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Conoce tu credulidad ¡Ha
abusado de ella tantas veces! ¡Unas cuantas palabras cariñosas, una
promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliación!

El proyecto de iros muy lejos á olvidar las horas malas para no
acordaros sino de vuestro antiguo amor. ¿No es eso?

Una gran palidez se apoderó de la cara de aquella mujer. Sus ojos se
pusieron sombríos y su aliento se hizo corto. Sufría horriblemente.
Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, añadió:

--Si, sin duda alguna; y tú has caído en la red. ¡Vamos! Ya era tiempo
de que yo viniese para hacerte volver á la razón.

Lea levantó la cabeza y dijo con gravedad:

--¡Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.

--¡Ah! ¿Lo ves? exclamó Sorege triunfante.

Lea le miró con sublime desprecio.

--Ha comprendido usted mal. Todo este día que he pasado encerrada, sola
y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde
sospechas y yo sé que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace
cobardes, y á pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba
con angustia si no tendría que temer algún engaño. He reflexionado para
decidir si cumpliría el compromiso que he adquirido ó si me sustraería á
él por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.

--¿Te vas?

--Me quedo.

--¡Te pierdes!

--Pero salvo á un inocente.

--¡Estás loca!

--Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido
creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad
y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan
cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel
contra quien usted se encarniza. Tenía la bochornosa debilidad de dudar
entre la salvación de Jacobo y la mía: usted me ha aconsejado. Ya no hay
duda posible. Entregarme de nuevo á un monstruo como usted, sería
completar mi crimen.

Sorege dió un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:

--¿Así recompensas los servicios que té he prestado? ¡Me he comprometido
por ti y me entregas á mis enemigos!

--Yo no he sido más que un instrumento de odio en las hábiles manos de
usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y
premeditado y es más responsable que yo. Usted no se ha comprometido por
salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su
víctima, siempre sublevada y ahora implacable...

Sorege dijo en tono burlón:

--¡Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. ¿Qué arma vas á dar contra mi
á ese héroe de tu última novela?

--Mi confesión escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.

Sorege se dirigió hacia ella.

--¿Dónde está ese papel?

--¡Qué le importa á usted!

--Vas á dármelo ahora mismo.

--¡Jamás!

--¡Ah! Estúpida criatura ¡Ten cuidado! Me conoces bastante para saber
que no dudaré en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.

--Puede usted buscar. No encontrará nada.

--¿Le has enviado ya?

--Esta mañana.

--¡Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habías vacilado...

Lea hizo un movimiento al verse adivinada é instintivamente volvió los
ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arrojó á él de
un salto y á pesar de los esfuerzos que ella hacía para impedírselo,
conteniéndola con una mano y registrando con la otra, se apoderó de una
carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.

Sorege se apartó con aire sombrío, miró á Lea profundamente y dijo:

--¡Aquí está! ¡ No creía que fueses capaz de denunciarme!

--¿De qué le sirve á usted coger ese papel? gritó la cantante
encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaración.

--Por eso voy á tomar mis precauciones en consecuencia. Siéntate á esa
mesa.

Y mostró á Lea el escritorio del que había cogido el papel. La cantante
no contestó, ni se movió siquiera. Sorege se llegó á ella, la cogió
bruscamente por un brazo y la empujó hasta la silla colocada delante del
escritorio.

--Ahora, escribe.

--¿Qué?

--Sencillamente esto: "La pretendida confesión que posee el señor de
Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y dueña de
mi misma, me retracto de ella completamente. Jamás he cometido el crimen
de que se me obliga á acusarme."

Lea le miró con tranquilidad.

--¿Y después?

--Nada más.

La cantante se levantó y ambos quedaron cara á cara, sin contenerse ya y
respirando el odio y la violencia.

--¡Por el diablo! ¡Si no escribes, estúpida, te aplasto.

Cogió la mano de aquella mujer y la apretó con toda su fuerza. Lea
enrojeció de dolor y de cólera y trató de desasirse, pero él la tenía
como con una tenaza de acero.

--¡Me hace usted daño! ¡Déjeme!

--¡Obedece!

--¡No!

--¡Obedece!

Lea lanzó un grito desesperado y se retorció, con las lágrimas en los
ojos.

--¡Oh! Me martiriza usted... ¡Cobarde!

--¡Obedece, mal bicho, ó te rompo el brazo!

Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato
aparecía en sus ojos. Lea cayó de rodillas enloquecida. Cerca de ella la
aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba caída en
la alfombra. Lea la cogió con la mano izquierda y se levantó. Sorege le
dió un tremendo empujón hacia la mesa.

--¡Vamos! ¡Despachémonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones.
No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir... ¡Pronto!

Lea permaneció como atontada, de pie, sin moverse, y él le dió un golpe
violento en un hombro.

