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Text on one page: Few Medium Many
En este instante la fisonomía de Jacobo se transfiguró y se
puso espantosa. Cogió el brazo á Sorege, rechazándole con fuerza, y dijo
articulando un grito de furor:

--¿Tendré que matar á este hombre?

Se calmó instantáneamente, soltó al conde y dijo dirigiéndose á miss
Harvey:

--Perdone usted, señorita. No quería que fuese usted testigo de una
escena de violencia, pero me han obligado.

Sorege se volvió hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:

--He prometido á usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se
las daré.

Saludó á Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando
despreciativamente á Tragomer, á Marenval y á Jacobo, dijo en tono
altanero:

--¡Nos veremos, señores!

--No se lo deseo á usted, dijo Marenval con desdén.

Sin responder, Sorege fué hacia la puerta y salió. Cuando hubo
desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme
peso. Miss Maud se acercó á su padre y le dijo con sonrisa un tanto
forzada:

--Perdóneme usted por haber resistido á sus consejos queriendo casarme
con ese personaje. No le había á usted engañado su golpe de vista y
había juzgado con acierto.

--Querida mía, un hombre que no es aficionado á los caballos, ni á los
perros, ni á los barcos, y que no mira jamás de frente, no puede ser
honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causarás un gran
placer á tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta á ese
caballero.

--¡Un _snob_! murmuró Marenval. ¡Me ha llamado _snob_!... Por mi vida,
que me las ha de pagar.

--¡Silencio! dijo Cristián en voz baja. No es hora de recriminar, sino de
tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le
hayamos puesto á buen recaudo. Ya habéis visto cómo se ha defendido.
Dejemos á Jacobo y vamos á casa de Vesín.

Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los
hombros de los visitantes de su padre á fuerza de hercúleos apretones de
manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusión para desaparecer.
Al pasar oyeron á miss Maud que decía á Jacobo, sentado á su lado:

--Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado
definitivo de esta empresa... Quisiera conocerlas. Usted me presentará
á ellas, ¿verdad?

Jacobo respondió:

--Sí.

En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:

--¿Sabe usted lo que pienso, Cristián? Que miss Maud está á punto de
enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una
alemana...

--Y no le disgustaría hacerse francesa.

Sorege salió de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se
desahogó jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar á un
guardia que hacía tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin
objeto ni saber á dónde iba. La sangre le hervía y su cabeza parecía
querer estallar. Aquel hombre frío había perdido la calma y se
encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia á la
vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el
hotel Harvey y todos los que en él estaban, la afrenta que acababa de
sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles
rumiando sus reveses y su cólera. De pronto se detuvo; se encontraba
detrás de _Withe-Hall_ y se puso á pasear delante del palacio pensando
profundamente.

Á pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se venía abajo
por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias
acumuladas para perderle no habían servido para nada. Arrojado al fondo
de un abismo tan profundo que parecía imposible salir de él, Jacobo
subía hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y él tenía que
asistir impotente á aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante
de venganza se impuso á su pensamiento; necesitó herir á su enemigo
aunque él tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se
encontraba había que jugar el todo por el todo. Sorege no dudó é hizo de
antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar á Jacobo.

Entonces decidió volver á casa de Lea. Ella debía decidir de su triunfo
ó de su pérdida; ella sola podía proporcionarle medios de defensa. Si
Lea quería, si él lograba una vez más dominarla, fuese por la
persuasión, fuese por la violencia, todo se podría arreglar. Tomó por el
_Strand_ y se dirigió hacia _Tavistock-Street_. Eran las cuatro cuando
pasó por _Charing-Cross_.

Sorege pensaba: Lea comerá en su casa antes de ir al teatro, según su
costumbre. Si esta mañana no estaba en casa cuando me presenté, la
encontraré seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio,
es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea más que un
cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la
obligaré á obedecerme. Su voluntad será paralizada por la mía.

