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Text on one page: Few Medium Many
Me vi presa, juzgada,
condenada y un terror invencible se apoderó de mí. No tuve ya más que un
pensamiento, huir á la suerte que me esperaba, y sin pensar en lo que
hacía, sin vestirme, en zapatillas, me lancé á la escalera y eché á
correr. Estaba ya en el entresuelo, cuando una mano me detuvo y una voz
me dijo bruscamente.

--¿Dónde va usted así, Lea?

Permanecí como atontada y sin responder. Era Sorege que, según su
promesa, venía á saber qué había sucedido. Mi turbación y el desorden de
mis vestidos le dijeron bastante sin duda, pues me cogió por un brazo y
me dijo bajando la voz:

--¿Está usted loca? ¿Qué significa?... Suba usted conmigo.

Me hizo entrar en mi casa, cerró la puerta con cerrojo, entró en el
salón el primero, pues yo no quise pasar delante de él, y viendo á Juana
Baud tendida en el suelo, lanzó un juramento y dijo volviéndose hacia
mí:

--¡He aquí un feo negocio! ¿La ha matado usted? Era una bribona, pero el
procedimiento es brutal...

Yo exclamé, impulsada por la necesidad de disculparme:

--¡Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello... ¡Tuve necesidad de
defenderme!

Sorege respondió con una flema horrible en semejante situación:

--Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted está perdida.

Yo me arrojé á él:

--¡Oh! No me abandone usted! ¿Qué voy á hacer sin ayuda? ¡Sálveme!

Me eché á llorar mientras él me miraba con tranquilidad.

--¿Yo abandonar á usted? ¿Cómo puede creerlo? Sabía que me necesitaría
usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aquí estoy
pronto á defenderla.

--¡Dése usted prisa!, exclamé temblando de fiebre.

--Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volverán antes de las
doce y no entrarán en esta habitación...

--No.

--El único que puede venir es Jacobo y ese no vendrá seguramente. Somos,
pues, dueños de nuestras acciones.

Reflexionó un instante; después miró á la muerta y repitió varias veces:

--Sí; es el único medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que
quiera es preciso asegurar la fuga.

Se acercó á mi y me dijo dominándome con toda su resolución firme y
lúcida:

--Es imposible sacar este cadáver de aquí. Le encontrarán, pues,
fatalmente mañana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrirá su
identidad y usted será perseguida y presa. Hay aquí una mujer muerta,
¿por qué ha de ser Juana Baud?

--¿Pues quién ha de ser? pregunté.

--Usted.

--¡Yo! ¿Cómo es posible? Usted pierde el juicio.

Sorege continuó sin responderme:

--Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie
la buscará. Es preciso que la mujer muerta aquí sea Lea Peralli. Lea se
va á Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar
pasaje para América. Mientras, los agentes de policía, los magistrados y
toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lío
que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma
estatura, las mismas carnes y sólo difieron en la cara y en el color del
pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve á Lea para
teñirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece
con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revólver en la cara. Lo
mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia
más que el género de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es
despistar á los listos de la policía. ¿Y cómo no lograrlo? Se encuentra
una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; ¿quién va á dudar
que es ella y por qué echarse á buscar por otro lado? Lea Peralli se
queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aquí resuelto el
problema. ¿Quién dice que esto es difícil?

Se puso á reir en silencio viendo mi estupor. Había seguido su
razonamiento y comprendía su formidable habilidad. Pero exclamé:

--¿Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quién había cometido
el crimen?

--¡Bah! dijo Sorege en tono burlón. Es usted muy curiosa. ¿Quién ha de
haber cometido el crimen? La persona á quien aproveche.

Temblé al comprender, pero él no me dejó tiempo de dudar.

--¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Quién ha hecho á usted traición
indignamente? ¿Quién iba á llevarse otra mujer con su dinero de usted en
el bolsillo? ¿Quién, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crédito,
casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar
á su querida?

--¡Jacobo! exclamé llena de horror. ¡Oh! Jacobo... ¡Jamás! ¡Jamás!
¡Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten!
Cometer semejante infamia... ¡No! ¡No!

--Una infamia semejante á la suya... No hará usted más que
corresponder, sencillamente... ¡Cuántos escrúpulos, cuando él ha tenido
tan pocos! ¡Él había resuelto plantar á usted, sin pensar si moriría de
desesperación y de cólera!

--¡No! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Déjeme usted!

Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.

--¡Oh! ¡Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer á
usted. Quiero salvarla y se empeña usted en perderse. ¡Allá usted! ¿Qué
me importa á mi todo esto? Soy su último amigo, el más seguro, el más
adicto, y Dios sabe en qué responsabilidades incurro... ¿Usted me
rechaza? ¡Adiós!

