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Text on one page: Few Medium Many
Yo, con la cabeza llena de tinieblas, sometido á
unos jueces que me tomaban por un malvado endurecido, á unos abogados
que me encontraban estúpido porque callaba cuando era preciso
defenderme, á unos guardianes que se mofaban de mi, á una prensa
moralizadora que me arrastraba por el fango, á mi falta de conocimiento,
que hasta me incitaba á creer en un crimen, fui á dar en Numea, entre
bandidos y bajo un cielo de fuego. Y todo ¿por qué? Por haber tenido la
desgracia de amar á una criatura feroz que jugaba con mis sufrimientos y
se felicitaba por mi abyección.

Lea levantó los brazos y por primera vez miró á Jacobo con ojos aún
turbados por el terror.

--¡No! No por haber tenido la desgracia de amarla, replicó, sino por
haber cometido la indignidad de hacerla traición...

Á estas palabras, primer rayo de luz en la oscuridad que le envolvía
hacia dos años, Jacobo se estremeció y toda su inteligencia se puso en
tensión para penetrar el misterio.

--¡Ah! Empiezas al fin á confesar, infame... ¡Querías vengarte!

--Sí, contestó Lea con energía. Lo quise porque tú me obligaste. Y la
mayor parte de lo ocurrido lo hizo la casualidad.

--¡Al fin voy á saber! exclamó Jacobo en una especie de delirio. ¡Te
tengo aquí, maldita, y hablarás ¿entiendes? aunque tuviera que
arrancarte tu secreto del corazón con las uñas! ¡Oh! no tendré piedad,
como tú no la tuviste. No cuentes con ninguna gracia. ¡Vas á decirlo
todo ó, por mi honor, que te mato, y esta vez no resucitarás!...

Se irguió espantoso y su cara expresó una implacable resolución. Pero
Lea parecía más tranquila á medida que él se mostraba más exaltado. Se
sentó lentamente en una silla, cerca de Jacobo, y dijo con dulzura:

--Es inútil que me amenaces; estoy resuelta á hablar. Si no te hubieras
presentado á mí y yo hubiera sabido tu presencia en Londres, te hubiese
ido á buscar. Hace mucho tiempo que este secreto pesa sobre mi
conciencia y que el remordimiento me tortura... Hablas de lo que has
sufrido... Vas á saber lo que he sufrido yo y después compararás. Acaso
tu prisión no era más dura que mi libertad, porque tú tenías derecho de
llorar, de maldecir, mientras que yo estaba obligada á brillar, á
divertir á los demás, á encerrar mi dolor en mí misma. No he sido la
única culpable, pero si sola para sufrir la expiación.

--¿Tenías cómplices?

--Uno solo.

--¿Sorege?

--Sí.

--¡El miserable! ¿Y por qué quiso perderme?

--Porque me amaba.

Jacobo se quedó inmóvil, silencioso, respirando apenas, tan oprimido
estaba por la angustia de aquel momento solemne. Por fin preguntó:

--¿Pero tú, por qué te prestaste á su infamia? ¿Por qué contribuíste á
perderme?

Lea contestó en tono brusco y desesperado:

--¡Porque te amaba!

--¿Y por eso me condenaste á un suplicio peor que la muerte?... ¿Quién
era, pues, la mujer asesinada? ¿Qué te había hecho?

--Lo mismo que tú. Me hacía traición descaradamente; iba á marcharse
contigo; me insultaba con su triunfo y se burlaba de mis celos...

Jacobo se estremeció. Acababa de comprender.

--¡Era Juana Baud!

--Sí; era ella.

--¿Y quién la mató?

Lea levantó orgullosamente la cabeza y respondió con acento terrible.

--¡Yo!

--¡Tú, desgraciada! ¿Y cómo?

--Vas á saberlo.

