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¿Ha sido usted dichoso en sus
descubrimientos?

Aquella frase de doble sentido fué dicha con tan fina ironía, que
Cristián tembló. ¿Qué garantías de seguridad tendría aquella mujer para
burlarse así de él y en aquellas circunstancias? Pero pensó que acaso
intentaba intimidarle, y respondió:

--Pienso hacer á usted juez de esos descubrimientos, si es que le
interesan.

--Á no dudar.

Hizo un saludo con la cabeza al joven y se dirigió al piano, acompañada
por miss Harvey. Sorege fué á sentarse al lado de la chimenea y con los
ojos cerrados pareció absorberse en una atención religiosa, pero no
perdía de vista á la cantante. Se produjo un profundo silencio, el
pianista preludió y Jenny Hawkins, como para acentuar el desafío lanzado
á Tragomer, cantó el _Ave María_ de Otello, que el joven había oído en
San Francisco, en aquella velada memorable. La cantante detalló
deliciosamente las angustias y las súplicas de Desdémona. Su pura y
hermosa voz parecía haber ganado en flexibilidad y en extensión. Un
murmullo de placer partió de la concurrencia y los invitados de Harvey,
sin miedo de cometer una falta de distinción, aplaudieron con
entusiasmo. Hasta los mismos _cow boys_, dominados por el encanto de la
inspiración y estupefactos ante las sensaciones que experimentaban,
desistieron de marcharse al salón de fumar, como habían proyectado.

El piano resonó de nuevo, y radiante con su traje blanco, de pie en
medio del auditorio, al que dominaba por su belleza tanto como por su
talento, Jenny Hawkins paseó una mirada de dominación por los
concurrentes. Ahora cantaba las dolorosas quejas de la _Traviata_,
cuando la pobre mujer siente que la muerte le roza con su ala. Los
adioses á la vida, á la dicha y al amor se escapaban de sus labios en
frases desgarradoras y melodiosas. De pronto y en el momento en que
Jenny pronunciaba las últimas palabras y emitía con punzante sentimiento
las notas de la cadencia final, sus ojos se quedaron fijos, su cara se
cubrió de mortal palidez, su brazo se levantó y trazó en el vacío un
ademán de terror, la voz expiró en sus labios, y apoyada en el piano
para no caer, la cantante permaneció inmóvil, aterradora en su actitud
de trágico espanto.

Un hombre acababa de aparecer entre las cortinas de seda del salón. Y
triste, pálido, demacrado espectro formidable y doloroso, la cantante
reconoció á Jacobo de Freneuse. Los concurrentes, penetrados por aquel
espectáculo y por la actitud de la artista, que atribuían á la
inspiración, cuando no era sino terror, prorrumpieron en un transporte
de admiración. Pero ya miss Harvey se había aproximado á Jenny Hawkins y
cogiéndole la mano preguntaba:

--¿Qué tiene usted, señora, está usted enferma?

--¡Nada! balbuceó la cantante... ¡Nada!

Y con su mirada aterrada indicaba á la joven aquel personaje de pie,
inmóvil y sombrío entre las cortinas de seda. El recién llegado sonreía
ya, seguro de su poder, y no miraba á Jenny Hawkins. Sus ojos se habían
fijado en otra cara cuyas deformaciones seguía con gozo cruel. Sorege,
también de pie, se preguntaba si había perdido la razón ó si un milagro
había hecho salir de la tumba al que él había metido en ella vivo. Él
también había seguido la mirada de Jenny y visto al formidable
visitante.

Se pasó una mano por la frente y dió un paso hacia atrás, como para
huir, pero de repente vió á Tragomer y á Marenval que le observaban y
tuvo la fuerza de pensar: "Me pierdo. Un poco de resolución y salgo de
este mal paso. ¿Qué pueden ellos contra mí? Yo, en cambio, lo puedo todo
contra él"... Al mismo tiempo el recién venido saludó con la cabeza á
Tragomer, que salió á su encuentro, y los dos atravesaron el salón para
dirigirse hacia el piano, donde estaban miss Maud y Jenny Hawkins.
¿Hacia cuál de las dos se encaminaban con paso tranquilo? ¿Hacia la
dueña de la casa para saludarla ó hacia la cantante para perderla?

Viendo aquellos dos hombres venir hacia ella, Jenny dejó escapar un
sordo gemido. Le pareció que su corazón dejaba de latir y que sus
pupilas iban á apagarse. No veía y sus oídos no percibían más que ruidos
vagos... Confusamente oyó la voz de Tragomer, que decía:

--Miss Maud, permítame usted que le presente á mi amigo sir Herbert
Carlston...

Al oir estas palabras Jenny experimentó una sensación de alivio
delicioso y un rayo de esperanza devolvió la claridad á su cerebro. ¿No
habría sido juguete de una ilusión? ¿Por qué aquel hombre, que se
llamaba Herbert Carlston, había de ser Jacobo de Freneuse? ¿No podía
existir una semejanza extraordinaria y terrible? No se atrevió, sin
embargo, á mirar al recién llegado, al que adivinaba á dos pasos de
ella, y dirigió los ojos hacia Sorege al que vió con terror tan alterado
y tembloroso como ella.

En la angustia de su fisonomía vió que el desastre era inminente.
¿También él creía que su víctima había podido escaparse, á pesar de las
precauciones tomadas y de las infamias cometidas? ¿No admitía que el
Herbert Carlton pudiese ser otro que Jacobo? Ante aquella idea
experimentaba tal sufrimiento por no saber á qué atenerse, que quiso,
aun á riesgo de perderse, ver á aquel hombre, verle de frente, mirarle
hasta el fondo del corazón para descubrir su pensamiento verdadero...
Levantó los ojos y miró.

