A B C D E F
G H I J K L M 

Total read books on site:
more than 10 000

You can read its for free!


Text on one page: Few Medium Many
Por su audacia de anoche, cuando no
estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar
de él cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda
energía, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolverá
y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por
honradez, prevenir á Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre
que piensa admitir en su familia, tendrá derecho para hacernos cargos.
Por otra parte, he prometido á su hija decírselo todo.

--Esto va á dar un golpe mortal á las aficiones nobiliarias de las
americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirán, no podemos
pagarnos maridos de confianza, más nos vale quedarnos solteras.

--Habrá que avisar también á Vesín. Su concurso nos ha sido muy útil y
es justo que sea de los primeros en saber el éxito de nuestros
esfuerzos.

--Y prevendremos en seguida á mi madre de que todo va por buen camino,
dijo Jacobo.

--Yo iré, si quieres, ahora mismo á ver á la señora de Freneuse, dijo
Tragomer.

--Sí, querido Cristián, respondió Jacobo sonriendo. Eso te corresponde
porque eres el iniciador, el primero que vió en la oscuridad y mostró á
Marenval la pálida y lejana luz que te guiaba.

--Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo
Cipriano con sencilla expansión, me parece estar soñando. Me veo todavía
en el comedor del círculo, cuando después de marcharse Maugirón con las
mujeres, Tragomer empezó á contarme esta historia. Al principio su
relato me pareció imposible, después empezó á interesarme la verdad que
se vislumbrada y por fin me sentí como loco. Sentía un deseo terrible de
entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las
complicaciones que iba á afrontar... ¡Ah! debo confesarlo; sin el
ascendiente que tomó sobre mí Tragomer desde aquella noche, hubiera
abandonado la empresa. Pero me impulsó, fuerza es decirlo. Y una vez el
dedo meñique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Después,
la visita á la señora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la
entrevista con Campistrón... ¡Ah! querido Jacobo; aquéllo era
extraordinario. Cada paso que dábamos en nuestro camino, veíamos más
claro. Jamás dos hombres han corrido aventura más interesante. Ir en
busca de un Nansen ó de un Andrée no era nada en comparación con el
interés de nuestra empresa, pues no sólo íbamos á socorrer á un hombre,
sino á descubrir la verdad. Vezín lo vió bien cuando nos dijo: "No van
ustedes á lograr nada, pero les envidio la tentativa que van á hacer y
si yo no tuviera una posición oficial, me iría con ustedes". Pues bien,
después de haber ido contra viento y marea, henos aquí en el puerto, con
Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso
éxito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.

--La verdad no está todavía en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo
estará esta noche.

Tragomer movió la cabeza con aire preocupado.

--Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesión de
la culpable, no estaré tranquilo.

--¡Bah! ¿Qué teme usted todavía? preguntó Marenval impaciente.

--Que Sorege haga desaparecer á Jenny Hawkins antes de que escriba su
declaración. Conozco la autoridad despótica que ese bribón ejerce sobre
la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamoteó
en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre
para encontrar un medio de alejarla y, después, ¡échala un galgo!

--¡Por vida de!... Prevengamos á la policía inglesa, exclamó Marenval
con la violencia de un hombre á quien se discute una victoria que
considera ya obtenida. No nos dejemos vencer á última hora por ese
malvado. Se burlarían de nosotros.

--No tengáis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha
comprometido á permanecer encerrada en su casa y á no recibir á nadie
hasta esta noche. Mañana se marchará y Sorege no podrá contar más que
con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. Tú, Cristián, vete á llevar
la buena noticia á mi madre. Usted, Marenval, á casa de Vesín. Yo iré á
ver á miss Harvey y allí nos encontraremos todos después.

En cuanto Sorege despertó y tomó su desayuno, tomó un coche de alquiler
y se dirigió á _Tavistock-Street_. Nunca el tal hacía las cosas á medias.
Había dormido y comido bien y se sentía dueño de sí mismo. Lo importante
era hablar á Lea. Si lo conseguía, no desconfiaba de traerla á su
partido. Ante todo era preciso saber qué se había tramado entre ella y
Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, salió Sorege de sus
meditaciones. Saltó al portal y subió vivamente la escalera.

Un viejo _gentleman_, vestido con un pantalón roto, una levita adornada
con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar
concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la
fisonomía y en el traje extremadamente miserable, Sorege observó
detalles que le llamaron la atención y lo hicieron sospechar si aquel
hombre sería un polizonte. Miró por el hueco de la escalera mientras
subía lentamente y el hombre había dejado de lavar el suelo y le seguía
con la vista. Llegado al segundo, Sorege llamó. Ningún ruido en el
interior, ningún golpe de puertas, ni el más ligero rumor de pasos. Un
silencio de casa vacía. Llamó de nuevo y esperó con el corazón agitado.
Nada se oyó. Sorege tenía la convicción de que Lea estaba en su casa y
no quería abrir y veía claramente que entraba en lucha con él y estaba
ganada por sus adversarios. Palideció de cólera, pero resistió las ganas
que tenía de echar la puerta abajo de un puntapié y entrar por fuerza.
El _gentleman_ de los guiñapos y del sombrero de copa, que había dejado
de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pensó y ésta idiota de
mujer llama, puedo ser conducido al puesto de policía. No arriesguemos
el tener que entrar en explicaciones. Permaneció todavía un instante
escuchando á través de la puerta y le pareció oir como un vago rumor de
respiración. Pensó que acaso Lea escuchaba también acechando con ansia
su partida, y como si hablase á una sombra dijo en voz muy baja:

--Jenny, sé que está usted ahí. ¡Loca! Ábrame usted. Va en ello su
salvación... Los momentos son preciosos... La engañan á usted...
Escúcheme...

