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Text on one page: Few Medium Many
La hora era propicia; la casa estaba vacía; todo se
arreglaba á medida de mi deseo. Dejé marcharse á mi amada y esperé á
Juana, que llegó sonriente, vestida con un traje de seda gris y con un
sombrero de flores azules que daba á su cabello oscuro y á su cutis
pálido un brillo extraordinario. No pareció extrañar la ausencia de Lea,
se quitó el sombrero, tiró los guantes sobre la mesa y se sentó á mi
lado. Yo no sé verdaderamente lo que le dije; creo recordar que hablé de
su belleza. Juana apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerca de la
mía y recuerdo que mi boca, casi junta á su oreja, le tocaba el cuello
con la punta del bigote. Juana no se retiraba y yo la veía estremecerse
dulcemente. Su cara, de perfil, me mostraba unos labios entreabiertos
sobre admirables dientes y su persona emanaba un perfume de heliotropo
que se me subía á la cabeza. Al cabo de un instante pasé el brazo al
rededor de su talle, la atraje hacia mí y, sin ninguna resistencia,
aquella mujer fué mía.

Á partir de ese momento tomé la firme resolución de dejar á Lea. Juana
era una querida encantadora, mucho más mujer que la altiva italiana. Me
confesó que me amaba hacía mucho tiempo y que muchas veces había tenido
impulsos de decírmelo. Yo no hice ninguna alusión á sus extrañas
relaciones con Lea, pero, cosa asombrosa, me sentí más celoso de ella
que lo había estado de mi querida y me propuse estorbar sus encuentros,
nuevo Bartolo de aquellas singulares Rosinas. Pude, por otra parte,
convencerme por síntomas muy elocuentes, de que Juana rehusaba ya á Lea
ciertas intimidades, y la rabia, la amargura y la rudeza de ésta se
manifestaron con una increíble libertad. Si yo la hubiera ayudado un
poco, creo que Lea se hubiera quejado á mi del abandono de su amiga.

Mi amada tuvo entonces una recrudescencia de entusiasmo hacia mí y tuve
que consolarla de las traiciones de que yo mismo era cómplice. Pero mi
nuevo capricho era demasiado imperioso para que yo pudiera engañar por
mucho tiempo á Lea. Todos los días me separaba más de ella; hasta que
resolví jugar el todo por el todo para recobrar mi libertad. Para esto
me hacía falta una suma importante, á fin de liquidar con Lea y dejarla
con qué vivir por lo menos un año. No había que pensar en recurrir al
crédito, pues le tenía agotado hacía mucho tiempo. No me quedaba más
medio de salir del apuro que recurrir al juego y librar una batalla
decisiva.

Reuní todo el dinero que tenía disponible, vendí mis últimas alhajas y
algunos objetos de valor y me puse á tallar en el círculo durante dos
noches, en las que llegué á ganar ciento ochenta mil francos, lo
bastante para ponerme á flote durante algún tiempo. Pero no me dí por
satisfecho y resuelto á violentar la suerte, me puse á tallar la tercer
noche con todas mis ganancias delante de mí. Quería doblarlas para dar
una suma importante á Lea, pagar mis deudas y realizar el proyecto que
había formado de marcharme al extranjero. El momento que pasó entre la
satisfacción de verme con una suma que me permitía liquidar mi
situación, y la resolución que formé de jugar ese dinero para
duplicarle, fué el más importante de mi vida. Si en aquel minuto hubiera
tenido el valor de retroceder, estaba salvado. Mi unión con Lea hubiera
cesado por la fuerza misma da las cosas; no tenía más que decir una
palabra á Juana Baud para romper con ella. Hubiera vuelto á mi casa y la
vida de familia me hubiera regenerado.

¿Pero cómo había yo de tomar una resolución tan cuerda? Mis buenos
instintos parecían muertos y sólo sobrevivían en mí las malas
tendencias. Había olvidado á mi madre, que lloraba, y á mi hermana, que
me suplicaba. No tenía más ley que mi capricho y mis pasiones; era un
ser despreciable y cobarde. Vi á mi madre suplicarme de rodillas que no
la abandonase, que no deshonrase su vejez, y permanecí sordo á sus
súplicas, y me reí de su desesperación...

¡Cuántas veces en mis noches de horror, encadenado á mis compañeros de
miseria, he recordado aquellas repugnantes escenas, en las que tenía el
valor de oponer á las lágrimas de mi madre un cinismo burlón y feroz!
¡Cuánto he deplorado aquella ceguera que me entregaba á los consejos
pérfidos de mis aduladores y de mis parásitos y me impedía ver la
actitud suplicante de dos ángeles que querían salvarme!... Pero yo
estaba destinado á la desgracia y, debo confesarlo, muy justamente.

La tercera noche, como si la suerte hubiera querido hacerme pagar sus
favores desperdiciados, perdí todo lo que tenía, más cincuenta mil
francos que el mozo de la sala de juego me prestó bajo mi firma. Aquel
día llegué á casa de Lea aniquilado, embrutecido, y mi querida vió
fácilmente que me ocurría alguna desgracia que yo juzgaba irreparable.
En efecto, todo cuanto tenía estaba en manos de los usureros. Mi madre
había ya pagado por mí sumas importantes. Mis amigos, cansados de
prestarme dinero que nunca les devolvía, empezaban á huir de mí. Había
llegado á un momento en que no tenía más que dos partidos que tomar:
matarme ó marcharme al extranjero.