Todo quedó en silencio, solamente turbado por la respiración anhelosa de
Lea. El rumor de la ciudad dormida se apagaba á lo lejos con el sordo
rodar de los ya escasos coches. Jacobo se sentó sombrío y cansado en un
sofá, y seguro ya de saber lo que con tanto ardor había deseado, se
dispuso á escuchar sin prisa. Lea, inclinada hacia él, con la cara
ensombrecida por una violenta emoción, los codos sobre las rodillas y
balanceando el cuerpo por un movimiento inconsciente, habló con voz
entrecortada:

--Bien sabes cuánto te he amado y con qué pasión tan exclusiva. Durante
dos años fuiste toda mi vida. Mis costumbres, mis gustos, mis caprichos,
todo lo subordiné á tu fantasía y jamás un rey fué más complacientemente
adulado por una favorita que todo lo esperase de él, que tú lo fuiste
por esta mujer que nada quería ni esperaba. Yo no era venal y nunca te
pedí dinero. Vivía de tu vida y si tú dilapidaste tu fortuna, me harás
la justicia de confesar que nunca te incité á ello ni tuve nada que ver
con tu ruina. Tú me revelaste el amor. Antes de conocerte, sólo había
tratado indiferentes; mi marido y algunos botarates de mi país que
ningún poder tenían sobre mis sentidos. Tú me volviste loca el primero y
me adherí á tí con un ardor igual á la dicha que me dabas. Me traías á
todos tus amigos, orgulloso de mi belleza y sin que jamás parecieses
celoso. ¿Para qué, si sabías que no existía para mí más hombre que tú?
Todos los compañeros de tu vida disipada me hicieron el amor, menos
Tragomer, que desconfiaba de mí, y tú lo supiste de todos excepto de uno
á quien juzgué desde el primer día y que me daba miedo.

--¿Sorege? preguntó Jacobo.

--Sorege. Ese no era un vividor insignificante como los demás. Se
imponía por la originalidad de su actitud y la ironía de su palabra. No
podía pasar inadvertido, y cuando se le había conocido una vez, había
que acordarse de él, aunque no fuera más que para odiarle. Solamente me
inspiró temor. Se acercó á mí y con maneras cautelosas encontró medio de
expresarme los sentimientos que le inspiraba, sin ninguna confesión que
pudiera comprometerle. Sabía precaverse contra una revelación de mi
parte, y si yo me hubiera visto obligada á repetir sus palabras, nada
incorrecto se hubiera visto en ellas. Yo no me atrevía á bromear contigo
sobre sus pretensiones como lo hacía sobre las de otros, y seguro de la
impunidad, ya no se contuvo y me aseguró que por un medio ó por otro me
obtendría. Le respondí de un modo que debió hacerle mucho daño, porque
por primera vez le ví palidecer y descomponerse. Con espantosas amenazas
me juró que aunque tuviera que causar tu pérdida, me libraría de tí,
pues bien sabía que mi amor me impediría ceder de buen grado.

--¡Cobarde! exclamó Jacobo, con la cara contraída por el furor. ¿Por qué
no me dijiste nada?