--¿Vamos á volver á empezar?... ¡Ira de Dios! Te voy...

No dijo una palabra más. Dando un grito de rabia, Lea se volvió y le
hirió en la garganta con la larga aguja. Sorege se quedó de pie, con los
ojos fijos y una sonrisa estúpida en los labios. Sus brazos se abrieron
y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trató de arrancarse el estilete
de acero que tenía clavado, dió dos pasos vacilantes, sus rodillas
flaquearon y cayó dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo
introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufrió una convulsión que le hizo
volverse de espalda y se quedó inmóvil.

Inclinada sobre él, Lea le vió contraído, terrible, inerte. No había
corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba herméticamente la herida
y su punta había llegado al corazón. Con pasos cauteolosos, como si
temiese despertar de su espantoso sueño al que temía más muerto que
vivo, se echó un abrigo por la espalda y huyó á la calle. Sin saber lo
que hacía, tomó la dirección de su teatro. Eran las seis.

Pasó por delante del conserje, que le dijo:

--Señora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aquí tiene su llave. La
doncella no ha llegado todavía. ¿Va usted á comer en su cuarto?

Lea no respondió y subió la escalera que conducía al primer piso. Siguió
un largo pasillo, abrió una puerta y entró en la habitación que le
servía de salón de recibo. Se sentó, sin encender luz, y se puso á
llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.

Aquella noche miss Harvey llegó á su palco, contra toda costumbre, al
tiempo de levantarse el telón. Capuleto estaba presentando su hija á los
señores reunidos en su palacio. Julieta sonreía, pero una gran tristeza
velaba la gracia de su semblante. Cantó con brillantez febril el vals y
la escena del encuentro con Romeo le valió una entusiasta salva de
aplausos.

La artista no saludó, como si permaneciese indiferente al favor del
público. Dijo con acento profundo la frase:

_Y la tumba será nuestro lecho nupcial_.

Bajó el telón y no volvió á levantarse, á pesar de los gritos
entusiastas de todo el público. Nunca la Hawkins y Novelli habían
cantado mejor, según la impresión unánime de todo el teatro. La
representación empezaba de tal modo, que tenía que acabar en un gran
triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un
sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenían otro palco más oculto á
fin de no dejarse ver. Habían comido con la señora de Freneuse y María y
el tiempo se había deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la
familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el
teatro.

El cuarto acto llegaba á su fin. En cuanto bajó el telón, Tragomer fué
al palco de Harvey y Jacobo se metió entre bastidores. Conforme estaba
convenido, quería ver á Lea y recibir de ella la declaración escrita que
debía servir para rehabilitarle.

Conducido por un celador, llegó al primer piso, y envuelto en una
atmósfera enrarecida y perfumada Jacobo siguió el corredor como un
enamorado que va á ver á su bella, según opinaron de aquel elegante
joven los que se cruzaron con él en el camino, y se detuvo ante una
puerta á la que su conductor llamó discretamente. La doncella abrió y
Freneuse vió á la cantante tendida en un diván y rodeada de ramos y
canastillos de flores. Pálida, inmóvil, vestida con el blanco traje
nupcial, parecía la hija de Capuleto dormida con el sueño remedo de la
muerte. Al ver á Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se
dibujó en sus labios y dijo dulcemente:

--Llega usted tarde, amigo mío. He tenido un gran éxito... Vea usted
estas flores... Me aclaman, me envidian... Soy un hermoso ídolo
¿verdad? ¿Quién no querría estar en mi puesto?

La doncella salió, y apenas se cerró la puerta Lea se levantó de un
salto y toda cambiada, la cara contraída, la voz temblorosa, dijo
llevándose á Jacobo al punto más apartado de la pieza:

--Mírame bien... ¿No me encuentras nada nuevo en la mirada? ¿Soy la
misma mujer?

--¿Qué tienes? preguntó Jacobo, asustado por su agitación. ¿Qué ha
sucedido?

--Lo que debía suceder fatalmente, respondió Lea con una actitud de
extravió. Sorege ha venido á mi casa...

--¿Y le has recibido?

--No he tenido otro remedio. Ofrecía estarse allí hasta que saliera. No
podía escapar. ¡No se evita lo inevitable! Te lo había dicho... Lo
sabía... Mi suerte estaba decidida...

--¿Pero á qué se ha atrevido? preguntó Jacobo, que empezaba á estar
inquieto.

--Á todo aquello de que es capaz...

Lea se quitó los brazaletes y dijo enseñando en sus brazos las huellas
de los dedos de Sorege:

--Casi me ha roto el brazo para obligarme á desmentir mi declaración...
Creo que me hubiera matado...

--¿Y has obedecido?

La cantante levantó la frente, miró á Jacobo á los ojos y con una
sonrisa que recordaba á la tierna, fiel y enamorada Lea de otros
tiempos, contestó:

--¡No!



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