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Text on one page: Few Medium Many
interrumpió Sorege con violencia. ¡Pero que extraño
cambio de papeles! ¿Perderme yo, que no tengo nada de qué arrepentirme?

--Mientras que yo, añadió Jacobo riendo con amargura, he sido condenado
como criminal, ¿verdad? Sí, Sorege, tienes razón. Si yo soy culpable, tú
eres inocente.

--Pero, Jacobo ¿es posible? ¡Sospechas de mí! ¡Me acusas! ¿De qué?

--Voy á decírtelo puesto que tienes la audacia de preguntármelo, puesto
que no has desaparecido al verme para esquivar tus responsabilidades,
puesto que, contra toda verosimilitud, luchas todavía. Te acuso de haber
sabido desde el primer momento la existencia de Lea, cuando me juzgaban
por haberla matado. Te acuso de haber ido á declarar bajo la fe del
juramento lo que sabías que era falso, acto que constituye un crimen
para todo hombre honrado, pero que en ti, Sorege, mi amigo, mi hermano,
como decías hace un momento, es la acción más baja y más cobarde que se
puede cometer. Aquí tienes de lo que te acuso, puesto que deseabas
saberlo.

Sorege soportó aquel terrible apóstrofe con absoluta firmeza. En
realidad no le oía ni tenía necesidad de oirle. Sabía de antemano lo que
le diría Jacobo y sólo pensaba en ganar tiempo para reflexionar. Sabe,
pensaba, que Lea vive y que ha sustituído á Juana Baud. ¿Pero sabe que
la muerta fué Juana? He aquí lo esencial. Si ese punto es todavía oscuro
para él, nada hay perdido todavía. Lea está viva pero el vivir no es un
crimen. Yo puedo haber sabido su existencia hace poco tiempo. Este es el
plan. Y con rapidez maravillosa pasó á ejecutarle.

--¡Locura! ¡Locura! Estás engañado por falaces apariencias. Si no dije
nada en el momento del proceso, es porque no sabía nada. Tú has
reconocido á Lea en Jenny Hawkins; también Tragomer la reconoció; pero
yo estuve engañado más tiempo que vosotros y solamente al fin de mi
viaje, cuando Tragomer me encontró en San Francisco, logré descubrir la
identidad de la cantante. Pero he sido engañado como vosotros...

Mientras hablaba, Sorege seguía reflexionando y con la destreza de un
hábil tejedor entrecruzaba los hilos de su intriga. Es preciso, pensaba,
que yo salga salvo de aquí y que hable con Lea antes que ellos. Si lo
consigo, le haré comprender que debe marcharse. Si ella desaparece,
estoy salvado.

--¡Tú! repuso Jacobo, ¿Tú engañado? No, Sorege. Por una razón que
ignoro, tenías interés en no decir nada. Porque no voy tan lejos como
pudiera ir, ¿comprendes? y no veo en tí todavía más que un amigo infiel
que me ha abandonado en vez de defenderme. Pero si por tu desgracia
hubieras sido cómplice...

La fisonomía de Jacobo tomó una expresión terrible, se levantó y
resuelto, amenazador, dominando con toda la altura de su cabeza á Sorege
encorvado y vacilante, añadió.

--Si has sido cómplice, será preciso que me pagues todas las torturas
que he sufrido por tu causa, las oraciones de mi hermana desesperada,
las lágrimas de mi madre, cuya vida has truncado...