Llegó á la casa, entró y observó con satisfacción que el polizonte de
por la mañana no estaba en el portal. Subió vivamente y llamó á la
puerta del departamento. Nadie respondió; el mismo silencio de abandono.
Permaneció escuchando un largo rato y no percibió señal alguna de vida
en la casa. Sorege tembló al pensar que acaso Lea se había marchado para
no encontrarse enfrente de él. Si Jacobo la había hecho mudarse, ¿cómo
encontrarla en aquella inmensa población? Y la hora avanzaba, y el
peligro se hacía cada vez mayor. Era preciso impedir á toda costa que la
traición se consumara. Si Lea había hablado había que impedir que
escribiese, pero para esto había que verla, y la puerta seguía cerrada,
y la casa parecía vacía. Sorege dijo en voz alta:

--Aunque tenga que estar aquí hasta la noche, la he de ver.

Se sentó en un escalón y allí permaneció en la oscuridad, emboscado como
un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:

--Esta loca tiene miedo de mí, que vengo á salvarla, mientras que los
otros la engañan y la pierden.

Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente.
La cólera se apoderó de Sorege. Se levantó y dijo estremeciéndose de
impaciencia:

--Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabré si esta mujer se
oculta de mí.

Retrocedió dos pasos y se arrojó con tal fuerza contra la puerta, que
esta no quedó, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el
mismo instante se abrió la puerta y Lea, muy pálida, apareció en el
umbral. Con un ademán indicó la casa á Sorege y dijo con voz cansada:

--Puesto que no puedo escapar á su persecución, entre usted.

Sorege entró sin replicar, dichoso por haberlo logrado á pesar de su
resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sentó en el
saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneció en pie, con los
brazos cruzados y mirándole con aire preocupado.

--¿De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardónico.
¿Qué te han prometido para que te vuelvas contra mí?

Lea no respondió.

--¡Sin duda te han asegurado la impunidad! ¿Pero cómo es eso posible?
Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mató,
no fué Jacobo de Freneuse. ¿De qué modo, por qué prodigio se establecerá
la inocencia del uno y se salvará al mismo tiempo á la otra?

Lea respondió con acento dolorido:

--¿Y quién permite á usted creer que yo quiero salvarme?

--¿Entonces buscas tú misma la expiación?

La cantante irguió su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:

--¿Por qué no?

--¿Has llegado á tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?

--Estoy cansada de astucias, de engaños, de fugas y de misterios. Todo
antes que volver á empezar la vida que arrastro hace dos años.

--¡Sí! ¡Quéjate todavía! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la
celebridad y la riqueza. ¡No parece sino que la sangre es un abono para
la dicha! ¿Y vas á despreciar todas estas hermosas condiciones de vida?
¡Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.

--¡Me canso de ser una mentira viviente!

--¡Sí! ¡Será mejor que seas la sinceridad muerta! Estás divagando,
querida. ¿Sabes lo que te espera si desempeñas el papel que te ha
aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso
el patíbulo.

--¡Estoy pronta!

--¡Vamos á ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la
_Hebrea_! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aquí
todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no
tiene nada de benévola. Con ella no hay laureles artísticos que valgan.
Esos hombres togados te condenarán duramente si te dejas coger. Óyeme
con buen sentido solamente un cuarto de hora y después eres libre de
hacer lo que quieras. ¿Está convenido, verdad? En primer lugar, veamos,
¿qué te ha dicho Jacobo? ¿Qué te ha pedido? ¿Qué le has prometido tú?
¿Os habéis visto ayer después de la maldita velada de Harvey? Hacía
mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la
mayor cordialidad. ¡Debe guardarte rencor! ¡Y á mí me odia de muerte!
Puedes comprender, querida, que nuestros destinos están estrechamente
ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte tú misma.

Sorege podía hablar á su antojo; Lea no trató de interrumpirle ni una
sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnición,
jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro
incrustada de zafiros. Pinchaba con distracción el _peluche_ de la
chimenea y no parecía prestar la menor atención á lo que decía Sorege.
Éste no perdió la paciencia, pues sabía que con aquella naturaleza
violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continuó sus
argumentos.

--El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de tí una confesión.
Sospechaba lo más gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle,
que es lo que da á los hechos toda su fuerza é inspira á las personas
una certidumbre. ¿Te ha hecho hablar?... ¿Qué le has dicho? ¿Cómo ha
logrado convencerte? ¿Qué comedia ha representado? ¿Acaso ha fingido que
te ama todavía?

Á esta última insinuación, dicha con una voz dulzarrona, la vió
estremecerse y comprendió que había dado en el clavo.

--¿Qué le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad ¡Ha
abusado de ella tantas veces!



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