Al alcance de la mano, más pálido aún por aquellas emociones contenidas,
y al lado de Tragomer grave y atento, reconoció á Jacobo. ¡Era él! Era
aquella mirada, que conocía tan bien, aquel movimiento de los labios que
tanto había amado, aquel perfume acostumbrado, que llegaba hasta ella.
Se estremeció y, segura ya, esperó resignada su sentencia. No quiso ya
resistir á la fatalidad. Una fuerza superior se imponía á ella y después
de tanto luchar, de tanto huir, de tanto temer, se replegó sobre sí
misma y, pasiva, ofreció la garganta al cuchillo, como la fiera que se
ve cogida sin remedio.

Jacobo habló y ya la duda fué imposible.

--Doy doblemente las gracias al señor de Tragomer, puesto que me ha
hecho el honor de presentarme á usted, miss Harvey, y me ha procurado el
placer de oir á la gran artista miss Hawkins.

--¿Vive usted en Londres, sir Carlton? preguntó Maud.

--Hace una semana. Soy un pobre provinciano y llego de un país al que me
habían llevado reveses de fortuna. Me encontraba solo, abandonado é
infeliz, pero unos amigos se acordaron de mí y me han sacado de mi
desierto. Juzgue usted, pues, de la alegría que experimento esta noche y
de mi agradecimiento.

Su voz era tan triste, tan dulce, tan tierna, que Jenny se sintió
transida de dolor. Pero su enternecimiento no pudo durar mucho tiempo.
Sorege, con una audacia que no debía retroceder ante nada, iba á meterse
en la pelea y tomaba la ofensiva.

--Ha cantado usted divinamente, miss Hawkins, dijo mirando á sus
adversarios con altivez, y comprendo el placer de este caballero...

Y al decir esto parecía interrogar á su prometida y solicitar una
presentación. Miss Maud accedió á su deseo.

--Sir Herbert Carlton, un amigo del señor de Tragomer.

--Lo suponía, dijo Sorege con una ironía soberbia. ¿Pero miss Hawkins no
nos hará el obsequio de cantar la segunda estrofa de esa preciosa
melodía?

--Yo se lo ruego á miss Hawkins, añadió Jacobo.

Temblorosa ante aquella rápida sucesión de episodios, la cantante pasaba
del temor á la esperanza y de éste á la desesperación con una rapidez
capaz de agotar todas las energías. Sin embargo, luchaba todavía, y
rígida, con su traje blanco, ninguno de los que la miraban hubiera
podido sospechar la espantosa tempestad que se desencadenaba en el
corazón de aquella desgraciada.

Nuestros personajes formaban en medio del salón un grupo compuesto de
tres hombres y dos mujeres que hablaban con una calma y una corrección
perfectas. Y, sin embargo, todos eran presa del terror ó de la cólera,
sus corazones destilaban cólera y sus bocas contenían difícilmente las
provocaciones y los ultrajes.

--Voy á cantar puesto que lo desean ustedes, dijo Jenny Hawkins.

--Colocarse, señores.

Miss Maud, cumpliendo la promesa hecha á Tragomer, cogió una silla y la
llevó al lado del piano, á dos pasos de la cantante. Tragomer, Sorege y
Jacobo, como si estuvieran de acuerdo, se dirigieron á la puerta de la
estufa. Penetraron en ella y Sorege, sin vacilación, con una osadía que
asombró á sus interlocutores, dijo:

--¿Pero qué significa esta comedia, Jacobo? ¿Cómo tú, aquí, con un
nombre falso y aparentando no conocerme? ¿Qué quiere decir esa
desconfianza? ¿Dudabas del placer que tendría en verte? ¿Por qué te has
confiado á Tragomer y no á mi desde tu llegada?

En una frase la situación se planteaba claramente y sin ambages. Sorege
era audaz, pero Jacobo no podía ya ser engañado, pues le conocía. Por
eso contestó tan rotundamente como había sido interpelado:

--Estoy aquí con nombre falso, Sorege, porque soy un desgraciado que no
puede llevar el suyo verdadero. Desconfío de tí porque sospecho que
contribuíste á perderme y que estás dispuesto á hacerme traición.

--¡Yo! exclamó Sorege. ¡Yo! tu amigo de la infancia, que ha llorado tu
desgracia como si fuera suya...

--Y que continúa no haciendo nada para repararla, interrumpió
bruscamente Jacobo. ¿Desde cuándo sabes que Jenny Hawkins es la misma
mujer que Lea Peralli?

Jacobo le miraba de frente, pero Sorege no pestañeó.

--¿Estás loco? ¿Quién? ¿Esa americana? ¡Lea Peralli! Bien sabes que está
muerta. Te engaña una semejanza que á mi también me sorprendió. ¡Oh! Sé
que existe un parecido increíble!...

Tragomer le interrumpió poniéndole la mano en el brazo, y le dijo con
tristeza viéndole perdido:

--No mienta usted, Sorege. Bien sabe usted que me ha dicho que Jenny
Hawkins era Juana Baud... No puede usted salir de este paso sino por la
franqueza. Si ha cometido una falta, explíquela sin reticencias, pero no
trate de negar, porque es inútil. Cada paso que dé ya en esa vía, le
perderá más seguramente...

--¡Me perderá! interrumpió Sorege con violencia. ¡Pero que extraño
cambio de papeles! ¿Perderme yo, que no tengo nada de qué arrepentirme?

--Mientras que yo, añadió Jacobo riendo con amargura, he sido condenado
como criminal, ¿verdad?



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