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Text on one page: Few Medium Many
Sus besos enjugaban mis lágrimas y sus abrazos
se estrechaban á medida que sus palabras se hacían mas tiernas. Estaba
en sus brazos sin saber lo que hacía y sin pensar en lo que me decía
Juana, á la que escuchaba aturdida sin otra sensación que la del agrado
que producen las muestras de cariño después de una agresión brutal y de
la espera indefinida de un amante infiel... Pasaba el tiempo y yo
perdía la esperanza de verte volver. Juana me ofreció quedarse á mi lado
con una voz tan suplicante, que no pude oponerme. Además era una mujer y
me parecía que así no me hacía culpable para contigo. El día seguiente
tuve vergüenza y quise no volver á recibir á aquella loca, pero la vi
llorar y comprendí que iba á hacerle sufrir los mismos dolores que yo
pasaba por ti, sin contar que encontraba cierta dulzura en tener un
corazón á quien confiar mi pena... Así pasaron seis meses, los peores
de mi vida. Te amaba más y con más pasión desde que no te pertenecía
exclusivamente y prefería la muerte al pensamiento de separarme de tí.
Debes recordar el fin de aquel horrible período, durante el cual pasabas
en el juego los días y las noches, poseído de un vértigo en el que
debían zozobrar tu fortuna, tu honor y tu vida. Sorege, que había vuelto
como si nada hubiera pasado, me tenía al corriente de todas las fases de
la partida empeñada por ti. Se había vuelto risueño y ya no me hablaba
de amor. Debí temerlo todo, pero una especie de aturdimiento me dominaba
y no estaba verdaderamente en posesión de mi razón. Vivía en una especie
de desequilibrio moral y de tensión nerviosa que me tenían á merced de
los impulsos de mi desesperación y de mi cólera. Te vi llegar loco de
angustia, después de haber perdido cuanto tenías y debiendo pagar una
suma en el círculo, so pena de ser expulsado, y te di mis alhajas para
empeñarlas como te hubiera dado mi vida si me la hubieras pedido.
Entonces--oye bien esto--entonces fué cuando se produjo aquel espantoso
episodio que me hizo perder la razón y trajo todos los desastres.

Con la voz enronquecida por la emoción que le producían aquellos
terribles recuerdos, Lea se calló un instante. Jacobo, impasible, no la
interrumpía ya, poseído por el punzante interés del relato. Ni los
sufrimientos inmerecidos de su antigua amada ni sus goces criminales le
habían arrancado ni un suspiro. Había permanecido mudo ante las
confesiones de celos y de traición. Él había expiado sus faltas y no
tenía remordimientos. ¡Qué importaba lo que Lea decía de Sorege, de
Juana, de ella y de él mismo! Lo que estaba ávido de saber era cómo le
habían perdido y cómo podría rehabilitarse. Lea se pasó el pañuelo de
encajes por la húmeda frente y comprimiéndose el corazón, que latía con
fuerza, continuó:

--Oye lo que sucedió, imprevisto y monstruoso. El día siguiente de aquel
en que te di cuanto poseía, recibí la visita de Sorege. Se presentó
frío, la cara grave y como impresionado por un suceso de importancia. Se
sentó y me miró en silencio con una expresión de piedad que nunca le
había visto. Por fin habló y desde las primeras palabras mi furor no
reconoció límites. Venía á contarme que eras el amante de Juana y que no
teniendo esperanza de reponerte en París, habías resuelto partir con
ella á Londres, donde acababa de firmar una contrata sin que yo lo
supiera. Aunque acostumbrado á mis accesos de cólera, Sorege pareció
alarmado y trató de calmarme con su pérfido aire de bondad.

--Bien había yo previsto que llegaría el momento en que tendría usted
que contar con un amigo verdadero. Ya ve usted la inconstancia de su
amante y la ingratitud de su amiga. Uno y otra la insultan y la engañan.
¿Vacilará usted en romper la primera con Jacobo y en poner en la puerta
á esa insensata á la que ha hecho usted tantos favores?

Yo quise protestar, discutir.

--¿Quién me dice que usted no me engaña? Le creo capaz de todo para
conseguir sus fines. ¿Cómo no habría yo sospechado ni visto nada de su
intimidad? Tiene usted mucho interés en mentir para que le crea
fácilmente.

--No se trata ya de discutir, dijo fríamente. Sepa usted que el mismo
Jacobo me ha dado los detalles que acabo de contar. Juana, que habita un
departamento amueblado, lo ha despedido la semana pasada. Sus baúles
están hechos desde ayer y va á dejarlos en depósito en la estación del
Norte. Ella se va á Boulogne y el saldrá por otra línea é ira á reunirse
con ella. ¿Es claro todo ésto?

Hablaba con tal calma, que no traté ya de discutir ni dudé más. La
verdad me anonadaba y una rabia loca empezaba á hervir en mi corazón.
Bramaba de rabia, en aquel saloncito en el que había pasado horas tan
dichosas, al verme vendida y abandonada á la vez por mi amiga y por mi
amante. Sorege en tanto estaba impasible y sin decirme una palabra de
consuelo, como si contase para su triunfo con el exceso de mi mal. Me
miraba en silencio y por fin me dijo:

--¿No debe ver á usted Juana antes de partir?

--La esperaba en seguida. Mis criados tienen permiso y yo debía comer
con ella... Pero no vendrá; no tendrá esa impudencia.

