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Text on one page: Few Medium Many
No me
sorprendería que Jenny fuese canadiense. Hay un ligero matiz francés en
su manera de acentuar ciertas palabras.

--Habla asombrosamente el italiano...

--¡Oh! Ha tenido forzosamente que aprenderlo en interés de su carrera.
Todas las compañías que pasan por aquí cantan en italiano ó en
alemán...

--¿Es de carácter alegre?

--No; mas bien melancólico.

--¿Y el cabello que enseña en su papel es suyo ó es una peluca? ¿Es
realmente morena?

--¡Qué cosas tiene usted! ¿Qué puede importar eso? ¿No lo gustan á usted
las mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no se
puede hoy saber si una cabellera es natural. ¿Quiere usted saber mi
opinión? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debe
haberse pintado de rubio en otro tiempo...

--¡Rubia! exclamó muy turbado. ¡Tiene un ligero acento francés y se ha
teñido de rubio!

--¡Vamos! querido, ya verá usted cómo todo le sale á pedir de boca:
Jenny resultará, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana...
Pero baja el telón. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con
la _prima donna_ y la invitaremos á cenar.

--Otro detalle, dije. ¿Cuánto tiempo hace que Jenny viene á América?

--Seguramente, hace tres años.

--¡Tres años! ¿Y con el nombre de Hawkins?--¡Claro está!

Todas mis combinaciones caían por tierra ante aquella afirmación de que
la cantante era conocida en san Francisco hacía tres años y con el
nombre que llevaba actualmente, ¿Cómo podía haber sido Lea Peralli en
París y Jenny Hawkins en América, al mismo tiempo? Lea había pasado un
año entero ante mí, hacía dos solamente, en aquel cuarto de la calle
Marbeuf donde una mañana se la encontró muerta. Esa doble presencia era
inadmisible. La identidad de la americana estaba establecida con
claridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuya
muerte expiaba Jacobo. Una fuerza más poderosa que el razonamiento, que
la verosimilitud y que la cordura me oprimía el pensamiento y me repetía
á pesar de todo: "Es Lea Peralli".

Salimos del palco y atravesamos el pasillo del vasto teatro. Con una
llave que sacó del bolsillo abrió Pector la puerta de comunicación y
pasamos desde la luz de las lámparas eléctricas á las tinieblas de los
bastidores. Seguí á mi guía, que evolucionaba entre los trastos, los
accesorios y las decoraciones con la seguridad de un antiguo abonado.
Todo el mundo le saludaba al pasar y el director de la compañía se
precipitó ante él como si fuese un soberano. Pregunté el porqué á
Raleigh-Stirling y me respondió flemáticamente que su pariente era uno
de los cuatro propietarios del teatro que ponían aquella magnífica sala
á disposición de los empresarios, casi de balde, á fin de que ni sus
conciudadanos ni ellos mismos careciesen de placeres artísticos. Desde
aquel momento nos conducía el empresario en persona. Subimos un piso,
seguimos el corredor de los cuartos de los artistas y nos detuvimos ante
una puerta á la que nuestro guía llamó discretamente, diciendo:

--¿Se puede, mi querida miss Hawkins?

--¿Quién está con usted? preguntó desde el interior una voz que no era
la de la cantante.

--El señor Pector y dos amigos suyos.

--Que pasen.

La puerta se abrió y la doncella nos recibió en un saloncillo que
precedía al cuarto de vestirse de Jenny. Por la puerta entreabierta
venía hasta nosotros una viva luz, un olor de agua de tocador y un
susurro de palabras. De pronto se oyó una vocalización; era que la
cantante ensayaba, sin cuidarse de nuestra presencia, mientras cambiaba
de traje.

La doncella entró á reunirse con su señora y nosotros nos quedamos solos
en el saloncillo. Pector y Raleigh se sentaron al lado de la chimenea,
mientras yo, invenciblemente atraído por aquella puerta entreabierta,
avanzaba á pasos ligeros, la cabeza inclinada, aprestando el oído y
escuchando los más vagos rumores. Me apoyé en la pared de modo que era
posible verme desde dentro por la rendija de la puerta. De pronto oí
cerca de mí una exclamación comprimida y esta palabra dicha en francés y
en voz baja:

"¡Cuidado!" y en seguida mi nombre "¡Tragomer!"

En el momento se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Sin embargo,
yo no había soñado; esta vez estaba seguro de haber oído, y la palabra
"cuidado" precediendo á mi nombre había sido pronunciada por una voz
masculina. Todo este asunto se presentaba en tales condiciones de
misterio que se apoderó de mí una impaciencia febril y sin cuidarme de
lo que pudieran pensar mis compañeros, di un paso para abrir aquella
puerta que de modo tan singular acababa de cerrarse y penetrar en el
cuarto tocador, cuando la puerta se abrió y dió paso á Jenny Hawkins.

La artista se adelantó sonriente y con mirada segura. Sus ojos se
fijaron en mí antes que en los demás y no vi que se turbaran. Sus labios
expresaban un gracioso descuido y me hizo un signo amistoso con la
cabeza, con esa acogida fácil que caracteriza á los artistas,
acostumbrados á recibir los homenajes de los desconocidos, como
príncipes en medio de la multitud. Pector salió á su encuentro y nos
presentó, á su primo y á mí. Al oir mi nombre la cantante inclinó la
cabeza con un ligero matiz de extrañeza y de interés, y dijo alegremente
á Pector:

--¡Ah! Un noble francés... ¡En América! Es raro... ¿El señor habla
inglés?

