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Text on one page: Few Medium Many
Los que han
fraguado esta intriga sangrienta tenían una admirable sangre fría.
Vistieron á la muerta, la adornaron y la tiñeron el cabello antes de
desfigurarle la cabeza á balazos. Querían, seguramente, perderte, pero
no querían menos salvarse. Cesa de dudar la evidencia. Todo es seguro
ya. ¿No fueron á retirar las alhajas del Monte de Piedad el mismo día
del crimen? Tú no pudiste hacerlo puesto que no tenías la suma necesaria
y habías enviado á Lea la papeleta. Te han acusado de haberlas vendido
porque había que dar una explicación al desempeño y porque la justicia
quiere comprenderlo todo. Pero lo cierto es que Lea recuperó sus alhajas
antes de partir. Todo estaba arreglado de este modo para hacer de ti un
ladrón y un asesino. En vano te has defendido; en vano has enseñado los
treinta mil francos que te quedaban del empeño después de pagar la deuda
de juego; en vano has hecho presente que puesto que habías partido, no
podías haber desempeñado las alhajas. Te han respondido con la
afirmación de que habías vendido la papeleta y tu pérdida se ha
consumado. Todo se encadenaba entonces en el crimen. Mataste á Lea para
apoderarte de la papeleta. El robo y el asesinato aparecían lógicos y
era todo lo que hacía falta para la garantía de la sociedad y el triunfo
de la justicia...

Jacobo, con la frente inclinada, no escuchaba ya; soñaba. Tragomer le
había convencido y los resortes secretos del asunto se le aparecían ya
claramente. Pero habían sido tan hábilmente dispuestos que conociéndolos
ahora, viéndolos, por decirlo así, funcionar, se preguntaba cómo hubiera
podido escapar de ellos y si lograría aún coger á los culpables. Á este
pensamiento levantó repentinamente la cabeza y rojo de cólera y con la
mirada chispeante, preguntó:

--Pero, en fin, ¿quién ha cometido esa acción espantosa? Tú, Tragomer,
que conoces tan bien todas las circunstancias del crimen, ¿conoces á los
criminales?

--Aquí, amigo mío, entramos en el terreno de las hipótesis. Lo que
resultó cierto para Marenval y para mí después de nuestras primeras
averiguaciones, fué tu inocencia. Los medios de establecerla eran menos
seguros. Teníamos que habérnoslas con personas tan hábiles, que hubiera
bastado ponerlas en guardia para hacer imposible toda investigación. Lea
Peralli, advertida por Sorege, hubiera desaparecido y échate á correr
por el mundo tras ella... En suma, hasta ahora no hay sino apariencias
de culpa, pero terribles, contra Lea y contra Sorege. ¿Pero á qué
motivos han obedecido? Por muy poderosas que sean las presunciones
morales que pueden deducirse de tu relato y de las relaciones que
existían entre Juana Baud y tú, no pasan de ser presunciones.
Necesitamos pruebas formales y vamos á buscarlas contigo. Por eso era
preciso librarte. Si hubiéramos esperado el triunfo de tu inocencia,
nuestra vida y la tuya se hubieran agotado en investigaciones acaso
infructuosas. Hemos, pues, preferido empezar por el desenlace y abrirte
las puertas de tu prisión. Ahora estás libre para obrar. La primera
parte del drama se termina y va á empezar la segunda.

Jacobo permanecía meditabundo ante el pavoroso problema que se planteaba
y Marenval tomó la palabra:

--Observe usted, querido, que lo verdaderamente raro en este asunto es
que hay en él un verdadero desafío al buen sentido. Tan imposible parece
desenredarlo, que antes de partir consultamos á un magistrado de los más
eminentes, Pedro Vesín, pues que puedo nombrarle, y su asombro fué igual
á su curiosidad, pero no puso en duda ni un instante que nos esperaba un
fracaso. Es la lucha, nos dijo, del puchero de barro con el de hierro.
¿Qué hacer contra ese poder formidable que se llama la justicia? Está
blindado por sus códigos, atrincherado en sus estrados y defendido por
todos sus auxiliares jurídicos, y es invulnerable por la necesidad
social que impone la infalibilidad de sus sentencias. ¿Y vamos á
emprenderla contra esa Bastilla más impenetrable que la primera, pues
contiene el _palladium_ del orden y abriga la soberana majestad de la
razón de Estado? Pues bien, sí; vamos á intentar la aventura. ¡Es
extravagante! ¡Es incomprensible! Tragomer y yo hemos arriesgado ya el
presidio por arrancar á usted de él y por combatir á la fuerza pública,
conduciéndonos como piratas... Pues no nos importa. Hemos tomado
nuestro partido y nunca el proverbio de que el fin justifica los medios
puede tener mejor aplicación que en este caso. Queremos llegar á nuestro
fin á toda costa y cuando hayamos probado que era usted una víctima y no
un culpable y que se le tenía encerrado á consecuencia de un monstruoso
error judicial, veremos si en el país de la audacia y de la generosidad
hay gendarmes para detenernos y jueces para castigarnos. Yo no tengo
ningún remordimiento, ninguna inquietud, ninguna vacilación. ¡Y este
viaje me encanta!