No me resultaba el primer medio y en cambio el segundo se adaptaba muy
bien á mis proyectos. Pero necesitaba, por el honor de mi nombre, pagar
mi deuda de juego, cincuenta mil francos que era urgente encontrar...
Aquí, amigos míos, el rubor me asoma á la cara, tan deshonroso es lo que
tengo que contaros... Lea me ofreció sus alhajas para empeñarlas. Si
hubiera rehusado, si hubiera ido una vez más á los pies de mi madre,
estoy seguro de que se hubiera aún sacrificado para sacarme del mal
paso; pero hubiera tenido que hacer promesas, arreglarme, dejar mi vida
infame y entrar en la tranquilidad de la vida de familia. No quise
hacerlo. La muerte ó la fuga, pero no la honradez.

Acepté el ofrecimiento de Lea y me llevé sus perlas, sus zafiros, sus
brillantes, con la decidida intención, oidlo bien, de no volver á
presentarme delante de ella. En el Monte de Piedad obtuve ochenta mil
francos. Envié la papeleta á Lea para que pudiera desempeñar sus joyas
con el dinero que yo pensaba enviarle, y fuí á pagar mi deuda. Vi en su
casa á Juana Baud que estaba preparada para acompañarme á Londres, y
obtuve de ella que fuese á reunirse conmigo el día siguiente en el
Havre. Y en seguida me fuí á almorzar con Sorege, el único de mis amigos
á quien podía confiar mis desdichas y mi viaje.

Su sorpresa pareció muy grande al saber que había yo llegado á tales
extremos. Me afeó el préstamo aceptado de Lea y puso cuanto tenía á mi
disposición, pero no era bastante para sacarme del apuro. Se ofreció
amistosamente á servirme de intermediario para anunciar á Lea mi viaje y
me hizo observar que acaso fuese peligroso enterarla del país á que me
dirigía. Me acompañó á mi casa, me ayudó á terminar mis preparativos y
me acompañó á la estación. Allí me abrazó afectuosamente y me pidió que
le escribiera si tenía necesidad de algo. El tren partió y no volví á
ver á Sorege hasta la audiencia, donde declaró con una mesura y una
habilidad que me fueron muy favorables.

No ignoráis cómo fuí preso y llevado á París ni cómo terminó esta
trágica aventura. Sabéis ahora todo lo que pasó, lo que oculté al juez
de instrucción, á mi abogado y hasta á mi madre. No quise comprometer en
las peripecias de éste proceso á la pobre Juana Baud, que no había
cometido más falta que la de amarme. Con un dulce agradecimiento de mi
corazón, la aparté de aquel drama de lodo y de sangre. Juana debió
marchar á Inglaterra, donde tenía un ajuste para el teatro de la
Alhambra. No sé qué habrá sido de ella, pero deseo que haya sido más
feliz que yo. No es justo que todo el que ha intervenido en mi lúgubre
destino, haya sido inexorablemente herido por la desgracia.

Jacobo se calló cuando la tarde declinaba. El día se había pasado entero
en el desarrollo de aquel terrible relato. Hacía mucho tiempo que
Tragomer y Marenval no fumaban, suspendidos por el interés ardiente de
aquel drama al que estaban mezclados tan de cerca y cuyos resortes
secretos sabían mejor que el mismo protagonista. Se produjo un largo
silencio durante el cual Jacobo se repuso de la emoción que le había
producido el recuerdo de las peripecias de su historia. Tragomer fué el
primero que tomó la palabra y dijo con su habitual sangre fría:

--Mi querido Jacobo, tu sincera confesión tiene el mérito de no dejar
duda alguna en nuestro espíritu. Adivino en la satisfacción de Marenval
que la verdad le salta á los ojos como á mí.

--Perfectamente, apoyó Cipriano. Es claro como la luz del día.

--Pero, continuó Cristián, es necesario, por mucho que lo deplore,
hacerte saber qué ha sido de Juana Baud. La pobre muchacha no ha tenido
el destino dichoso que tú le deseas, porque en el momento en que te
prendían, estaba muerta.

--¡Muerta! exclamó Jacobo. ¿Cómo?

--Mi querido amigo, es la evidencia. Puesto que Lea Peralli está viva y
anda por esos mundos con el nombre de Jenny Hawkins, después de haberse
hecho llamar durante algún tiempo Juana Baud, es que ésta estaba muerta.
La mujer de la calle Marbeuf, tu pretendida víctima no era otra que
Juana Baud.

--¡Pero es imposible! dijo Jacobo.

--Es cierto, contestó Cristián. La identidad de la víctima debía ser
establecida por su presencia en casa de Lea. ¿Quién si no Lea podía ser
asesinada en la calle de Marbeuf? ¿Quién podía llevar sus vestidos, su
ropa interior, sus alhajas? ¡Oh! las precauciones para engañar todas las
miradas fueron adoptadas admirablemente... La mujer fué desfigurada por
las balas del revólver, pero ¿quién había de dudar que era Lea Peralli?
Juana Baud, tú lo has dicho, tenía la misma estatura, la misma amplitud
de líneas. ¿Quién podía imaginar una sustitución? Tú mismo no dudaste.
Te enseñaron la mujer muerta y la reconociste sin vacilar. Y, sin
embargo, Lea está viva y Juana ha desaparecido.

--Pero, dijo Jacobo, la muerta era rubia y Juana Baud tenía el pelo
castaño oscuro...

--¡Necio! exclamó Cristián; ¿no te he preguntado si Lea se teñía el
cabello?

Freneuse hizo un gesto de horror y sus ojos se hundieron bajo las
fruncidas cejas.

--¡Ah! dijo Tragomer. ¡Empiezas á comprender! ¡Ves la atroz y fúnebre
operación que se hizo sufrir á la desgraciada víctima!



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