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Text on one page: Few Medium Many
Estaba
yo todavía vigoroso, á pesar de las privaciones sufridas, y de un
empujón derribé por tierra á dos de mis verdugos. Los demás, asombrados
por mi resistencia, se echaron de nuevo sobre mí, pero de un golpe con
mi cadena eché al suelo otro... Á sus gritos y al ruido de la lucha
acudió el vigilante, que se dió cuenta de una ojeada de lo que había
sucedido y empuñó el revólver... Todo entró en orden, pero al día
siguiente el director me sacó del medio espantoso en que vivía y me
colocó en las oficinas del presidio... Allí tuve, si no más libertad,
el derecho al menos de sufrir solo, de llorar sin excitar la risa y de
rezar sin ser insultado. Entonces fué cuando mis ideas cambiaron poco á
poco y en el silencio de mi vida claustral me convertí en otro hombre.
Todo lo que más había amado en el mundo, el placer, el lujo, las
vanidades humanas, me parecieron miserias y vi claramente la perniciosa
inutilidad de la existencia que había realizado. Pensé que en la vida
había algo más que hacer que buscar el goce y que había otros hombres
que en los talleres, en las canteras, en las minas, pasaban sus días en
un trabajo penoso para ganar lo necesario y, sin embargo, no habían
merecido ser tan desgraciados. Con un poco de aquel dinero que yo
derrochaba en otro tiempo hubiera sido fácil aligerar un tanto el peso
de su miseria y hacerlos felices. Resolví entonces, si alguna vez salía
de mi prisión, consagrarme á los desgraciados en recuerdo de lo que yo
había sufrido. Confié mis pensamientos á un sacerdote admirable, que se
había encerrado voluntariamente entre criminales para moralizarlos y
salvarlos, y aquel hombre me animó, me tomó afición y se convenció de mi
inocencia. Aquel fué, querida madre, un gran alivio para mí. Cuando oí
por primera vez de una boca humana estas palabras: "Creo que no es usted
culpable," me pareció que Dios me perdonaba por medio de su
representante en la tierra y quedé penetrado de reconocimiento. Entonces
hice á ese Dios de dulzura y de confianza el voto de darme á él.

--¡Qué! Jacobo, ¿quieres?...

--Hacerme sacerdote, sí, madre mía. Al mismo tiempo que un acto de
arrepentimiento lo será de cordura. No nos engañemos; aun cuando haga
triunfar la verdad y pruebe mi inocencia, siempre estaré marcado por una
nota infamante. Una mancha como la que yo he recibido no se lava jamás
por completo. Las caras de mis amigos permanecerán frías y las manos se
me tenderán con vacilación. Á cada momento tendré que observar que si se
me acoge es por tolerancia y que las simpatías que se me demuestren son
forzadas. Será, pues, más digno retirarme de una sociedad que no estaría
abierta para mí más que por caridad. Si mis convicciones no me
impusieran el retirarme del mundo, me lo aconsejaría mi orgullo.
Permaneceré cerca de vosotras para haceros olvidar la penas que os he
causado y emplearé mi vida entera en pagaros mi deuda de ternura. Y
quién sabe si comparando lo que seré con lo que he sido, llegaréis á
pensar que la providencia aparentó perderme para salvarme mejor.

--¡Oh! no, hijo mío; por muy dulces que sean para mí tus promesas, jamás
recordaré sin estremecerme la horrible pesadilla de estos últimos años.
Mira mi semblante ajado, mi pelo blanco y mis manos temblorosas. He
envejecido veinte años en veinticuatro meses hasta parecer una
septuagenaria. ¿Había yo, acaso, cometido grandes pecados para recibir
tan duro castigo? Porque la expiación que tú aceptas se ha hecho
extensiva á tu madre y á tu hermana, y esto no es justo.

La cara de Jacobo se contrajo y su mirada se puso triste.

--Sí; por eso he de ser severo para los que me han perseguido con su
odio. Me extraviaba, madre mía, cuando hablé de misericordia, de dulzura
y de caridad. Todavía no ha llegado para mí la hora de la indulgencia;
tengo antes que condenar y que castigar...

--¿Estás seguro de lograrlo?

--Los culpables no pueden escapar; los tengo en mis manos. Me basta
presentarme para confundirlos. Su única seguridad consiste en el
convencimiento de que no volveré más. Pero si conozco sus crímenes, no
sé las razones que tuvieron para cometerlos. Mi justificación está sobre
todo en eso. Necesito probar, no sólo que he sido condenado
injustamente, sino quién fué el culpable y por qué lo fué. Á ese fin
consagraré mis últimas energías de hombre; después no quiero ser sino
indulgencia y mansedumbre.

--De modo, dijo la señora de Freneuse, que esa desgraciada mujer por
quien hiciste tantas locuras y á la que pretendían que habías matado,
está viva...

