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Text on one page: Few Medium Many
Usted me incitó á
arriesgarlo todo para salvar á mi amigo; ahora es preciso que me ayude á
llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

--Les ayudaré lealmente, señor de Tragomer, y si hay quien tiene algo
que ocultar, peor para él. Lo primero es defender á las personas
honradas.

--Cuando Jacobo de Freneuse se presente, dijo Cristián, mire usted bien
á Jenny Hawkins y á Sorege. Por muy dueños que sean de sí mismos, nos
entregarán su secreto por el extravío de sus ojos y la palidez de sus
semblantes. Usted conoce _Macbeth_ y sabe cuál es el espanto del asesino
coronado cuando ve levantarse en medio del festín la sombra de su
víctima. Examine usted á su prometido y á la cantante y verá
reproducirse la tragedia. Pero tenemos que habérnoslas con personas
temibles. En una situación parecida la Hawkins se dominó admirablemente
y acaso ahora intente burlarnos. Con ningún pretexto le permita usted
comunicar con Sorege ni salir del salón. Desde el momento en que Jacobo
de Freneuse esté en presencia de sus adversarios, sólo él debe
combatirlos, sin ayuda, á su placer. Usted no hará más que impedir que
se le escapen...

--Doy á usted mi palabra de que así será.

--Ahora, separémonos y hasta mañana.

Miss Harvey subió en el coche y los dos franceses continuaron su paseo
como si no tuvieran motivo alguno de preocupación, admirando los lujosos
trenes que empezaban ya á circular por las verdes praderas del parque.

El hotel Harvey es un hermoso edificio estilo Luis XVI, edificado por el
duque de Sommerset y que el americano pagó á buen precio. El decorado
interior es lujoso y miss Maud ha tenido el buen gusto de conservar el
aspecto antiguo de los salones, de entrepaños contorneados con bonitas
aguadas á dos colores. El admirable comedor, adornado con una gran
chimenea de piedra, en cuyo retablo se ostenta un fresco de
Gainsborough, puede contener cuarenta convidados. Aquella noche, las
señoras acababan de levantarse y una quincena de caballeros, entre los
cuales estaban Cristián y Marenval, estaban haciendo los honores, según
la costumbre, á unas cuantas botellas de exquisitos licores.

Los hijos de la casa se indemnizaban del malestar que les producía el
frac absorbiendo algunos vasos _wysky_. Nuestros dos franceses no habían
apenas probado los vinos desde el principio de la comida. Julio Harvey,
que era muy sobrio á causa de la gota, resultaba un triste anfitrión.
Sorege tenía entablada una conversación, que parecía interesarle mucho,
con Geo Seligman, el gran introductor de acciones de minas de oro en el
mercado europeo. Eran las diez y ya la atmósfera empezaba á ponerse
cargada cuando Harvey dijo á sus convidados:

--Si tienen ustedes gana de fumar, vámonos de aquí, porque de seguro mi
hija va á venir pronto á rogarnos que pasemos al salón.

--Tragomer y yo vamos á reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo
permite, dijo Marenval.

Sorege levantó la cabeza pero no siguió á sus compatriotas. Su plan de
conducta debía estar bien adaptado y no era él hombre de variarlo. Hasta
que llegase Jenny no había nada que temer y podía tomar respiro y
reservar sus medios de acción para cuando le hiciera falta emplearlos.
Marenval y Cristián atravesaron un invernadero lleno de las más hermosas
plantas tropicales y refrescado por una fuente de mármol de la que
corría un agua cristalina, y entraron en el salón, donde la señoras en
traje de baile, ofrecían un hermoso cuadro agrupadas en torno de miss
Maud.

Algunas jóvenes americanas de frescas carnes, barbilla un poco gruesa,
cabello rubio, anchos hombros y largos talles, conversaban en un inglés
silbado y gutural. Su conversación se refería á la cantante cuya
presencia estaba anunciada y que ofrecía á los invitados de Harvey un
atractivo poco ordinario. Algunas la habían oído en América, otras la
habían aplaudido recientemente en _Covent-Garden_, y todas la conocían,
pero ninguna la había visto de cerca y su reputación de artista así como
su belleza de mujer hacían que su presentación fuese un verdadero
acontecimiento.

Marenval y Tragomer fueron acogidos favorablemente. Aquellos franceses
viajeros, ricos y amables, eran simpáticos en la sociedad americana de
Julio Harvey que hasta se sentía dispuesta á perdonarles la inferioridad
de no ser de raza anglosajona, lo que no era floja prueba de
benevolencia. Miss Gower estaba contando una visita que había hecho la
semana anterior á la Patti en su castillo de Craig-y-Nos, y tenía
suspensa la atención del auditorio.

--Figúrense ustedes que hay allí un teatro en el que se pueden
representar óperas enteras. Hace poco tiempo se puso en escena un baile
en que la gran cantante hizo en mímica el principal papel...

--Para eso es excusado tener la más hermosa voz del mundo.

--No se puede imaginar el lujo de aquella casa. Los invitados tienen á
su disposición caballos de montar y coches. Los que quieren pescar,
tienen un río y un lago; los que prefieren la caza pueden cazar en los
bosques ó en la llanura... ¡Aquel es un boato real!

