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No hablemos ya de nada; dejadme volver á entrar en la vida
libre en medio de vosotros. Tengo necesidad de reponerme física y
moralmente, para estar á la altura de lo que podéis esperar de mí.

El puente estaba oscuro. La noche de los trópicos, se había apoderado
bruscamente del mar y la estela del navío aparecía iluminada por
misteriosas fosforescencias. La oscuridad confundía vagamente las formas
de los tres amigos.

--Estamos á 15 de febrero, dijo Marenval. En este momento hace en París,
probablemente, un frío del diablo y sus calles están enfangadas de
escurridiza nieve. Aquí, en cambio, gozamos de una temperatura de
verano... Cuando lleguemos al Mediterráneo el mes de Abril habrá traído
el sol. Nos pasearemos por la costa durante algunos días para hacer
notar nuestra presencia, y pasando por Gibraltar, nos dirigiremos á
Inglaterra... Entonces empezará la batalla. Hasta ese momento vivamos
alegremente. El tiempo está hermoso, la mar bella. En la primera escala
enviaremos un telegrama á mi criado para que lo transmita á la señora de
Freneuse. Una vez que esa señora esté tranquila sobre la suerte de su
hijo, todo irá bien.

--Los señores pueden bajar á comer cuando gusten, dijo el camarero
apareciendo en la puerta de la cámara.

--¡Á la mesa!

Cada uno de ellos cogió á Jacobo por un brazo y los tres se dirigieron
al comedor.




TERCERA PARTE




IX


Jenny Hawkins volvía á su casa, á las diez de la mañana, cargada de
flores que acababa de comprar en el mercado de _Covent-Garden_, y su
doncella le dijo al abrir la puerta:

--Un caballero espera en el salón á la señora.

--¿Quién es?

--Aquí tiene la señora su tarjeta.

Juana Hawkins cogió el cuadrado de cartulina y leyó: El conde Juan de
Sorege. Jenny no se tomó tiempo para quitarse el sombrero y el abrigo.
Dió el brazado de flores á la doncella, abrió la puerta del salón y
entró. Sentado cerca de la ventana, en aquella pieza amueblada de un
modo macizo y sin gracia, á la inglesa, Sorege se entretenía en mirar la
calle. Se volvió vivamente y al ver á la joven venir hacía él fresca,
sonriente y animada por su paseo matinal, dijo:

--El triunfo de anoche no ha fatigado á usted, según veo, pues se ha
levantado tan temprano...

Sorege le ofreció la mano, pero Jenny pareció no ver su movimiento y se
acercó á un espejo donde se quitó el sombrero y se arregló el cabello
mientras hablaba:

--¿Estaba usted en el teatro? La ópera fué muy bien... Novelli fué muy
aplaudido... y yo no poco.

La cantante se sentó cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la
chimenea.

--Sí, estaba en el teatro y no era solo á devorar á usted con los ojos;
había otras personas que se interesaban igualmente por usted...

--¿Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en
tono irónico y con una viva mirada.

--Sí, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que más admiraban
á usted, dijo Sorege, aunque no fuera más que á título de compatriotas.
Pero no me refería precisamente á ellos, sino á dos antiguos conocidos;
Cristián de Tragomer y Marenval.

Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus párpados, al
cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y
su boca se crispó.

--¿Acaban de llegar? preguntó.

--Llegaron ayer mañana. Venía á advertir á usted para que no se
sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.

Jenny hizo un gesto de cansancio.

--Creía poder contar con más seguridad. ¡Siempre este cúmulo de
inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.

--De usted depende, en efecto, asegurar su porvenir contra toda
investigación importuna, dijo con placidez Sorege. No tiene usted más
que representar su papel y hacer aquí lo que hizo en San Francisco, para
evitar todo peligro. Nada tiene usted que temer de Tragomer aquí, donde
es usted conocida de todos sus compañeros, de su director, del público y
de los americanos que la aplauden hace dos años. Todos afirmarían, si
fuera preciso, que es usted Jenny Hawkins. No hay más que un ser en el
mundo que no se dejaría engañar por su metamorfosis y cuya presencia no
podría usted afrontar sin peligro. Pero, ése no vendrá. Le hemos metido
vivo en una tumba tan segura como la que tendría estando muerto. Puede
usted, pues, vivir tranquila. Será preciso solamente que tenga usted la
energía que sabe demostrar cuando hace falta. Es usted, Lea, una
verdadera mujer, capaz de todas las generosidades y de todas las
infamias. Yo la adiviné y por eso la amo.

--No, Juan; si usted me amó fué porque yo amaba á Jacobo y usted le
odiaba, dijo la cantante con tristeza. Yo también conozco á usted y sé
que tiene un alma atroz. ¡Oh! Es usted hábil y sabe ocultar sus
verdaderos sentimientos. Yo he estado engañada durante mucho tiempo
creyendo en su adhesión y en su ternura, pero he acabado por ver claro
en su espíritu, á pesar de su doblez, y he encontrado en él la perfidia,
la envidia, la crueldad. Jacobo fué ciertamente muy indigno, muy
traidor, muy cobarde. ¿Pero qué decir de usted que aprovechó su
indignidad, su traición y su cobardía para arrastrarle á la perdición?
¡Quién sabe si no abusó usted de mi credulidad y no era el desgraciado
tan culpable como usted quiso probarme! Ahora, Sorege, desconfío de
usted, porque sé de lo que es capaz.