--Vive y está en Londres. Anoche cantó en _Covent-Garden_ y asistí á la
representación con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada
como un actor para que nadie me reconociese, pasé la velada en presencia
de Lea Peralli. Tragomer no se había equivocado; es ella... Pero se
conoce en su cara la huella de los remordimientos. Á despecho de su
belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No sé qué
vértigo la arrebató en el momento de cometer la acción atroz de que yo
he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso esté
dispuesta á repararla. Dentro de poco sabré á qué atenerme, pues es
preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que dependerá el
éxito de nuestra empresa.

--¿No podría haber otra influencia que la tuya para convencer á esa
mujer? dijo María. ¿No será accesible á la piedad? Si yo fuese á verla
para suplicarla...

--No; es imposible. Sería ponerles en guardia sin obtener ningún
resultado. Comprendo, querida María, que tienes miedo por mí y que
quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea
será capaz de armar escándalo, de llamar y de hacerme prender... No
temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir á medios
tan vulgares. La discusión entre los dos tendrá un carácter muy
distinto. No temo ninguna traición ni ningún golpe de fuerza. Menos
seguro estaría si tuviera que habérmelas con mi excelente amigo
Sorege...

--¡Ah! miserable...

--Sí, muy miserable... Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro
desprecio. ¡Pero paciencia! Esperemos á saber exactamente qué papel ha
desempeñado en el drama y yo respondo de que será castigado por todo lo
que nos ha hecho sufrir.

La fisonomía de Jacobo se puso sonriente y el joven se sentó entre su
madre y su hermana.

--Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores.
Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazón.
Decidme lo que hacéis y cómo estáis instaladas en Londres. No quiero que
viváis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los
velos sombríos. María es una muchacha y parece una abuela. ¿Acaso su
corazón permanecerá siempre sumido en la tristeza y no se abrirá á más
dulces sensibilidades?

María se ruborizó y volvió los ojos.

--Tragomer me ha confiado sus intenciones. Sé cuál fué su proceder, pero
también conozco cuánta fué tu severidad. Cristián ha reparado un momento
de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre
vosotras, á el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabréis, pues
yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha
tenido que hacer para llegar á libertarme. Os diré lo poco que sé y esto
bastará para llenaros de admiración y de reconocimiento hacia mis dos
salvadores: Marenval y Cristián. Marenval creo que encontrará la
recompensa en su misma satisfacción. Se ha conducido como un héroe y
este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero ¿y Cristián? ¿Cómo
pagarle si María no se encarga de esta deuda?

La señorita de Freneuse miró á su hermano y dijo con admirable sonrisa:

--Yo sabía que podría recompensarle de todo lo que iba á arriesgar por
nosotros y él también estaba seguro de que tendría en cuenta su
fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho
solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la
amistad en igual proporción que el amor... Pero podéis estar
tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento...

--¿Puedo llamarle? Sería justo decirle algunas palabras de esperanza...

María asintió con un movimiento de cabeza, Jacobo tocó un timbre
eléctrico, al que no acudió el camarero, sino los patrones del yate,
Marenval y Tragomer. María, de pie en el salón, un poco pálida bajo la
cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, veía llegar á
Cristián. ¿Le había amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella
altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de
su corazón. En aquel momento miraba fijamente á Tragomer, que con su
busto de gigante y sus brazos de Hércules, temblaba de emoción.

--Quería, precisamente, hablar con usted, señor de Tragomer, dijo María
con acento firme. Hace seis meses, cuando usted partió, me tendió la
mano y yo le di la mía. Por parte de usted, aquello fué pedirme que
olvidase sus agravios, y por la mía consentir. Acaso no era eso todo lo
que usted deseaba, pero yo no podía conceder más. Después ha adquirido
usted grandes derechos á nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo
sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesión que usted le
ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de
agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta á darle la prueba que me
pida.

Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y
no pudo. Alargó tímidamente la mano y permananeció inmóvil y mudo, con
el pecho agitado por una emoción indescriptible. María le ofreció su
mano delicada y dijo dulcemente:

--¿Quiere usted que le dé ahora la mano que usted me pedía antes de su
viaje?

Tragomer la cogió, la estrechó con efusión y llevándosela á los labios,
se inclinó como delante de un ídolo y contestó:

--¡Sí, para siempre!

--Es de usted. Pero recuerde que no se unirá á la suya sino cuando el
nombre de la que se la concede esté lavado de toda mancha. Seré su
mujer, Cristián, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobación de
todo el mundo.

--Esté usted tranquila, María, y usted también, señora; ese momento no
se hará esperar.

Todos eran felices y Marenval saltaba de gozo, atribuyéndose toda
aquella alegría.



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