--Sí, señora, dije sin esperar más; lo hablo bastante mal para
expresarme, pero bastante bien para adivinar á usted.

De propósito recalqué la palabra "adivinar", pero la cantante no pareció
comprender el alcance amenazador que había yo dado á mi respuesta.
Sonrió y me ofreció la mano diciendo:

--Tengo mucho gusto, caballero, en conocer á usted.

Debo confesar que en aquel minuto decisivo no había en Jenny Hawkins más
que muy poca cosa de Lea Peralli. Como en esos retratos borrados por el
tiempo en los que no se distingue más que las facciones debilitadas del
modelo, el parecido se atenuaba y la muerta desaparecía empujada por la
viva. En vano buscaba ya los detalles que hubieran podido recordarme á
Lea Peralli. La actitud de la mujer que tenía delante no era la misma
que la de la infeliz asesinada. La sencilla alegría, el aire risueño y
las actitudes infantiles que caracterizaban á la italiana, estaban
reemplazadas en la inglesa por la fría altivez, la grave seguridad y la
firme actitud de una artista segura del público y de sí misma.

--No puedo reteneros mucho tiempo conmigo, á pesar del placer que en
ello tendría, dijo Jenny; tengo que bajar á escena para el último acto.
¿Cómo han encontrado ustedes á Novelli? ¡Qué bien ha cantado! ¡Es un
gran artista!

--Su éxito no puede compararse más que con el de usted, dije, pero yo
atribuyo en él al compositor más parte que la generalidad.

--Sí, respondió Jenny inclinando ligeramente la cabeza. Este papel no es
el mejor de mi repertorio. Si viene usted á oirme la _Traviata_, le
gustaré más.

--No lo creo, dije con atrevimiento. Me sería muy penoso ver á usted
morir en escena.

La cantante levantó la cabeza, fijó su mirada en la mía y dijo:

--¿Por qué?

--Porque esa muerte me traería punzantes recuerdos.

Jenny se echó á reír.

--¡Ah! Es usted impresionable y sentimental, como buen francés... ¿Qué
tiene de común la música de Verdi con esas impresiones pasadas?

--Se lo explicaré á usted, si así lo desea...

--No tengo tiempo, y es lástima.

--Pues bien, amiga mía, dijo Pector; ¿quiere usted cenar con nosotros
esta noche, después de la ópera?

--Lo agradezco mucho, pero estoy muy cansada y necesito cuidarme la voz.

--Entonces, pregunté, ¿me permite usted verla en su casa mañana?

--Con mucho gusto. Vivo en el hotel de los Extranjeros, plaza de la
Villa. Después de las cuatro, si á usted le parece. Tomaremos una taza
de té y hablaremos.

Me incliné sin responder, y Jenny nos estrechó la mano á mis compañeros
y á mí, nos acompañó hasta el corredor y volvió á su cuarto, cuya puerta
cerró cuidadosamente.

Fuera ya de la presencia de aquella mujer, recobré la facultad de
analizar, de discutir y de comprender. Si no hubiera oído pronunciar mi
nombre por aquella voz masculina que salía del cuarto tocador, acaso
hubiese renunciado á establecer entre Lea Peralli y la cantante una
relación que se hacía más vaga á medida que yo precisaba mis
observaciones. Pero había oído aquellas palabras. ¿Quién era aquel
hombre que me conocía y que advertía á Jenny que tuviese cuidado cuando
yo apareciese?

La identidad de las dos mujeres, debilitada por las diferencias de
aspecto y de expresión que había observado, así como por las
imposibilidades materiales de tiempo, de condición y de nacionalidad que
se deducían de las noticias de Pector, se encontraba restablecida por la
intervención de aquel desconocido que, evidentemente, me señalaba á
Jenny como peligroso. Á este pensamiento acudían á mí todas mis
angustias y me sentía poseído por una viva curiosidad. Poco me importaba
ya la cantante; lo que yo deseaba era saber quién era su compañero,
aquel francés que me conocía y cuya presencia debía, por sí sola,
aclarar la situación.

Llegados al palco, Pector me dijo:

--¿Nos quedamos?

--La verdad es, respondí, que me duele un poco la cabeza. Hace seis
meses que no asisto á fiestas semejantes y todas las notas de la
partitura me bullen en el cerebro. Creo que me vendría bien tomar el
aire.

--Entonces despediré el coche y volveremos á pie.

Á poco tiempo salimos á la calle y nos pusimos á pasear por los inmensos
barrios de la ciudad, fumándonos un exquisito cigarro. La casualidad nos
llevó á la plaza en que está erigido el monumental edificio del
Ayuntamiento.

--¿Dónde está el hotel de los Extranjeros? pregunté.

--Enfrente de nosotros; esa gran fachada iluminada. No es una casa de
diez y siete pisos como las de Nueva York; aquí tenemos sitio abundante
para edificar. ¿Quiere usted entrar? Hay un magnífico _restaurant_...

Pector servía á maravilla mis designios con su manía americana de pasear
por los sitios públicos y de entrar en todos los cafés á tomar un
emparedado y un _cocktail_. Acababa yo de formar el proyecto de esperar
á Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compañero.



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