Los ojos de Sorege, ocultos según costumbre, se dirigieron claros y
penetrantes á Jenny, y la expresión de astuta dulzura que ofrecía su
cara desapareció de repente. El conde se irguió decidido y amenazador:

--¿Qué es eso? dijo con voz áspera. ¿Tenemos dudas? ¡Dios me perdone!
¿Acaso remordimientos? ¿Está usted loca? ¿Olvida usted en qué
condiciones intervine para sacarla del atolladero cuando la enloquecía
el terror? ¿Es que va usted á ser ingrata, querida? Eso sería una
debilidad y una gran imprudencia. No podemos evitar ciertos
inconvenientes--porque se trata de inconvenientes, no de peligros--más
que permaneciendo fuertemente unidos. Yo no la abandonaré, siempre que
usted misma no se haga traición. ¡Qué diablo! Yo creí que tenía usted
más estómago. ¿Es usted capaz de perder pie, como una francesa, en vez
de tenerse firme, como verdadera italiana? Las de aquel país saben odiar
y vengarse; tienen sangre en las venas. ¿Tan pronto ha olvidado usted lo
que hicieron Jacobo y la otra?

--¡No! no lo he olvidado. Si la memoria de mis sufrimientos no me
hubiera sostenido, no hubiera podido vivir... Y, sin embargo, he pasado
noches terribles teniendo ante los ojos el espantoso cuadro de aquella
mujer muerta...

Jenny dijo estas palabras en voz baja y, sin embargo, Sorege dirigió al
rededor una rápida mirada como para asegurarse de que nadie había podido
oir.

Con paso de gato fué á la puerta, la abrió silenciosamente, miró á la
pieza contigua para ver si estaba vacía y volvió con el mismo paso
felino hacia la joven.

--Se trata de no decir ni hacer tonterías, dijo con dulzura. Vamos á
ver, Lea, no tienes para qué atormentarte. Yo estoy aquí para defenderte
si hace falta. Si Tragomer te molesta yo me encargo de hacerle entrar en
razón. Ven aquí, no pienses más que en tus triunfos y ponme buena cara,
¡qué diablo! No nos vemos tan á menudo y bien sabes cuánto te amo...

Sorege cogió la mano de Jenny y besó sensualmente su puño delicado y su
fresco brazo. La joven le rechazó con dureza.

--¡Oh! Nada de hipocresías... ¿Olvida usted que va á casarse dentro de
unas semanas?

Sorege se echó á reir.

--¿Y qué prueba eso? ¿Vas á pretender que no te amo porque me caso con
esa mina de dollars que se llama miss Harvey? No hago sino un negocio,
hija mía; no puedes ignorarlo. Cuando me haya casado y sea muy rico,
olvidarás fácilmente el matrimonio para participar de la riqueza.

Jenny Hawkins permaneció un momento silenciosa y después dijo en tono
grave y resuelto:

--Escuche usted, Sorege. Ha llegado el momento de que nos expliquemos
francamente. Nos conocemos demasiado para tratar de engañarnos sin
ninguna utilidad. Usted me ha amado, es cierto, pero ¡qué amor tan
triste y tan vergonzoso! Yo he sucumbido á su voluntad y me he entregado
porque me tenía usted en un peligro de muerte. Ha sido usted feroz
conmigo. ¿Recuerda usted la primera noche que pasé en Boulogne cuando
huía á Inglaterra con el nombre de Juana Baud? Usted me amenazó, me
aterrorizó, y si alguna vez un hombre abusó de una mujer, ese hombre fué
usted, aquella noche... Me forzó usted gritándome: "Ó mía ó en la
cárcel". Si no hubiera cedido, hubiera usted sido capaz de ir á
denunciarme antes de que pudiera tomar el vapor. ¿No es verdad? Me
entregué rechinando los dientes de furor, con la cara inundada de
lágrimas de angustia y sublevada de asco y de odio, mientras que usted,
monstruo, parecía encantado por mis estremecimientos de espanto y de
cólera... Cuanto más le rechazaba, más enloquecido estaba usted por la
pasión. No parecía sino que era mi resistencia lo que usted apetecía y
que gozaba más de su victoria que de su amor.

Sorege respondió impasible, con los ojos medio cerrados y sonriendo
fríamente:

--Hay algo de verdad en lo que dices, pero exageras. Yo no soy un amante
vulgar, pero no soy un sádico ¡qué diablo! No me es indispensable oir
salir gritos de dolor de una bonita boca para gozar besándola. Me
permito solamente hacerte observar, querida Lea, que tu razonamiento
carece de sutilidad, pues me manifiestas tu intención de rehusarme toda
bondad al mismo tiempo que me demuestras que has comprendido la energía
diabólica de que soy capaz. Vamos, chiquita mía, coordina tus ideas. Si
yo soy un mozo tan terrible como acabas de decir, haces mal en
provocarme, pues debes estar segura de antemano de que te obligaré ó te
aniquilaré...

Ambos se miraron esta vez descaradamente como dos adversarios que miden
sus fuerzas. Pero Lea bajó los ojos la primera y, bien por cálculo, bien
por verdadera sumisión, respondió:

--No me amenace usted. Esto es, bien lo sabe, lo que soporto menos
fácilmente. Lo que me ha animado contra usted ha sido su brutalidad
primera. No desconozco los servicios que usted me ha prestado, pero
¿para qué recordármelos tan duramente?



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