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He padecido con esta desdicha
tanto como ustedes mismos, pues durante más de un año todo el mundo, en
París, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta sé de
algunas almas caritativas á quienes no faltaba nada para insinuar que yo
también merecía ir á presidio. Y todo ¿por qué? Porque soy rico, porque
me divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magníficos
caballos y un proscenio en la Ópera... La verdad es que todo esto es
más que suficiente para echar un hombre á galeras... ¡Tengo amigos que
querrían verme en ellas! ¿Puede usted pensar lo que estas buenas
personas habían dicho de mí en el momento de la desgracia? En aquella
hora peligrosa no le he parecido á usted heroico, querida prima;
confieso que en parte ha tenido usted razón. Hubiera podido mostrarme
más caballeresco y colocarme más resueltamente al lado de usted, pero
hay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo en
que vivo; no hace aún diez años que salí de las pastas alimenticias y,
¡qué diablo! no se me tiene en la misma consideración que á un
Montmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo,
y así me lo han hecho ver. Esto explicará á usted muchas cosas que le
parecerían oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la conciencia
de ser tan adicto á ustedes, que habrán de perdonarme fácilmente un día
mis debilidades aparentes.

La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones de
Marenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, que
tanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á los
tardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabras
pronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobre
mujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad.

--¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, que
agradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosa
actitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras.
Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.

--¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedes
capaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que...

Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de
expansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio de
la entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había visto
todo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del
Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado había tal
desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en
armonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado en
tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido de
cuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentido
penetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. La
señorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación:

--Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano y
ahora, por una razón que no conozco, cree en ella.

Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con
una expresión que les arrancó las lágrimas:

--¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo;
hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos
con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestros
esfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes en
intentarla?

La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación.

--¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo es
sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el
que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad.
Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y
me atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de la
inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones
dirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal manera
graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y
eso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en
una especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, toda
claridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo en
el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podido
cometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondido
siempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente!
Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia, ¿qué hacer?
¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las
pruebas acumuladas? ¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado de
Jacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tan
apasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuando
le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.

--¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él eran
decisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que
estamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo que
el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero,
pudo, en un momento de irresponsabilidad... Sí, he admitido que pudo
ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan
ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba
dispuesto á creer en su culpa.

--¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esa
modificación de su espíritu? ¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido usted
algún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos ha
declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos,
sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano,
yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado y
busco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted,
pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle.

Marenval miró á la joven con enternecimiento.

--Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de su
corazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellas
terribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á usted
tiernamente y al que usted alejó sin piedad...

La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven se
irguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no
pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso
desdén.

--Se trata de Cristián Tragomer... Añadió Marenval.

Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto tan
inesperado.

--Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijo
fríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme,
no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro
recuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamos
necesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, y
su abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristes
momentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco.

--Tragomer ama á usted todavía.

--Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir...

Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchaba
en silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella:

--Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyo
fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No
volverá á suceder.

--Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernos
con frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga.
No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lo
relativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y se
expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable
de Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga.
Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en su
servicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber que
él es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada en
beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese
diablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas,
que no he podido permanecer indiferente...

--Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora de
Freneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó para
calmarla.

Marenval movió la cabeza con aire de importancia.

--Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar.
El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de una
discreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo.
Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tiene
usted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos á
emprender.

--¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todas
las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en una
tumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz. ¡Bendito
sea usted por el bien que me hace!

--Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima,
hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés de
todos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.

--Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no
recuerde podrá precisarlo mi hija.

--Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que los
demás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.

La señora de Freneuse respondió vivamente:

--Sí, Juan de Sorege... Era un excelente muchacho, de muy buena
familia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven...
Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su
juventud... Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las que
tanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos...

--¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?

--Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y
precisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo,
con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serle
favorable.

--De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo...

--Como el mejor que pudiera tener.

--¿Era rico ese joven?

--No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraer
deudas para asociarse á sus gastos...



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