A B C D E F
G H I J K L M 

Total read books on site:
more than 10 000

You can read its for free!


Text on one page: Few Medium Many
Acababa yo de formar el proyecto de esperar
á Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compañero. Un
presentimiento me decía que habría de volver con él y que allí, en un
segundo, podría yo saber el secreto de aquella mujer. Porque, no era
posible dudar; Jenny tenía un secreto. Seguí á mis compañeros al
interior del hotel, me senté con ellos á una mesa llena de esos
refrescos que abrasan el cuerpo, y pasado un rato llamé al mozo.

--¿Á qué hora acaba el teatro?

--Á eso de las doce.

--Gracias.

Pector me preguntó riendo:

--¿Cómo es eso? ¿Quiere usted acechar á Jenny Hawkins?

Parecía que el americano había leído en mi pensamiento.

--En verdad, respondí, me gustaría ver cómo es en la calle después de
haberla visto en la escena. Las mujeres pierden de tal modo cuando dejan
el traje y la pintura... Así, si no vale la pena, suprimo mañana mi
visita.

--Créame usted; vale la pena.

--¡Qué diablo! Voy á verlo.

--Vaya usted, pues. Aquí le esperamos.

Salí precipitadamente, aprovechando aquella libertad de acción
conquistada con tanta suerte y que tanto deseaba. Ya no me faltaba más
que obtener de la casualidad el favor de encontrar al paso á la
cantante. El portero, á quien di un dollar, se encargó de darme
noticias.

--Milord, esa señora baja del coche en el zaguán, atraviesa el
vestíbulo, sube por esa escalera y se mete en su habitación, que está en
el primer piso... No tardará en llegar...

Salí á la acera y me levanté el cuello del gabán. Hacía frío aquella
noche, aunque estábamos en abril, y, fumando y paseando, me decidí á
esperar. El piafar de los caballos y el ruido de las ruedas, me
advirtieron á los pocos momentos que llegaba la diva. El portero se
adelantó para ayudarla á bajar, se abrió la portezuela, y Jenny,
cubierta de pieles, descendió ligera, enseñando una pierna admirable.
Miró al rededor, me echó una mirada sin conocerme, pues escondí la cara
en el cuello del gabán y arrojé una gran bocanada de humo, y
dirigiéndose á una persona que estaba en el interior del coche, dijo en
francés:

--Vamos, amigo mío.

Cuando el interpelado se disponía á bajar, me dirigí hacia él. En aquel
momento me creí seguro de poseer la clave del misterio, pero el hombre,
que sacó un poco la cabeza, me vió y se volvió á meter vivamente en el
carruaje. No le oí más que esta palabra dicha en un tono breve y como de
advertencia:

--¡Jenny!

Aquella voz era la misma que había oído en el teatro. La cantante,
alarmada, se aproximó á la portezuela, se inclinó hacia el interior y
dijo, volviéndose hacia el cochero:

--Plaza del...

Giró sobre sus talones, entró como un relámpago en el vestíbulo y
desapareció. El coche dió la vuelta y partió rápidamente sin que me
fuese posible ver al que le ocupaba. El portero se aproximó y me dijo.

--Hermosa mujer, milord. El caballero no ha subido esta noche con
ella... Si milord quiere escribirla, yo puedo entregar la carta.

Dí otro dollar á aquel complaciente criado y volví á entrar en la sala
donde Pector y Raleigh estaban saboreando sus licores nacionales.

--Y bien ¿qué hay? preguntó el banquero.

--Decididamente tenía usted razón. Vendré mañana.

Nos fuimos á dormir, pero la mañana siguiente, á la hora del desayuno,
entró Pector en el comedor con una carta en la mano.

--Mi querido vizconde, me dijo, no tiene usted suerte en sus aventuras
galantes. El director de la Ópera acaba de avisarme que la compañía
italiana no hace función esta noche. La Hawkins cogió anoche frío y no
puede cantar; pero como debe estar pasado mañana en Chicago, se va ahora
mismo en el rápido. Adiós cita. Aquí tiene usted una carta que le han
traído y en la que Jenny se excusa, sin duda.

Abrí el sobre y en un cuadrado de bristol en una de cuyas esquinas se
veía la cifra J.H., rodeada por el lema _Never more_, leí estas líneas:

"Siento infinito privarme de su visita que me hubiera causado gran
placer, pero los artistas no son siempre dueños de su voluntad. Parto
para Chicago y Nueva York, donde permaneceré algunas semanas. Si los
azares del viaje le llevan á usted por allí, celebraré que me conceda
una compensación. Un amistoso apretón do manos. Jenny Hawkins".

Me quedé pensativo. Mis dos compañeros se burlaron de lo que ellos
llamaban mi sentimentalismo, pues no podían sospechar las graves
preocupaciones y los punzantes cuidados que me producía aquella brusca
partida. Después de los incidentes que se produjeron al ponerme en
presencia de la cantante, su indisposición, fingida sin duda, y su
empeño en huir de mí eran una confirmación de mis sospechas, casi una
confesión.