La cara de Sorege, se contrajo, una arruga de amargura apareció en sus
labios y con una rabia que ya no podía contener, dijo:

--¡Basta ya de amenazas! ¡Demasiada paciencia he tenido ya! Si tu madre
y tu hermana han llorado, ha sido por tus locuras y nadie es responsable
más que tú. Si has sufrido, es porque habías cometido faltas
imperdonables. Cesa ya de eludir las responsabilidades. ¿Acaso el
presidio ha convertido milagrosamente en un santo á un desgraciado
perdido por los vicios? ¿Porque fuiste condenado has adquirido el
derecho de acusar á los demás? No prescindamos por más tiempo del
sentido común. Hay aquí un hombre honrado tratado indignamente, pero ese
no eres tú, ¡Ya estoy cansado de soportar tus ultrajes! Créeme, sé
prudente y no abuses de la suerte que has tenido al poder escaparte. El
ruido no conviene á todo el mundo. Más te vale vivir pacíficamente bajo
el nombre inglés de que te sirves, que llamar la atención de un modo
peligroso. Me has rechazado, Jacobo, cuando estaba dispuesto á servirte.
Estoy libre de todo deber respecto á ti. Adiós.

Dió tres pasos hacia el salón y ya tocaba con la mano á la puerta cuando
esta se abrió por sí sola y aparecieron Marenval y Vesín. Al mismo
tiempo que ellos entró en la estufa un soplo de calor perfumado y un
rumor de aplausos. Era que Jenny Hawkins acababa de cantar.

--Cierre usted la puerta, Marenval, dijo fríamente Tragomer. El señor de
Sorege querría despedirse de nosotros demasiado audazmente, pero nos
cree más necios de lo que somos.

--¿Pretenderéis obligarme? exclamó Sorege.

--¡Obligar á usted! ¡Qué violento término! No, queremos continuar la
conversación con usted delante del señor de Vesín, fiscal de la
Audiencia de París--¡tranquilícese usted!--en vacaciones, y nuestro
amigo Marenval, á quien usted conoce bien. Cuantos más testigos haya de
lo que hemos dicho y de lo que vamos á decir, mejor. Al contrario de lo
que usted decía antes, estamos decididos á hacer todo el ruido posible.
Jacobo no se convertirá para siempre en Herbert Carlton á fin de imitar
á Jenny Hawkins por medio de esta ingeniosa sustitución. No, Sorege; no
caeremos más en sus artimañas. Está usted descubierto y en cuanto Jacobo
hable una hora con Lea Peralli, estará en situación de confundirle á
usted y de rehabilitarse, puede usted estar seguro.

Sorege hizo un ademán tan amenazador, que Tragomer se puso delante de
Jacobo. Estaban cuatro al rededor de él y toda esperanza de escapar era
ilusoria.

--¡Miserables! exclamó, abusáis de la fuerza y del número para
secuestrarme...

--¡Vamos allá! amigo, dijo Marenval; usted se burla. Llama usted
secuestro á estar en una estufa deliciosa con personas bien educadas...
Además, si usted quiere, vamos á llamar á miss Maud Harvey y á rogarla
que le guarde á su lado hasta que miss Hawkins salga de esta casa y
Jacobo con ella. En cuanto los dos se hayan marchado, tendrá usted toda
libertad para entrar en los salones y cenar con los invitados de su
suegro. No ponga usted, pues, mala cara y todo se hará correctamente.

Sorege pensó: "Si puedo estar libre dentro de media hora, aún podrá
acaso arreglarse todo".

--No tengo nada que temer, dijo. Hagan ustedes lo que les plazca. No
tenía intención de alejarme de aquí, pero me han insultado ustedes, me
han violentado, y cuento con que me concederán una reparación si los que
son honrados conservan un poco de valor...

Al hablar así miraba desdeñosamente á Freneuse y parecía provocar á
Tragomer:

--¡Cuidado, Sorege! exclamó Jacobo. No seas muy exigente esta noche,
porque acaso mañana te quede tan poco honor que sea hacerte una limosna
el responder á tu provocación.

Freneuse cambió una mirada con su enemigo, saludó á Vesín y salió de la
estufa. Jenny Hawkins, rodeada de admiradores y con la sonrisa en los
labios estaba en medio del salón. Vió de lejos á Jacobo que venía hacia
ella y se estremeció, pero no hizo un movimiento. Sus brazos cayeron á
lo largo del cuerpo como muertos, y su abanico palpitó entre sus dedos
como una mariposa herida. Jacobo se aproximaba con la mirada dura é
imperiosa.

