aquel primer hilo de la
trama en que el desgraciado había sido envuelto, se dibujaba á los ojos
de los dos amigos.

--¿Qué hay en mi relato que os asombre particularmente? preguntó Jacobo.

--Ese nombre de Juana Baud que pronuncias por primera vez.

--Tenía serias razones para no hablar de esa joven. Las comprenderéis
cuando os cuente toda mi aventura.

--Un sencillo detalle antes de reanudar tu relación... ¿Cómo era esa
Juana Baud? ¿Alta ó baja, rubia ó morena, de ojos azules ú oscuros?
Haznos su retrato en lo posible.

--Cuando la conocí por primera vez en casa de Lea, era una encantadora
muchacha de veinticinco años, de alta estatura, piel muy blanca,
hombros, admirables, pelo negro y ojos grises. Formaba con Lea una
pareja encantadora, pues tenían la misma estatura, las mismas líneas
suntuosas y el mismo vigor. Solamente, Lea era tan rubia como Juana
morena. Creo que el efecto extraordinario que ambas producían contribuyó
por mucho á su mutua afición, pues estaban orgullosas de ese efecto y
trataban de producirle.

--Una pregunta todavía, dijo Tragomer. ¿Lea Peralli no se teñía el
cabello?

--Sí. El color rubio á lo Ticiano de su pelo no era natural. Yo no la he
conocido sino rubia, pero ella debía ser de color castaño oscuro... Se
hacía rizar el pelo, mientras que el de Juana Baud era rizado
naturalmente.

--Está bien, dijo Cristián. Puedes continuar.

Se volvió hacia Marenval y añadió con un gesto de satisfacción:

--Ahora sé ya á qué atenerme.

--Permanecí bastante tiempo, prosiguió Jacobo, sin sospechar las razones
secretas que aquellas dos mujeres tenían para no separarse. No se
mostraban en público, pero yo encontraba continuamente á Juana en casa
de Lea y cuando ésta salía sin mí, iba siempre á casa de su amiga. El
pretexto para su unión fué el deseo de Juana Baud de recibir de Lea
lecciones de dicción italiana, á fin de dejar la opereta y dedicarse á
la ópera seria. Para ello empezaron á trabajar formalmente.

No se separaron ya, y yo, distraído por mis ocupaciones, por mis apuros
y por mis placeres, no podía imaginar lo que tenía de apasionado la
ternura que se dedicaban las dos mujeres. Sorege fué el que me llamó la
atención sobre ese asunto. Con su prudencia habitual y por medio de
insinuaciones, despertó mis sospechas y me incitó á comprobarlas. Sorege
parecía indignado contra ellas, echaba pestes contra tales vicios, que á
mí me tenían sin cuidado, y al oirle se hubiera creído que era el amante
de una de ellas. Le vi exasperado hasta tal punto, que le pregunté si
estaba en relaciones con Juana Baud. Él, entonces, cambió de fisonomía,
se dominó y echó el asunto á broma. Lo que me decía, aseguró, era por
mí. ¿Qué le importaba á él semejante cosa? Es verdad que no podía ver á
las mujeres que tenían tales gustos, pero en aquel caso no veía sino á
mí, ni se preocupaba más que por el ridículo que yo pudiera alcanzar. Yo
estaba tan desmoralizado por mi mala vida, tan gangrenado de pensamiento
y de corazón, que el pensamiento de que Lea me era infiel en condiciones
tan inesperadas no me inspiraba repulsión ni cólera.

Pensé, no sin complacencia, en el cuadro encantador que debían ofrecer
aquellas dos hermosas criaturas y desde aquel momento se apoderó de mí
la curiosidad malsana de poseer á Juana. Las espié y pronto adquirí la
evidencia de sus tratos, pues descubrí sus costumbres y sus horas de
cita. En sus relaciones había extraños refinamientos de vicio, en los
que se descubría la imaginación ardiente de Lea.

Una vez, en una reunión, estuve á punto de sorprenderlas en el cuarto de
mi amada. Tenían un modo especial de darse citas, aun en mi presencia,
sin que pareciese que se hablaban. Lea, como por juego, cogía á Juana en
sus brazos y se ponían á bailar desenfrenadamente, hasta que faltas de
aliento, casi asfixiadas, caían en un sofá, donde permanecían juntas
como en una especie de letargo. Un día llegué á casa de Lea á eso de las
cuatro y la encontré con el sombrero puesto y con aire preocupado. Me
acercó la frente á los labios y me dijo distraídamente:

--Tengo que salir por una hora. Mi padre me envía un recado con un amigo
suyo y es preciso que vaya hoy mismo á verle al Gran Hotel, pues se
marcha mañana á Londres.

--Entonces me voy. Hasta la noche.

--No; quédate un momento. He dado asueto á los criados. Juana debe venir
en seguida y quiero que la recibas y le digas que me espere. Vamos á
comer juntas.

--Bueno...

En el momento se me ofreció imperiosamente la idea de apoderarme de la
amiga de Lea. La hora era propicia; la casa estaba vacía; todo se
arreglaba á medida de mi deseo.



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