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Text on one page: Few Medium Many
Si se propusiera incitarme á la
resistencia no obraría de otro modo, á no ser que su ferocidad le haga
acariciar como los tigres, con las uñas...

Lea sonreía, pero la risa temblaba en sus labios, y si Sorege hubiera
levantado los párpados no le hubiera gustado la sonrisa de aquella
mujer. Pero acaso la veía, pues tenía el tal extrañas facultades.

--Muy bien, amiga mía, dijo; veo que te vas calmando y haces bien. He
venido ahora para hablarte de los encuentros á que estás expuesta. Esta
noche vendré sin objeto aparente. Esta _Tavistock-Street_ es un sitio
muy bien escogido porque es céntrico y aislado. Reconozco en esto tu
tacto habitual...

Se levantó y tomó el sombrero como un visitante próximo á marcharse.
Pero en él el último momento era siempre el más importante y la última
frase la de más valor.

--¡Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita... Master
Julio Harvey da una comida pasado mañana y quiere conseguir que cantes
en su casa.

Jenny Hawkins palideció y dijo con voz temblorosa:

--¿Quién encontraré allí? ¿Qué nueva emboscada me prepara usted? ¿Qué
atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondió tranquilamente:

--La última prueba. Después serás dueña de tu destino y no tendrás nada
que temer. Hasta podrás prescindir de mi si eso te agrada. Así habrás
probado á Tragomer y á Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca serás
para ellos sino Jenny Hawkins. ¿No vale la pena de arriesgar el golpe?
Sé firme y yo te probaré que soy el hombre que te he dejado suponer.
¿Vendrás? Tengo que dar una respuesta á mi suegro y sobre todo á mi
futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo á la francesa,
pretende que eres asombrosa... Asómbrala más de lo que espera, querida
amiga, y harás acto de justicia.

Sorege reía y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le
inspiró confianza.

--Está bien, dijo. Iré.

--Perfectamente. Voy de paso á encargar el brazalete que master Harvey
te va á ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite
gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny
Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo á sí la cantante, le dió un beso fraternal en la frente y salió
silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareció, Lea se dejó
caer desesperada en una butaca.

--¡Qué suplicio! He pagado bien cara mi salvación al precio de esta
esclavitud...

Apoyó la cara en la mano y se puso á reflexionar dolorosamente. Cuando
la doncella fué á anunciar que el almuerzo estaba dispuesto, la encontró
en el mismo sitio, con la mirada fija y la boca contraída, repasando en
la memoria sus tristes recuerdos.

Á la misma hora dos señoras enlutadas y envueltas en largos velos
bajaron de un coche y, no sin inquietud, echaron en derredor una mirada.
Una actividad ruidosa reinaba en el muelle del Támesis, lleno de
trabajadores ocupados en descargar los _steamers_ alineados á lo largo
del puerto. El río arrastraba sus olas amarillentas entre las carenas
negras de los navíos y por el puente de Londres rodaban en incesante
desfile los coches y los ómnibus. En lo alto de la ribera se levantaba
la Torre alta y misteriosa y la entrada de los _docks_ De Santa Catalina
mostraba su amontonamiento de mercancías.

Amarrado cerca del muelle un yate, enano rodeado de gigantes, elevaba su
pabellón tricolor entre las banderas azules de Inglaterra. La de más
edad de las dos damas mostró á la otra el yate:

--Ahí está _Magic_, dijo; descendamos al muelle.

Por una escalera de piedra bajaron hasta la orilla y pasando entre los
obreros, los corredores, los marineros y los mendigos, se dirigieron
hacia el tablón que unía el yate con el muelle. Al aproximarse, un joven
alto y moreno apareció en la borda y salió á su encuentro.

--Aquí está el señor de Tragomer dijo la más joven levantándose el velo
como con prisa de ver mejor.

María de Freneuse apareció entonces y sosteniendo á su madre, que
temblaba de emoción, le ayudó á subir los escalones que conducían al
puente.

--Bien venidas, señoras, dijo Cristián descubriéndose. Se espera aquí
con febril impaciencia su llegada...

María levantó los ojos hacia Cristián, como para asegurarse de que esas
palabras no significaban más de lo que decían, y vió la hermosa cara del
joven ennegrecida por el viento del mar y por el sol de los trópicos y
con una expresión radiante de triunfo.

--¿Está ahí? preguntó la joven.

--En el salón.

María le ofreció la mano al llegar á la escalera, no se sabe si para que
se la besara ó para apoyarse al bajar, pero ello fué que Cristián sintió
por primera vez la alegría de que se le entregase aquella mano que
durante dos años le había rechazado tan duramente.

