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Text on one page: Few Medium Many
Los dos hermanos más jóvenes,
Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo
por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa. El _cow-boy_
Felipe declaró sin ambages á su hermana que hubiera debido escoger al
noble bretón.

--Ese, decía, es de los nuestros. Monta á caballo como el viejo Pew, que
nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo;
ha pescado en los grandes lagos... ¿Por qué, con tu dinero, no has
encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristián, en lugar de
buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y Cª. pagan el
dote que tu quieres, debías haber escogido lo mejor.

--Pero, Felipe, había respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no
es lo mejor en los salones. Estando yo decidida á vivir en Europa, es
acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un
torbellino, como tú y los demás hermanos.

--Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, añadió Edward; pero
si piensas en tu descendencia, tienes más interés en casarte con un
hombre robusto que con un alfeñique. En fin, allá tú.

--Además, dijo la joven, nada prueba que el señor de Tragomer me hubiera
querido; y, según él mismo me ha dicho, su corazón no está libre.

--¡_All right_! Entonces, no hay más que hablar.

La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristián,
influyó seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes,
llegó el _Magic_, fué á visitarle dos veces é invitó á Cristián y
Marenval á comer en casa de su padre. Además, casi todas las mañanas
encontraba á los dos franceses en _Hyde-Parck_, donde se paseaba á
caballo con sus hermanos y al paso, lo que ponía á aquellos dos
centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban
después con una buena partida de _cricket_, en la que Tragomer manejaba
el mazo con un vigor que había contribuído no poco á conquistarle el
favor de los hermanos de Maud.

El día anterior al en que las señoras de Freneuse estuvieron en el yate,
Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la
orilla de la Serpentina encontraron á miss Maud que iba á pie, seguida
de un lacayo y de su coche.

--¿Dónde están sus hermanos de usted, miss Maud? preguntó Cristián.

--En el círculo de los Arqueros, donde según parece hay una apuesta de
las más interesantes. Paseemos juntos.

--Con mucho gusto.

Se colocaron á uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Después de
un momento de silencio, Cristián dijo con voz discreta:

--¿Se acuerda usted, miss Maud, de una conversación que tuvimos hace
seis meses, el día en que tuve el honor de ser presentado?

--Sí, perfectamente, y he pensado después en ella con un particular
interés. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que
usted me contó me impresionó vivamente. Estaba usted tan seguro de la
inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qué se
podría hacer en su favor.

--Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continuó Cristián
sonriendo. Y hasta me maltrató usted un poco porque no intentaba nada en
favor de mi amigo. Yo, exclamó usted, si un hermano mío hubiera sido
condenado injustamente, no me detendría ante nada para libertarle. El
mismo Sorege bromeó agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se
calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calmó después
y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresión.

Miss Harvey miró fijamente á Cristián.

--¿Por qué vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fué
favorable? Conozco á usted ya lo bastante para creer que lo hace por
algo. ¿Hay alguna novedad sobre Freneuse? ¿Acaso ha adquirido usted la
prueba de su inocencia?

Tragomer siguió andando, con la cabeza inclinada y sin mirar á la joven.

--¿Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. ¿Las mujeres de
su país saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les
daría una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son
incapaces de resistir al deseo de hablar y dejarían cortar la cabeza á
su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

--Las mujeres de América, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey.
Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarán matar antes
que revelarlo. Somos aún medio salvajes y tenemos los defectos y las
virtudes de tales.

--Pues bien, entonces tendré confianza en usted y le contaré la mitad de
mis proyectos... Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver más
reservado, pero, ¡que diablo! yo me arriesgo...

--Arriésguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por
advertir á miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa
para cierta persona que le toca muy de cerca...

Maud se detuvo bruscamente y palideció.

--¿Se refiere usted al señor de Sorege?

Tragomer movió la cabeza.

--Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestión como debe
ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como á la primera palabra se ha
turbado, y qué peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su
interés.

Las mejillas de la joven americana se tiñeron de rojo. Echó á andar y
dijo en tono decidido:

--¿Luego es cierto que Sorege está metido en el asunto en cuestión? Pues
no crean ustedes que mi carácter me consiente ilusionarme en lo que le
concierne. ¿Qué mujer sería yo si pudiendo saber la verdad respecto del
hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido
una mala acción, ¿la habría cometido menos porque yo me case con él?
Taparme los ojos para no ver sería imitar al avestruz, que esconde la
cabeza creyendo evitar el peligro. El señor de Sorege no tiene fortuna,
no es un genio, no posee una instrucción excepcional; no tiene más que
su nombre. Si ese nombre no está sin mancha, no le quiero por nada del
mundo.

