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Me volví
prontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme y
también me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la
suya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido.
Fingió una sonrisa y dijo alegremente:

--No quememos el material, ¿verdad Tragomer?

--Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tan
familiarmente... ¿quién era?

Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á una
intensa palidez y dijo, bajando la cabeza:

--Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locuras
de Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso...

Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspecto
de desolación.

--He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é
inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen?
¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él.
Estamos detenidos en los primeros pasos.

--No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada es
imposible ni inverosímil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con
su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podido
tener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con los
móviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quien
estaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo,
pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad
de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí no
sólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente.
Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asunto
ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto más
difícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Está
usted pronto á ayudarme?

--Sí y á pesar de todo, dijo Marenval con energía.

El bretón miró á su compañero con firmeza.

--Está bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos.

Miró el reloj y añadió:

--Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. ¿Nuestro
pacto de alianza está firmado?

--Empeño mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Si
se presentan peligros...

--Son de mi cuenta...

--Poco á poco, protestó Marenval. No me ha comprendido usted. Los
peligros á medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano.

--¡Muy bien! Así será.

Se estrecharon la mano y entraron en el círculo por una puerta interior.




II


Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría.
En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomía
de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las
unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los
favores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos los
males de la humanidad sobre los que allí se alberguen.

Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la
tristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en la
calle de _Petits-Champs,_ número 47 duplicado, ante la cual se detuvo
muy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano
Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:

--Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora;
tiene mucho calor... Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aire
atroz en esta calle.

Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos hacia
la puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más que
haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en el
patio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachada
ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos
cerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalones
verdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en la
casa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momento
el visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrir
la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval el
gabán y le dijo con tierna familiaridad:

--Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de ver
al señor, después de tanto tiempo...

--Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerse
al mismo diapasón que ellas... Por muy afligido que uno esté, teme
ofender su dolor al tratar de consolarlas.

--Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen
consuelo.

--¿Y cómo están de salud?

--Están bien, señor; no se puede decir que están mal... ¡Ah! si su
espíritu estuviese lo mismo... ¡Pero no lo está! no, no lo está.

--En fin, Giraud, no hay que desesperar. ¿Quién sabe? Todo puede
cambiar.

--¡Oh! no, señor; no hay esperanza alguna... Pero, con su permiso, si
el señor quiere servirse entrar, iré á anunciarle á las señoras.

Marenval entró en un vasto salón un poco sombrío y espléndidamente
amueblado con una sillería antigua de tapicería. En las paredes se veían
algunos cuadros notables, restos de una buena colección dispersada por
ventas sucesivas. En los ángulos había unas vitrinas vacías. Todo allí
atestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que sólo quedaba el
noble orden de una habitación en otro tiempo suntuosa.

Era fácil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente en
aquella pieza aparatosa, pues no se veían allí los objetos familiares á
dos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel salón era correcto,
frío, lúgubre. Se abrió una puerta y el criado se presentó de nuevo.

--Si el señor quiere tomarse la molestia de seguirme, la señora le ruega
que tenga la bondad de subir á su habitación.

Marenval subió por una escalera de piedra con barandilla de hierro
forjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galería,
encontró una joven de alta estatura y vestida de negro, que se
adelantaba á recibirle. Giraud desapareció sin ruido y Marenval se
encontró, algo cortado, frente á la señorita de Freneuse que le alargó
la mano sonriendo tristemente. Pero ¡qué desgarradora melancolía en la
expresión de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces y
profundos, mortificados por las lágrimas, presentaban un círculo
azulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados y
recogidos sin coquetería, daba á aquella altiva fisonomía un aire de
incomparable nobleza.

Marenval miró un instante á su hermosa pariente, movió tristemente la
cabeza y dijo en tono afectuoso:

--Y bien, María, ¿sigue usted tan poco razonable?

--Siempre tan desgraciada, señor de Marenval.

--¿Y su madre de usted?

--Va usted á verla.

La joven introdujo á Cipriano en una pequeña pieza, especie de santuario
en el que la señora de Freneuse había reunido todo lo que le recordaba á
su hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban allí al que la
infeliz mujer no había dejado de llorar, á pesar de sus faltas. Se
levantó de una butaca baja mostrando una fisonomía pálida bajo sus
cabellos blancos y, dulce y resignada, dió las gracias á Marenval por su
visita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia,
agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso.

Marenval se sentó y dirigió la vista hacia un magnífico retrato que
representaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amarga
sonrisa plegó los labios de la señora de Freneuse. La pobre madre dejó
al visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casi
sin timbre:

--Ahí tiene usted lo que él era. ¿Cómo estará ahora? ¿Qué habrán hecho
de él? Hace dos años ha sido imposible conseguir que se deje hacer una
fotografía, que estábamos dispuestas á pagar muy cara... No ha querido
que pudiésemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con el
traje de penado.

--¿Tienen ustedes noticias suyas?

--Las recibimos con regularidad.

--¿En qué situación se encuentra?

--Materialmente, no puede quejarse... Es joven y fuerte... Y, después,
parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en la
oficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es así
menos miserable... Pero, moralmente...

--¿Sigue afirmando su inocencia?

Á esta pregunta, el pálido semblante de la señora de Freneuse se iluminó
por una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclamó, con voz en la que
se notaba aún cierto vigor:

--Hasta morir declarará que no ha cometido ese crimen atroz, que no ha
podido cometerle. Mi hija y yo,--¿entiende usted, Marenval?--no
cesaremos de afirmarlo así. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto de
circunstancias abrumadoras que han podido engañar á los hombres hasta
hacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana,
repetiremos con él hasta el último suspiro que es inocente.

Marenval miró á las dos mujeres con expresión de asentimiento y dijo,
levantando la cabeza:

--Es absolutamente mi opinión.

Á estas palabras, que Marenval decía por primera vez delante de aquella
madre desolada, la señora de Freneuse se irguió, se puso encarnada y
dijo con repentina vivacidad:

--Marenval ¿qué significa esto? Jamás ha estado usted tan afirmativo...
Hay más; yo acusaba á usted de no participar de nuestra ardiente
convicción.

Ha parecido usted siempre más humillado que asombrado por lo ocurrido y,
de pronto, toma usted una actitud diferente... Ya lo oyes, María, no es
el mismo; ha cambiado por completo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Será que ha tenido
usted alguna buena noticia? ¿Acaso, después de haber desesperado,
podríamos...?

--¡Poco apoco! interrumpió Marenval, un poco desconcertado al ver aquel
furioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta al
acusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted que
le he defendido con la energía de un hombre á quien el mundo englobaba
malignamente en la catástrofe ocurrida. Sí, en aquellos momentos vi en
toda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, la
bajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidad
honrada, se intentó entonces contra mí.



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