Reflexioné profundamente sobre aquella situación. Si Lea Peralli, por un
encadenamiento de circunstancias inexplicables para mí, vivía, mientras
Jacobo de Freneuse sufría una condena por haberla matado, era evidente
que este misterio encubría una monstruosa iniquidad. Adopté, pues, la
resolución irrevocable de esclarecer y reparar el mal causado á mi
infeliz amigo. Pero no era en América, vasto continente por el que Jenny
Hawkins andaba errante, donde yo podía seguir una pista, proceder á una
averiguación y tratar de restablecer la verdad. Allí estaba solo, sin
apoyo ni recursos, completamente desarmado. El crimen se había cometido
en Francia; en Francia, pues, convenía intentar la revisión del proceso,
y la precaución más elemental que era preciso adoptar era evitar todo
contacto con Jenny y con su compañero desconocido. Convenía dejarles
reponerse do su alarma y hacerles tomar confianza á fin de sorprenderles
mejor cuando llegase el momento. Era, pues, preciso, ante todo, que no
oyesen hablar más de mí.

Tomada esta resolución, me atuve absolutamente á ella. Atravesé la
América, me embarqué en Nueva Orleans y he llegado á París hace tres
semanas. Durante este tiempo me he ocupado en reanudar mis relaciones,
un tanto enfriadas por una ausencia de diez y ocho meses, y en buscar
una ocasión de romper las hostilidades. Esa ocasión ha llegado esta
noche. Á usted, amigo Marenval, á quien he contado mi aventura, le
pregunto; con la gran fortuna que usted posee, con su afición á las
cosas que no son comunes, con el atrevimiento que muestra al contrariar,
cuando le parece oportuno, las ideas corrientes, ¿quiere usted colaborar
conmigo para rehabilitar á un inocente y confundir á un culpable? La
empresa no tendrá nada de vulgar y, desde luego, no está al alcance de
cualquiera. Además, Jacobo es pariente de usted y si logramos nuestro
objeto será para usted un verdadero triunfo, una página asombrosa en la
historia de este tiempo, que se distingue por su escepticismo y su
futilidad. Al terminar el siglo XIX, cuando nadie cree ya en nada, no
puede menos de hacer brillante efecto un justiciero, un enderezador de
entuertos.

Marenval escuchó el relato de Tragomer con una atención apasionada,
palpitando por sus episodios y estremeciéndose por sus peripecias.
Pasado algún tiempo confesó que nunca se había sentido tan poseído y que
una voz secreta le había murmurado al oído: ¡Marenval, ahí tienes un
asunto asombroso, en el que puedes ser el héroe!... Cuando Cristián
terminó, Marenval recobró el uso de la palabra y estalló como una
caldera cuyas válvulas han estado demasiado comprimidas.

--Pues bien, Tragomer, no siento el empleo de esta velada. ¡Oh! Acaba
usted de infundirme calor, amigo mío! ¡Qué historia! Ha tenido usted un
gran acierto en contármela, porque, en efecto, soy el hombre que usted
necesita. Conmigo no se juega. Conozco los negocios y los hombres, y
también las mujeres... ¡Oh! amigo Tragomer... ¡Cómo ha debido usted
quemarse la sangre durante la travesía dando vueltas á toda esta
aventura! Pero desde este momento, vamos á poner en juego todos los
resortes y el asunto va á marchar...

Cristián interrumpió á su impetuoso compañero.

--Sobre todo, prudencia. Ni una palabra inoportuna. Usted no sospecha
todas las dificultades en que podemos tropezar.

--¡Cómo! ¿Dificultades? Todo el mundo nos va á ayudar, la justicia, los
poderes públicos, el jefe del gobierno... En cuanto tengamos pruebas
serias del error cometido, todos se apresurarán á repararlo. Lo único
delicado que tiene el asunto es las averiguaciones.

--Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de la
justicia; su primer pensamiento será desconfiar y el segundo resistir á
nuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se ha
equivocado y menos para la justicia, que, por profesión, no admite que
pueda estar sujeta á error. Bien sabe usted cuánto tiempo, cuánto
trabajo, cuánta voluntad y cuánta influencia han sido menester para
lograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura,
arrancadas casi todas por la política. No venda usted, pues, la piel del
oso, puesto que aún no le hemos matado. Contamos con buenos elementos,
la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y su
inteligencia. Y si usted me lo permite, añadiré mi valor y mi voluntad.

--Sí, por cierto, querido Cristián, exclamó Marenval estrechando las
manos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo seré
silencioso y circunspecto, lo prometo. No tendrá usted que llamarme al
orden.

--Está bien. Óigame aún durante un minuto. Tengo que dar á usted algunos
datos complementarios. En primer lugar Jenny no está ya en América, sino
en Inglaterra.

--¡En Inglaterra! ¿Está cantando?

--Está en Londres, en el _Princess-Theâtre._ Lo he leído estos días en
los periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podía
esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso
que acompañaba á la cantante en San Francisco.

--¿Le conoce usted?

--Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al _bridge_ con unos
amigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los
jugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y la
prendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente: ¡Cuidado! y
yo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y el
acento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volví
prontamente y miré al que acababa de hablar.



Pages: | Prev | | 1 | | 2 | | 3 | | 4 | | 5 | | 6 | | 7 | | 8 | | 9 | | 10 | | 11 | | 12 | | 13 | | 14 | | 15 | | 16 | | 17 | | 18 | | 19 | | 20 | | 21 | | 22 | | 23 | | 24 | | 25 | | 26 | | 27 | | 28 | | 29 | | 30 | | 31 | | 32 | | 33 | | 34 | | 35 | | 36 | | 37 | | 38 | | 39 | | 40 | | 41 | | 42 | | 43 | | 44 | | 45 | | 46 | | 47 | | 48 | | 49 | | 50 | | 51 | | 52 | | 53 | | Next |

N O P Q R S T
U V W X Y Z 

Your last read book:

You dont read books at this site.