El ingenuo buen humor de Cipriano normalizó los crispados semblantes. El
contraste entre la gravedad de los actos realizados y la placidez del
que los llevaba á cabo daba á su declaración un picante sabor. Con
indiferencia sublime, pisoteaba las leyes y desafiaba á los poderes
públicos como un héroe ó como un bandido. Y bien sabe Dios que Marenval,
con su cara de beatitud, sus mejillas rosadas encuadradas de patillas
grises y sus ojos bonachones húmedos de alegría, no tenía el menor
aspecto de bandido ni de héroe, sino de un ricacho viajando para
divertirse. En efecto, aquellos tres hombres sentados en sus
_rocking-chairs_ bajo la ondulante toldilla, acariciados por el fresco
de la tarde, mecidos por las olas y alumbrados por los rayos oblicuos
del sol poniente, en aquel lindo yate que volaba hacia las colonias
holandesas, más parecían gozar de las delicias de la vida que buscar el
secreto de la muerte.

--Ya que os he contado, dijo Jacobo, lo que no conocíais de mi aventura,
decidme lo que yo ignoro de vuestras pesquisas. Tragomer no me explicó
nada preciso cuando vino á buscarme á la isla Nou. Deseo saber en qué
condiciones se va á presentar la lucha con nuestros adversarios, qué
hace Sorege y dónde está Lea.

--Puedes comprender, querido, dijo Cristián que cuando te vi en la isla,
tenía algo más que hacer que contarte historias. Era preciso ante todo
sacarte de allí y tú no parecías muy decidido á seguirme. Ahora que
tenemos dos meses por delante para discutir y combinar, podremos
utilizar el tiempo. Lo que importa que sepas desde ahora es que Jenny
Hawkins irá á Europa en primavera y cantará en Londres por primera vez
desde que cambió de nombre. Se cree bastante segura de su transformación
para afrontar las miradas de los que la conocieron en otro tiempo. Y es
lo cierto que habiendo dudado yo cuando la vi con su cabello oscuro, los
que la han frecuentado poco no podrán conocerla ó descubrirán, cuando
más, un parecido que nada tiene de extraordinario. Sorege ha arreglado
muy hábilmente sus asuntos para ir á pasar la temporada en la isla de
Wight y en Londres con su suegro y su prometida. El bueno de Harvey no
sospecha que él mismo va á conducir á Sorege ante Jenny Hawkins. Vamos,
pues, á caer como una bomba en medio de las combinaciones de tus
enemigos que no han podido concertarse y que tendrán que defenderse en
un terreno difícil y molestados por toda especie de estorbos sociales;
lo que vendrá muy bien para hacer igual la partida y darnos
probabilidades de triunfo.

--¿Luego se casa Sorege? dijo Jacobo pensativo... Y con una americana...
rica, sin duda...

--Enormemente rica. Su padre es el rey de la ganadería. Una especie de
pastor archimillonario; un Labán del que Sorege quiere ser el Jacobo. Ha
estado ya con él á inspeccionar sus rebaños en el Far-West, el año
pasado. En ese viaje descubrí su complicidad con Lea.

--¿Y cómo es su prometida?

--¡Ah! ¿Eso te interesa? Ya la verás. Es una americanita impetuosa y
fantástica, que no será fácil de conducir. No doy diez céntimos por
Sorege como ella sepa sus villanías...

--¿Piensas que ni Lea ni Sorege sospechan la posibilidad de mi
aparición?

--¿Cómo han de sospecharla? Te creen tan definitivamente enterrado como
á la mujer asesinada. No puedo dudar que Sorege tuvo cierta inquietud al
verme hacer averiguaciones sobre la existencia de Lea y sobre sus
relaciones con ella. Su actitud, sus palabras, todo me prueba que
adivinó que yo poseía parte del secreto. Pero entre esa parte y el todo
hay tal distancia, que tiene la convicción de que nunca llegaré á
descifrar el enigma. Y no se equivoca después de todo, pues aun después
de nuestra audaz tentativa estamos á merced de los sucesos y de los
individuos y va á ser preciso que tú mismo aparezcas para confundirle y
desenmascarar á su cómplice.

--Lo lograré, estoy seguro, dijo Jacobo con firmeza. No habréis hecho
por mí inútilmente lo que habéis hecho. Estoy comprometido en la misma
empresa que vosotros y la proseguiré hasta el último límite. Si Sorege,
como tú afirmas y yo empiezo á creer, ha desempeñado un papel abominable
en mi terrible aventura, te respondo que será castigado como merece.

Se pasó la mano por la cara, súbitamente ensombrecida, y continuó:

--En cuanto á Lea, no sé á qué móviles habrá obedecido al procurar mi
pérdida de un modo tan cruel... He cometido faltas para con ella, pero
por culpable que haya sido, su venganza ha traspasado todos los
límites... Si me hubiese arrancado la vida, todavía sería excusable,
pero anonadarme bajo tal infamia, deshonrar á los míos y condenarnos á
todos á un dolor cuyo único fin debía ser la muerte, indica un alma tan
horrible, que me considero libre de obrar respecto de ella sin
consideración alguna. No creo extralimitarme de mi derecho defendiéndome
como he sido atacado; sin piedad. Podeís, pues, amigos míos, contar
conmigo, como yo cuento con vosotros. Para vuestra justificación, para
que yo me rehabilite, es preciso que logremos nuestros fines. En la
lucha que comienza sólo puedo perder la vida, que no vale gran cosa,
pero aun así la estimo en tanto como la de Sorege. Ahora, como decíais
muy bien hace un instante, tenemos delante de nosotros dos meses para
reflexionar. No hablemos ya de nada; dejadme volver á entrar en la vida
libre en medio de vosotros.



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