--Porque empezabas á separarte de mí, lo conocía, y no quería perder una
ocasión de probarlo por medio de sus revelaciones. Desempeñaba el papel
de Yago con un arte feroz. Solamente que era á Desdémona á quien
dedicaba sus envenenadas confidencias. Todo lo que tu ciega confianza le
hacía saber de tus negocios ó de tus placeres, venía á repetírmelo. Yo
quería alejarle, porque me torturaba, pero tenía sed de saber y me
prestaba á sus delaciones creyendo aprovecharlas para conservarte.
Nuestras conversaciones eran unas salvas de injurias. Yo le colmaba de
maldiciones y él me insultaba groseramente con su seguridad de poseerme.
Vino para nosotros la época de los apuros; las deudas crecían y los
acreedores se volvían exigentes. Tú, más loco que nunca pasabas las
noches jugando en el círculo y los días en las carreras, y yo,
abandonada por el hombre á quien amaba, vivía entregada sin defensa á
las inspiraciones violentas de mi carácter. En aquellos momentos
peligrosos para mí conocí á Juana Baud. Quería hacerse cantante y me
rogó que le ayudase á rectificar su mala pronunciación italiana. Yo
estaba sin ocupación y sumida en horrible fastidio, y acepté por
distracción y porque aquella muchacha me agradaba. Tú la recuerdas,
joven, alegre, risueña, viviendo en el mayor descuido y ávida solamente
de placer, al que se entregaba con locura. Nunca había yo tenido por
amigas sino mujeres honradas. La viveza de las efusiones de Juana me
pareció singular, pero era tan tierna, tan encantadora, que atribuí á la
amistad lo que debía explicarse por pasión. Tomé mucho cariño á aquella
muchacha, sin sospechar cómo me amaba ella, y solamente una noche, al
volver de la ópera, tuve la revelación repentina de lo que pasaba en su
ánimo. Acabábamos de cenar las dos y te estaba esperando, cuando
llamaron á la puerta.

--Es Jacobo, exclamé, habrá olvidado su llave. Espera: voy á abrir.

Fui al vestíbulo y pregunté á través de la puerta:

--¿Eres tú, Jacobo?

Pero la voz de Sorege me respondió:

--No, soy yo. Necesito decir á usted una palabra. Me voy en seguida.

Tuve intenciones de despedirle, pero la presencia de Juana me
tranquilizó. Abrí y Sorege entró en casa sin sospechar que no estaba
sola. Sin sentarse me dijo en seguida:

--¿Espera usted á Jacobo? No vendrá.

--¿Por qué?

--Porqué está en otra parte.

--¿En el círculo?

--No, acaba de salir de allí.

Se reía al hablar así, el monstruo, sabiendo todo el mal que me hacía.
Palidecí y él me dijo:

--Mírese usted en el espejo, Lea, y vea su cara descompuesta. Ese Jacobo
va á matar á usted si no toma el partido de dejarle. La engaña lo
bastante para que le haga usted lo mismo.

--¡Cállese usted, miserable! Bien sabe que si le engaño alguna vez, no
será con usted.

--¡Á que sí! Y más pronto de lo que usted cree. ¡Es matemático! Usted
será mía y Jacobo mismo habrá de procurarlo. Una mujer como usted no se
resigna al abandono ni á que la engañen con viejas como la Deverrière y
la Tresorier, ó con mujerzuelas, como...

Le interrumpí furiosa:

--Aunque Jacobo fuera mil veces más infiel, no le engañaría con usted.
Con otro, puede... ¡Sí! Si supiera que eso le hacía á usted sufrir,
acaso...

Sorege hizo un movimiento de cólera, y cogiéndome bruscamente por el
cuerpo, balbuceó:

--¡Ahora mismo entonces! Ya te tengo...

Era forzudo y me había echado en un sofá. Yo me defendía llenándole de
injurias al luchar, cuando la cortina del comedor se levantó y apareció
Juana diciendo tranquilamente:

--¡Ande usted, señor de Sorege! No se moleste por mí ¿Quiere usted que
le ayude?

El efecto fué inmediato. Sorege se levantó exasperado por su fracaso y
temblando por sus esfuerzos, y salió sin decir palabra, pero echándonos
una mirada mortal. Yo, con los nervios retorcidos y el corazón
desgarrado, prorrumpí en sollozos y Juana, arrodillada á mi lado, se
esforzó por consolarme. Sus besos enjugaban mis lágrimas y sus abrazos
se estrechaban á medida que sus palabras se hacían mas tiernas. Estaba
en sus brazos sin saber lo que hacía y sin pensar en lo que me decía
Juana, á la que escuchaba aturdida sin otra sensación que la del agrado
que producen las muestras de cariño después de una agresión brutal y de
la espera indefinida de un amante infiel...



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