--¿Quién sabe? dijo Sorege. Es muy grande y muy delicado el placer de
asistir á la mistificación que uno mismo ha preparado y gozar de la
confianza estúpida de aquel á quien se engaña. No me sorprendería que
viniese á dar á usted un beso antes de robarle su amante...

--¡Pobre de ella! exclamé.

--¡Bah! ¿Qué iba usted á hacer? No creo que pensase sacarle los ojos ó
abrirle la cabeza. Eso sería muy vulgar.

No respondí. Por mi cabeza enloquecida y en la que las ideas parecían
chocar unas con otras con un ruido de olas, pasaron fulgores siniestros.
Me sentía arrebatada por un vértigo de muerte. Sorege me dijo:

--Siento mucho haber prevenido á usted, porque me parece dispuesta á
hacer tonterías. ¡Vamos! cálmese usted. Después de comer vendré á ver si
esta más tranquila y espero encontrarla razonable.

Se marchó y yo me quedé como desvanecida en un sofá, con la cabeza en
los cojines, dando vueltas al veneno que había vertido en mi pensamiento
aquel monstruo que, según he visto claramente después, lo había
combinado todo para impulsarme á un acto de suprema demencia. Un
campanillazo me sacó de mi sopor y me hizo poner en pie. Miré el reloj y
eran las siete. Abrí y vi á Juana. Entró alegremente, me besó en la
oscuridad del vestíbulo y me siguió tarareando hasta el salón donde se
quedó admirada viendo á la luz del crepúsculo mi extremada palidez, mi
desorden y mi angustia.

--¿Qué tienes? me preguntó inquieta.

La miré y la vi en traje de viaje con sombrero redondo y un saco de
cuero. La certidumbre de que Sorege había dicho la verdad se imponía á
mí fulminante. Recobré repentinamente mi sangre fría al ver tanta doblez
y respondí con calma, casi con languidez.

--Tengo jaqueca; mira, estoy en traje de casa. Si quieres, no saldremos
para ir á comer. Tengo aquí con qué improvisar una buena comida; nos
quedaremos tranquilamente al lado del fuego y me harás compañía hasta
muy tarde.

Ordinariamente Juana acogía esas proposiciones con transportes de
alegría; pero entonces la oyó fríamente y una sombra pasó por su mirada.

--Me quedaré á comer, eso si, con mucho gusto, como te había prometido.
Pero no podré pasar la velada contigo. Tengo cita para un asunto serio
con mi profesor de canto Campistrón. Tendré que dejarte á las nueve.

Su hipocresía me puso fuera de mí.

--¿Estás segura de que es á ver á tu profesor de canto á donde vas?

Mi acento, mi actitud y mi palidez la turbaron repentinamente.
Retrocedió un paso y balbuceó:

--¿Pero qué me preguntas? ¿Por qué había de engañarte?

Fui hacia ella hasta tocarla y cara á cara le dije:

--Porque ya me has engañado y me sigues engañando; porque eres una
infame que no contenta con robarme tu ternura, me robas también la de mi
amante.

Enrojeció y con los dientes apretados por el temor y por la cólera,
respondió:

--¿Quién ha dicho eso?

--Yo lo sé.

--¡Es falso!

--¿Falso? Te vas con él á Inglaterra; me le quitas cuando sabes que no
puedo vivir sin él. Tu me asesinas, tu me...

La voz se perdió en mi garganta y, fuera de mí, permanecí delante de
ella sin decir palabra y como atontada. Juana me creyó impotente y
aniquilada y cobrando ánimos me dijo con risa insultante:

--¡Bah! No le amas tanto puesto que le olvidas muy bien conmigo...

Me insultó echándome en cara lo que constituía mi remordimiento secreto
y me hirió en lo más sensible de mi ser. Retrocedí y no encontrando una
palabra bastante despreciativa, la golpee en la cara con toda mi fuerza.
Lanzó un agudo grito, se puso lívida y con los ojos echando llamas se
arrojó á mi rechinando los dientes. Sentí sus dedos rodear mi garganta y
perdí la respiración. Entonces me defendí golpeándola el pecho,
pegándola con la rodilla en el vientre, tratando de tirarla al suelo. Y
así luchamos sordamente, sin un grito, respirando el odio y la muerte.
Mis ojos se cegaron por una espesa niebla. La cogí por la garganta y
apreté los dedos hasta hundírselos en la carne. De pronto aquella mujer
cesó de luchar y cayó en la alfombra. Me arrojé sobre ella como una
furia y sin noción de lo que hacía. No había en mí sino el instinto de
la bestia que quiere matar para vivir. Al cabo de un instante me cansé;
ella ya no hacía resistencia, y con los ojos extraviados me levanté y
miré. Estaba tendida, inerte, con la cara tumefacta por los golpes, los
ojos en blanco, la boca torcida, horrible y amenazadora todavía. Al
entrar en posesión de mis facultades, se apoderó de mi el espanto y me
estremecí viendo á aquella desgraciada inmóvil y contraída. La cogí,
quise levantarla y su cuerpo me resultó pesado y blando en mis brazos.
La llamé y no me respondía. Iba á pedir socorro para tratar de volverla
á la vida, pero la prudencia me contuvo. Toqué su corazón, escuché su
pecho y retrocedí horrorizada. ¡Estaba muerta! Una inmensa desesperación
se apoderó de mí. ¿Era posible que me hubiese convertido en una
criminal? Era verdad que me había hecho traición, insultado,
agredido... Pero yo la había matado y todas las consecuencias se
desarrollaron instantáneamente en mi espíritu. Me vi presa, juzgada,
condenada y un terror invencible se apoderó de mí.



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