La sombra no respondió y Sorege, con el corazón henchido de rabia, hizo
un gesto de amenaza y se decidió á bajar lentamente la escalera. El
_gentleman_ de los harapos se había vuelto á poner á su limpieza, y al
pasar Sorege se llevó la grasienta mano al sombrero y dijo con voz
ronca:

--¿Busca usted á la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo
el día...

Sorege no se dignó siquiera responder... Miró al hombre de alto á bajo
y salió. Subió al coche que le esperaba y se hizo llevar á _Hyde-Parck_.
Eran las diez. Bajó en la esquina de _Piccadilly_ y se dirigió al jardín
á pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso.
Evidentemente Lea le hacía traición, pero ¿qué habría dicho? ¡Las
mujeres son tan hábiles para presentar las cosas bajo el aspecto que más
les conviene! Sin confesar toda le verdad, ¿no había podido echar sobre
él la responsabilidad? Á este pensamiento cerró los puños y su semblante
se contrajo. Como él mismo decía anteriormente, no había testigos y esto
que le favorecía podía también hacerle daño, pues si bien él podía negar
toda participación en el crimen, Lea por su parte, podía afirmar que era
él quien le había cometido ó ayudado, al menos, á cometerle. La
seguridad de los dos había siempre dependido de su unión. De acuerdo,
podían defenderse; separados, estaban perdidos.

Allá, en la orilla de aquel precioso río artificial rodeado de verde
musgo y sobre el cual inclinaban los árboles sus hojas nacientes, Sorege
tuvo conciencia de su pérdida inevitable y tembló de miedo y de cólera.
Pero no pensó en capitular; antes al contrario, se afirmó en el
propósito de luchar hasta el último extremo, aunque hubiera de perecer.
Una sonrisa crispó sus labios. ¡Perecer! sí, pero no solo. ¡Sucumbir!
muy bien, pero no sin vengarse.

Los jinetes empezaban á aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los
coches rodaban al trote de sus tiros, los más hermosos del mundo. La
vida elegante renacía en su diario y monótono esplendor. Sorege no pudo
soportar el espectáculo de la tranquilidad ajena y se metió un el
interior del parque, por el lado de _Kensington_, donde paseó como unas
dos horas esperando el momento de ir á casa de Julio Harvey. Entró en
una fonda de _Regent-Street_, comió como de costumbre, y dando las dos,
llegó al hotel de _Grosvenor-Square_.

Subió la gran escalera y en el primer piso encontró al ayuda de cámara
que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le
introdujo como todos los días en el saloncillo donde miss Harvey tenía
costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la
chimenea, donde ardía un claro fuego de leña. La ventana, en cambio,
estaba abierta y dejaba entrar el sol á raudales. Maud se levantó al ver
entrar á su prometido y salió á su encuentro sin que nada indicase en su
actitud un cambio de disposiciones respecto de él. Tenía la cara jovial
y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban
ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y
no pudo dar la mano á Sorege. Le indicó un asiento enfrente de ella,
dejó la labor sobre la mesa y cerró la ventana.

--El sol empieza á nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera
inglesa es glacial.

--¿Hace mejor tiempo en América?

--¡Oh! En América todo es mejor. Las estaciones no engañan, ni los
hombres.

Sorege levantó la cabeza. La alusión era directa; el ataque comenzaba y
había que responder inmediatamente.

--¿Ni las mujeres tampoco, sin duda?

Por los ojos de miss Maud pasó una llama.

--¡Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.

Sorege la miró con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar
su pensamiento pero que tan bien seguían el de los demás, y dijo en tono
seguro:

--Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. ¿Qué significa la acogida que
me hace usted?

La joven se levantó ligeramente de su sillón y replicó:

--Señor conde, se lo diré á usted cuando me haya explicado por qué dejó
condenar, sin defenderle, á su amigo Jacobo de Freneuse...

Sorege hizo un gesto desdeñoso.

--¡Ah!



Pages: | Prev | | 1 | | 2 | | 3 | | 4 | | 5 | | 6 | | 7 | | 8 | | 9 | | 10 | | 11 | | 12 | | 13 | | 14 | | 15 | | 16 | | 17 | | 18 | | 19 | | 20 | | 21 | | 22 | | 23 | | 24 | | 25 | | 26 | | 27 | | 28 | | 29 | | 30 | | 31 | | 32 | | 33 | | 34 | | 35 | | 36 | | 37 | | 38 | | 39 | | 40 | | 41 | | 42 | | 43 | | 44 | | 45 | | 46 | | 47 | | 48 | | 49 | | 50 | | 51 | | 52 | | 53 | | Next |

N O P Q R S T
U V W X Y Z 

Your last read book:

You dont read books at this site.