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El tiempo pasaba rápido y ya declinaba la tarde cuando
la madre y la hija se decidieron á dejar á Jacobo. Al bajar del yate se
cruzaron con un hombre de cara distinguida y que por su aspecto parecía
francés. El desconocido se detuvo para dejarlas pasar, saludó y se entró
por el tablón al navío. Sin duda lo esperaban allí, porque Marenval, que
se estaba paseando por el puente, le salió al encuentro y dándole un
vigoroso apretón de manos, le dijo:

--Por aquí, mi querido magistrado.

--¡Silencio! dijo el visitante sonriendo; nada de nombres ni de cargos,
amigo, si á usted le parece.

Y siguiendo á su guía, bajó á la cámara. Era Pedro de Vesín, que sin
duda no iba por primera vez al _Magic_, pues conocía perfectamente el
camino. En un saloncillo de fumar situado en la popa, cerca del comedor,
encontró á Tragomer y á Jacobo, les estrechó la mano y dijo sentándose:

--Acabo de encontrar á su madre de usted y á su hermana. ¡Parecían
encantadas, las pobres señoras! Ya era tiempo de que se aclarase su
horizonte... Pero los negocios están en buen camino y traigo á ustedes
noticias que les satisfarán. El comisario especial encargado de vigilar
á Jenny Hawkins ha llegado y se ha puesto en relación con M. Melville,
el jefe de la policía inglesa, un hombre de primer orden que va á tomar
por su cuenta la dirección de las operaciones. La demanda de proceso
contra Jenny no está muy adelantada... Si consideramos á la cantante
como americana es sumamente difícil detenerla en Inglaterra por un
crimen cometido en Francia y por el cual se ha dado ya sentencia. Si le
devolvemos su verdadero nombre de Lea Peralli, se convierte en italiana
y esto es otra complicación. Si estuviera en Francia todo sería fácil;
un mandamiento de arresto y asunto terminado. Pero en este diablo de
Inglaterra estas cosas son mas incómodas... No hay país donde la
libertad tenga más garantías... La cosa llega hasta la licencia...
Esta es la tierra de promisión para los malvados.

--¿Qué va entonces á hacer ese comisario? preguntó Tragomer.

--Vigilar estrechamente á la cantante y á Sorege y estar pronto á
intervenir, si llega el caso. De todos modos nos informará
minuciosamente de lo que hagan vuestros adversarios. Yo estoy en
vacaciones y no intervengo en este asunto más que como particular; un
amigo vuestro y nada más. He dejado en París mi título y mis funciones.
El ministro de la Justicia, á quien fui á visitar con el fiscal del
Tribunal supremo, se interesa prodigiosamente en este asunto. Es un
ardiente liberal á quien gustaría que en su tiempo ocurriese la
reparación de una gran injusticia. Nos han fastidiado mucho, desde hace
algún tiempo, con las revisiones aventuradas y estamos encantados de
intentar una ventajosa. Así verá el mundo entero que nos anima el puro
amor de la verdad y de la justicia. Esto es lo que ha dicho el jefe, é
inmediatamente se ha puesto de acuerdo con la policía para que todo se
haga rápida y silenciosamente.

--¿Y qué ha dicho el ministro de nuestra expedición á Numea? preguntó
Marenval frotándose las manos.

--Eso, querido amigo, es lo que se llama un caso reservado y no se ha
hablado de él. El informe sobre la evasión ha llegado á París, pero es
imposible deducir cargo alguno contra ustedes. Las precauciones tomadas
por Tragomer para disfrazar su identidad han engañado á la
administración. Según el gobernador fué un barco inglés el que dió el
golpe y se fué después á la Australia á todo vapor. Si ustedes no se
jactan de su hazaña, están á cubierto de toda responsabilidad. Una vez
que tengamos en nuestras manos las pruebas de la inocencia del señor de
Freneuse, bastará que se constituya preso para que las cosas sigan su
curso regular. Pero ahí está el punto capital; esas pruebas es preciso
que sean materiales y todo depende de que podamos producirlas. Si no
pueden ustedes obtener la confesión del verdadero culpable, la situación
del señor Freneuse será muy grave y tendrá que tomar el camino de la
América del Sur para vivir libre de persecuciones. La verdad es que
nunca he visto asunto tan difícil ni tan peligroso. Todo es en él
irregular y las leyes resultan lamentablemente pisoteadas. Confieso, sin
embargo, que era imposible salir de otro modo.