--En nuestro siglo los artistas son los reyes del universo. Á esos no se
les destrona, ni se les arroja á tiros, ni se les insulta en los
periódicos. En cambio no hay gracias que no se les prodiguen, ni
homenajes que no se les rindan, ni elogios que no se les tributen. Sus
listas civiles no son discutidas. Cuando envejecen, se les honra y
cuando mueren se les hacen funerales solemnes. ¿Y qué dan ellos en
cambio de todo eso?

Una voz irónica respondió:

--¡Casi nada: su genio!

Todas las miradas se dirigieron al que acababa de hablar. Era Pedro de
Vesín, que entraba. El fiscal se aproximó sonriente á miss Maud y le
besó la mano. Saludó al gracioso grupo de mujeres y apoyándose en la
chimenea, dijo:

--El cuadro que se acaba de trazar es halagüeño, pero tiene un reverso
que es preciso mostrar. En la carrera artística, como en las demás,
entra por mucho la suerte. Unos acaban en la opulencia y en la gloria y
otros desaparecen oscuros y miserables como un astro que después de
haber brillado largo tiempo, se oscurece y se apaga. Vosotros habéis
tenido un Garrick que dejó millones y está enterrado en Westminster.
Nosotros tuvimos un Federico Lemaitre que murió lleno de deudas y que
reposa bajo una humilde piedra pagada por sus últimos admiradores. No
envidiéis la suerte de los artistas; sufren hasta en sus triunfos. El
brillo de algunos está sobradamente compensado con las tristezas de
otros muchos. En resumen, dan más de lo que reciben y si ponéis en una
balanza de equidad de una parte el talento del artista y de otra los
bravos y el dinero de los espectadores, pesará más, ciertamente, el
talento.

--Tiene usted mucha razón, dijo miss Harvey. En América desenganchan los
caballos de Sarah Bernardt para tirar de su coche...

La conversación fué interrumpida por la entrada de los fumadores, que
venían conducidos por el dueño de la casa. En la entrada del salón
apareció un personaje que llevaba debajo del brazo unos cuadernos de
música. Harvey se inclinó al oído de su hija:

--Es el pianista que acompaña á la cantante. Nuestra estrella no tardará
en aparecer.

Misa Maud se aproximó al músico y le condujo al piano, que ocupaba todo
un ángulo del salón. En estos momentos llegaron otros invitados y unas
cincuenta personas se agruparon según sus simpatías. Estaba allí lo más
florido de la colonia americana y, ciertamente, los millones de todos
los que aquella noche se reunieron en casa de Julio Harvey hubieran
bastado para pagar la deuda de un estado europeo. Estaban allí los reyes
de los ferrocarriles, los príncipes de las minas de plata y los altos
señores de la cría del carnero, del caballo y del cerdo, sin contar los
soberanos del petróleo y de la construcción de vagones. Todo un Gotha de
la gran industria, del alto comercio y del agro en grande escala.

Marenval, Vesín y Tragomer se colocaron en un rincón, cerca del hueco de
una ventana, entre la puerta y el piano, donde no podía escapárseles
nada de lo que iba á pasar en el salón. Sorege estaba al lado de la
bella duquesa de Blenheim y hablaba con imperturbable serenidad. En este
momento se abrió una puerta y un lacayo, dominando apenas el rumor de
las conversaciones, pronunció estas tres palabras.

--Miss Jenny Hawkins.

En la puerta apareció la cantante, alta, esbelta, orgullosa, un poco
pálida, pero con la sonrisa en los labios. Estaba vestida con un traje
de damasco blanco adornado de encajes de oro. Un solo collar de perlas
rodeaba su cuello y una peineta de brillantes chispeaba en su cabellera
castaña. Con expresión imperiosa y casi amenazadora paseó una mirada por
el auditorio como si buscase á los que debían atacarla y al que había
prometido defenderla, y sus ojos pasaron sin detenerse por Marenval,
Tragomer y Vesín, para detenerse interrogadores en Sorege. Este, siempre
sonriendo, se levantó, atravesó el salón con admirable aplomo y fué á
ofrecer el brazo á la cantante.

Los dos de pie, en medio de la concurrencia, parecían desafiar la
suerte. La altiva frente de Jenny no se bajó y la cantante entró con
paso firme en aquel salón, donde sabía que se iba á decidir su porvenir.
Miss Maud y Harvey salieron á su encuentro y le dieron las gracias por
su amabilidad en haberse prestado á complacerles. Y los tres franceses,
desde el rincón en que estaban reunidos, no pudieron menos de admirar el
valor, la sangre fría y el orgullo con que aquella mujer desempeñaba su
papel. Apenas un movimiento un poco rápido del pecho y un ligero temblor
de sus hermosos ojos indicaban la angustia que la torturaba. Estaba en
apariencia tan tranquila como la más indiferente de las invitadas de
Harvey.

Tragomer eligió aquel momento para levantarse y saludar á la cantante.
Jenny le vió aproximarse y un escalofrío recorrió sus carnes satinadas,
pero no volvió siquiera la cabeza. Solamente al oirle dirigirle la
palabra en inglés, hizo un movimiento de sorpresa tan perfectamente
ejecutado, que Cristián se quedó lleno de admiración.

--¡Ah! ¿El señor de Tragomer, creo? dijo.

Le ofreció la mano, que él estrechó, y con una soberbia tranquilidad y
voz tranquila y pura, prosiguió:

--Hemos corrido bien los dos desde la noche en que nos conocimos...

--Usted ha obtenido nuevos triunfos, dijo Tragomer.

--Y usted hecho nuevas exploraciones.



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