Atravesó los grupos y aproximándose á ella logró aislarla entre mis
Harvey y él. Empezó por pronunciar algunas frases corrientes de
felicitación y en seguida, seguro de que nadie le veía más que ella,
dijo secamente:

--Vas á marcharte á tu casa y á esperarme. Dentro de media hora iré. Da
orden de que me reciban.

Lea bajó la cabeza y respondió:

--Obedeceré.

--Está bien.

Retrocedió un paso y dijo sonriendo á miss Harvey:

--Nos ha dado usted esta noche una fiesta deliciosa, y miss Hawkins ha
cantado de un modo divino.




XI


Jenny Hawkins acababa de entrar en su departamento de _Tavistock-Street_.
En pie en medio del salón alumbrado por dos lámparas de encima de la
chimenea, caído el abrigo hasta la cintura, despidió á la doncella diciendo
que se desnudaría sola, y se puso á acechar en el silencio la llegada del
formidable visitante esperado.

Un ruido en la calle, solitaria á aquellas horas; un paso precipitado en
la escalera y una mano impaciente que golpeaba la puerta. Lea atravesó
el pasillo oscuro, y fué á abrir. Á la tenue claridad que salía por la
puerta entreabierta, reconoció á Jacobo á pesar de traer el sombrero
echado sobre los ojos y el cuello del gabán levantado hasta la nariz.

Freneuse entró bruscamente, pasó por delante de ella, se detuvo en el
salón alumbrado, sin volverse siquiera para ver si ella le seguía, se
quitó el sombrero y el gabán y apoyándose en la chimenea, miró fijamente
á la que poseía el secreto de que dependía su salvación. Lea, aterrada
pero más hermosa todavía por su mismo espanto con su traje blanco y sus
hombros espléndidos, esperaba con la cabeza baja que él empezase á
hablar. Jacobo dijo con acento de terrible ironía:

--Los muertos pueden volver á la tierra, Lea, puesto que estás viva
delante de mi, que fuí condenado por matarte. Te creías desembarazada
del infeliz Jacobo, ¿verdad? Y dormías tranquila creyéndome en una tumba
más segura que la tuya. Yo también he salido, sin embargo, y vengo á
pedirte cuenta de todo lo que he sufrido.

Lea movió la cabeza y dijo sordamente:

--¿Has sido tú solo el que ha sufrido? ¿La responsabilidad de lo
ocurrido es de los demás ó de ti mismo? ¿Es posible que hayas olvidado
lo que hiciste? Dos años son largos, cuando se sufre, y dan tiempo para
reflexionar. ¿Has examinado tu conducta al mismo tiempo que juzgabas la
de los demás?

--¡Desgraciada! Me recuerdas las horas más tristes de mi existencia,
aquellas en que, solo y aherrojado, me volvía loco buscando las causas
de mi desdicha. ¿Cómo había de juzgar lo que no podía comprender? Lo
ignoraba todo en mi suerte; mi infortunio era para mí un enigma
indescifrable. Por muy grandes que hubiesen sido mis faltas no bastaban
para justificar el exceso de mi miseria. ¡Establecer responsabilidades!
¿Cómo hacerlo en la oscuridad de mi espíritu? Lea Peralli muerta; ¿por
qué? ¿Cómo y á manos de quién? Ni los jueces, ni los jurados, ni mi
abogado mismo, vieron lo que era imposible sospechar, aquel lazo infame
en que era cogido un inocente. Y mientras yo me moría de dolor y de
ignorancia, la pretendida víctima huía y se burlaba de la justicia y de
la inocencia y se regocijaba con su cómplice por haber llegado á tan
dichoso desenlace...



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