--Venga usted, madre mía, dijo la joven precediendo á la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abrió una puerta, se oyó un
grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocían cuando era
dichoso, bello, joven y sonriente, apareció Jacobo tendiéndolas los
brazos. La señora de Freneuse, pálida como una muerta, permaneció un
instante inmóvil, devorando con los ojos á aquel hijo á quien creyó no
volver á ver; estalló después en sollozos y ocultó el rostro con las
manos como si temiera que se disipase aquella visión deliciosa. Se
sintió transportada más bien que conducida á un sillón y cuando abrió
los ojos encontró á su hijo de rodillas que la miraba llorando.

--¡Oh! querido hijo ¿eres tú? balbució la pobre mujer. ¿Es posible que
seas tú? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

--Sí, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos
lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no sólo han salvado mi vida,
sino el honor de nuestro nombre.

--¿Cómo pagarles jamás?

--¡Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige á
corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero
tranquilícese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cómodamente,
al menos en lo que se refiere á uno de mis salvadores...

María se ruborizó á estas palabras de su hermano, pero no apartó los
ojos de Tragomer y dibujó en sus labios una sonrisa. Volvió en seguida á
Jacobo á quién no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval,
apoyado en la pared de la cámara presenciaba esta escena conmovedora sin
tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando hacía dos meses
el momento de poner á Jacobo en los brazos de su madre y se prometía
goces deliciosos. Con frecuencia decía á Tragomer: "¡Será una escena
extraordinaria!" Después tuvo que confesar que él, Marenval, un perro
viejo de la vida parisiense, gastado y escéptico, se había emocionado
más de lo que esperaba y había llorado como un majadero. Se inclinó al
oído de Marenval y le dijo:

--Dejémoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los
ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egoísta alegría, advirtiesen
siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la
ternura de que habían estado privadas dos años.

--¿Estás seguro, querido hijo, de que no corres aquí ningún peligro?

--No, á condición de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi
presencia podrían denunciarme. Pero esta situación no se prolongará.
Dentro de unos días no tendremos que tomar precauciones para vernos.

--¡Qué delgado estás y qué pálido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses... Ahora tengo pelo y
bigote al menos... Si me hubierais visto cuando me escapé, os hubiera
dado lástima...

--¡Tanto habrás sufrido!

--Sí, madre mía, pero he sufrido útilmente. Encerrado en aquella tumba
con la certidumbre de no salir jamás de ella, he reflexionado, he
examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. Así he llegado á
pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las
faltas que había cometido. Un último favor del destino colocó á mi lado
un sacerdote excelente, el capellán del presidio, que se interesó por mi
desgracia al verme tan diferente de mis compañeros de expiación. Se
dedicó á conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirtió en
dulce y resignado. Despertó en mi alma las creencias de la infancia y me
mostró el cielo como supremo recurso y la oración como único consuelo.
Si durante aquellos largos días, dedicados á un trabajo grosero y
repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no
hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espíritu, me hubiera
vuelto loco ó me hubiera matado. Había tomado esa resolución al llegar,
después de pasar sesenta y cinco días encerrado en una jaula con la
escoria del género humano, sin oir más que palabras infames, cantos
obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un cañón
cargado de metralla. La existencia me pareció imposible de soportar y
me propuse escapar de ella dándome muerte.

--¡Desgraciado niño! gimió la señora de Freneuse poniendo sus
temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo... ¡Un suicidio!...

--¡Oh! no, madre mía; hubiera sido inútil. Desde el primer día mis
compañeros me tomaron odio. Me llamaban aristócrata y niño mimado. Hay
una jerarquía hasta entre esa gente abyecta, y los más infames son los
más respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espía
y un día en que el vigilante se ausentó por unos instantes del campo en
que trabajábamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre mí. Su
plan era muy sencillo. Estábamos arrastrando por el camino un enorme
rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella
pesada masa y pasarla por encima de mí. De este modo se trataba de un
simple accidente; me había faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser
detenido repentinamente, me había aplastado...

--¡Qué monstruos!

--Sí, madre mía. Así lo pensaba yo al verme cogido y sujeto en tierra y
al oírles animarse con risas espantosas á tirar del rodillo para
triturarme... No tenía más que dejarlos hacer y, según mis deseos,
estaba libre de la vida... Pero no sé qué instinto de conservación me
sublevó contra el acto feroz de aquellos hombres y en un instante, en
lugar de sufrir mi último suplicio, me defendí energéticamente.



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