El golpe fué seco y duro como un latigazo. No se podía dudar de la buena
fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.

--Pues bien, va usted á oir la verdad puesto que quiere saberla. En
lugar de irnos á pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y
yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y
Batavia llegado á la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he
bajado á tierra, he visto á Jacobo de Freneuse y el día siguiente,
Marenval y yo, después de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado
á viva fuerza.

--¿Es posible? exclamó miss Harvey entusiasmada. ¡Marenval y usted! ¡Dos
franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! ¡Oh! Si Felipe y
Edward lo supieran, perderían la cabeza...

--¡Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpió muy
bajo Tragomer.

--¿Entonces, han traído ustedes á ese pobre muchacho?

--Está á bordo de nuestro barco.

--¿En el Támesis?

--Delante de los Docks. Su madre y su hermana van á verle mañana mismo;
para ello han llegado ocultamente á Londres, pues su presencia aquí
daría mucho que pensar y sólo obrando misteriosamente podemos lograr
nuestra empresa.

--¡Las buenas señoras! ¡Qué felices van á ser! ¡Ah! Quisiera presenciar
su alegría... Pero, díganme ustedes, porque esta aventura me apasiona,
¿han navegado ustedes millares de leguas por amistad al señor de
Freneuse? ¡Ustedes, dos parisienses, han abandonado su París, sus
placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus
vidas!...

--Marenval la arriesgó en efecto, dijo Cristián, pues por poco recibe
una bala de revólver... Y si le hubiera usted visto en aquel
momento... ¡Estaba soberbio!

Miss Harvey ofreció la mano con entusiasmo á Marenval y con una
vibración en la voz que conmovió á Cipriano hasta el fondo del corazón,
añadió:

--No pensé que usted se convertiría en un héroe; pero los franceses son
capaces de todo... ¿Y usted, qué hacía en ese momento, señor de
Tragomer?

--Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sosteniéndole,
animándole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los
tiburones... Sí, miss Harvey, el episodio fué vivo... Tuvimos que
echar á pique la lancha de la Administración para escapar á sus ataques;
pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no
queríamos tirar contra franceses. ¡Oh! ¡De buena nos escapamos! Aseguro
á usted que por la noche, cuando corríamos á toda velocidad, comimos con
buen apetito...

--Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. ¡Qué alegría! ¡Y qué
agradecimiento el suyo!

--Estaba como loco, pero recobró después su lucidez. Nos hemos
comunicado nuestros descubrimientos y lo que él sabía y ha resultado
clara la prueba de su inocencia.

Miss Harvey reflexionó un instante y dijo después con gravedad:

--¡Y esa inocencia era conocida de Sorege, según ustedes!

--No cabe duda.

--¿Podrán ustedes probarlo?

--Resultará claramente de la prueba que vamos á intentar y para la cual
necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado
mañana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos.
Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche á la
cantante Jenny Hawkins, de _Covent Garden_. Sorege la conoce y si usted
sabe pedirlo, servirá de intermediario para llevar á la artista.

--Así se hará. ¿Y después?

--Nada más. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea
usted prudente y no diga ni una palabra á Sorege. Tiene usted amigos en
su casa á quienes obsequiar, ha oído en el teatro á Jenny Hawkins y
tiene el capricho de hacerla venir... Si él hace objeciones, insista
usted, pero no nos descubra.

--Esté usted tranquilo.

--Yo pediré á usted solamente una invitación para un joven inglés amigo
mío, que irá por la noche á su casa de usted á tomar una taza de te.

--¿Cómo se llama?

--Para todo el mundo se llamará sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo
de Freneuse.

--¡Dios mío! ¿Qué intentan ustedes? preguntó miss Maud con inquietud.

--Ya lo verá usted. Puesto que este asunto le apasiona, va usted á
asistir á una de sus peripecias más importantes. Usted me incitó á
arriesgarlo todo para salvar á mi amigo; ahora es preciso que me ayude á
llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

--Les ayudaré lealmente, señor de Tragomer, y si hay quien tiene algo
que ocultar, peor para él.



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