--¿Desde que está usted en Londres, ha visto á Sorege? preguntó
Tragomer.

--Comí ayer con él en casa de Harvey. Se habló de usted y con magnífica
impudencia, le estuvo elogiando.

--Paciencia; no me elogiará siempre. Esta es una cuenta pendiente entre
los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo
que pienso de su carácter y de sus perfidias. Si no resulta tan
comprometido en compañía de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle
arreglárselas con el comisario.

Pedro de Vesín movió la cabeza.

--¡Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan
fácilmente. Está metido en una partida de tal índole, que se defenderá
con furor. Piense usted que se trata para él de ser ó de no ser, como
dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de
Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si
fracasa... ¡Ah! amigos míos, entonces será peligroso. El tigre
acorralado, seguro de su pérdida, querrá hacer algunas víctimas...
¡Cuidado con él en ese momento!

--Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan
terrible... Usted no hace justicia á Sorege; es infinitamente más
terrible.

Jacobo había asistido á todo este diálogo sin pronunciar ni una palabra
y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oía.
Pareció, sin embargo, escuchar con interés las últimas palabras de
Cristián, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su
amigo:

--Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No
pertenece á nadie más que á mi y no pienso abandonarlo ni aun á la
justicia. Tendré la piedad suprema, que él no tuvo conmigo, de
sustraerlo á la vergüenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha
Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.

Tragomer bajó la cabeza.

--Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.

--En cuanto á Lea Peralli, continuó Jacobo, no esperaréis mucho tiempo
sin saber á qué ateneros. Mañana mismo tendremos una solución.

Vesín y Marenval se levantaron.

--¿Viene usted á comer conmigo? dijo el magistrado á su pariente.

--Sí, voy á vestirme y me voy con usted. Dejaremos á estos jóvenes
hacerse sus confidencias.

--¿Á dónde van ustedes? preguntó Tragomer.

--Al _Savoy_. Es donde se come mejor.

--Y más caro.

--No comerán ustedes mejor que á bordo.

--Es posible, dijo el fiscal riendo; pero no olvide usted que,
moralmente, los jueces no deben comer en la misma mesa que los
procesados.

--Hasta mañana, pues.

--Hasta mañana en casa de Julio Harvey.




X


Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en _Grosvenor-Square_. Tenía casa
puesta en Londres como en París y todos los años su hija le llevaba dos
meses á Inglaterra. Uno ó dos de los hijos de Harvey se decidían con
frecuencia á ir á ver á su padre á Londres, pues en Inglaterra se
encontraban más en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y
gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jóvenes se ahogaban
en los estrechos límites de las conveniencias sociales y muy á menudo
sentían deseos de quitarse el frac en plena reunión y de meterse la
corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les
ofrecía un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.

Al salir de una comida ó de una representación se embarcaban en el
Támesis ó recorrían cincuenta leguas en ferrocarril para ir á cazar
zorros y volvían frescos y contentos cuando habían roto algunos remos ó
reventado algún caballo. Su padre les envidiaba, pero él estaba
severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que
quería.

La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la
_gentry_ como la de París por el gran mundo, rivaliza en lujo con las
familias más aristocráticas de Inglaterra y tira el dinero por la
ventana con más fastuoso abandono todavía que en París. No parece sino
que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida
nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibición de su
extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansión de
fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta
predilección hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su
madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos
indulgentes se sonríen ante las travesuras americanas, hasta el día en
que comprendan, con su sentido práctico, que tienen interés en
fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona será un hecho en ambos
mundos, y el águila norte americana y el león inglés harán sus rapiñas
de concierto.

Por el momento sus relaciones se limitan á veladas y comidas entre
millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la
conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La
estadística de los matrimonios por los cuales las _misses_ de Chicago,
de Nueva-York ó de Filadelfia han entrado en las más ilustres casas
inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido
más de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los periódicos del
nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan
las transacciones publicando la lista de las jóvenes disponibles en los
Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.

Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita
singularmente el cambio de buenas relaciones entre los países
productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.

La familia Harvey tenía, pues, un pie en Francia y el otro en
Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege había
sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer llegó
á bordo del _Magic_ y se presentó en casa del ganadero, parecía que el
prestigio de Sorege había disminuído. Los dos hermanos más jóvenes,
Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo
por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa.



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