Dió un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con
aquel cadáver me quitó toda mi energía. Mi suprema honradez, vencida por
los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta á ceder.

Ese hombre intentó todo lo que puede corromper un alma que resiste al
mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fué pronto
completa. ¡Oh! ¡Noche espantosa! fué preciso desnudar á la muerta,
ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos,
tuvimos que teñir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en
rubios en nuestras manos profanadoras. ¡Cuadro de espanto y de horror,
aquel agua perfumada corriendo por la pálida frente del cadáver, aquel
fúnebre disfraz para el ataúd! ¿Cómo pude soportar esa prueba sin que mi
corazón estallase en pedazos? Lo que después pasó se pierde en una
especie de densa niebla... Estaba medio muerta cuando Sorege, con un
revólver que tú me habías regalado tiró á boca de jarro tres balazos en
la cara de la víctima, ya inerte hacía algunas horas. Aquel hombre me
vistió con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un
espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contenía los
papeles de la víctima, me hizo salir de mi casa. No tomó, de todo lo que
me pertenecía, más que la papeleta del Monte de Piedad que tú me habías
enviado aquella misma mañana. Yo ignoraba entonces el uso que quería
hacer de ella. Me llevó á la estación, recogió los baúles de Juana con
el talón que encontró en el saco, y tomándome un billete de primera, me
puso él mismo en el tren de Boulogne. Viéndome allí en seguridad, me
dijo:

--Vaya usted á parar al hotel del Casino y espéreme. Mañana por la noche
llegaré para darle noticias.

Partió el tren. Sorege me hizo un último signo de animación y casi
desvanecida de fatiga y de angustia, me alejé de París, dejando tras de
mí el horror de un doble crimen; el que yo había cometido y el que había
dejado cometer.

Jacobo inmóvil, temblando, miraba á Lea con más lástima que cólera.
Estaba penetrado del horror de la situación en que aquella desgraciada
se había encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto
cometido había tenido para él y no pensaba más que en el peligro que
había corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:

--Sí, todo estaba audazmente combinado y debía resultar. Mi turbación y
la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana
debían asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida
con su ropa, ¿quién podía ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda.
Menos firme que tú, volví los ojos cuando me enseñaron el cadáver en la
siniestra losa del depósito. ¡Hay qué tener una disposición especial
para examinar de cerca los muertos! No supe más que llorar, cuando
hubiera sido preciso discutir y examinar! ¿Y tú, no pensabas todo esto,
desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi pérdida?

--Sí, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como había anunciado, y
sometida á la dura autoridad de mi cómplice, no podía resistir. Lo
intenté, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de
desesperación y de remordimientos y le supliqué que buscase un medio de
disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se echó á reir y
dijo con espantosa ironía:

--¿Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al señor de Freneuse?
¡En seguida! ¿Está usted loca? Él se ha metido en ese atolladero; que
salga si puede.

--Pero su madre no ha hecho nada y va á llorar lágrimas del corazón. Su
hermana es inocente y vamos á aniquilar su porvenir...

Sorege cambió de expresión y dijo abandonando su calma:

--¡No me hable usted de su hermana! Odio á toda esa gente y á su hermana
más que á los demás ¿entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me
rechazó... ¡No lo olvidaré!

Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perdí la cabeza.

--¡No quiero permanecer á merced de usted!... ¡Le tengo miedo! Su
amistad es tan temible como su odio. Déjeme usted marcharme; será de mi
lo que Dios quiera, pero separémonos...

Me cogió un brazo y, perdiendo todo disimulo, dejó de ser el hombre bien
educado que yo había conocido y se volvió grosero y brutal.

--Criatura estúpida ¿crees que estoy aquí para obedecer tus caprichos?
Soy tu dueño, no lo olvides. ¡Me perteneces! Si te he sacado del mal
paso es porque te deseo y nada más. ¿Qué me importaba á mi que te
cortasen la cabeza por haber matado á tu compañera en un acceso de
celos? ¿tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de
mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y
quiero poseerte... ¡Y voy á satisfacer ahora mismo mi capricho!

Me cogió y yo traté de resistir, pero estaba aniquilada por las
emociones sufridas. Sentí sus labios sobre los míos y exclamé:

--¡Me horroriza usted!

--¡Pues yo te encuentro deliciosa!

--¡Prefiero morir!

--¡Bah! eso se dice, y luego...

--¡Cobarde!

Me dejó libre y me dijo furioso:

--¡Basta de farsas!



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