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¡Ese fué el principio del
desastre!

--Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacobo
conoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura... á esa Lea
Peralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?

--Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito de
esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper con
ella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el medio
de sorprenderla.

--¿Y esa carta existe?

--La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontró
nuestro criado en el cuarto de Jacobo... Á consecuencia de esto, se
produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo... Estuvieron á
punto de batirse... Pero amigos comunes arreglaron el asunto.

--¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidad
hacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?

--No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza y
simpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo
pensaba como yo en mi casa.

--¿Quién le era desfavorable?

--Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y después
nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.

--¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano?

--No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replicó vivamente la
señorita de Freneuse. De ningún modo querría dañar en vuestro concepto
al conde de Sorege. Tiene un carácter que no me agrada; no hay más.

--¿Y qué carácter es el que usted le atribuye?

--Se mostraba altanero y burlón, y á mí me cuesta trabajo soportar ese
modo de ser. Calculaba fríamente y no obraba jamás á la ligera. Era un
hombre práctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que no
reflexionaba jamás y se metía en las dificultades sin saber cómo saldría
de ellas. Yo reprendía el aturdimiento del uno, pero lamentaba la
previsión del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano me
parecía loco, Sorege me resultaba demasiado hábil.

--¿Hábil hasta la astucia?

--No lo sé, querido primo; lo que he dicho no es más que una impresión.
Nunca he sabido cómo se conducía el señor de Sorege en la vida sino por
lo que contaba mi hermano, y éste no podía hablar con libertad delante
de mí. Mi impresión, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero se
ha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella.

Marenval miró á la señora de Freneuse y dijo:

--Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos que
corren. Un individuo demasiado hábil tiene condiciones excepcionales,
hoy en día, para lograrlo todo. Pero María juzga al señor de Sorege
desde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombre
de negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible.
En resumen, para la señora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado al
que ha sentido ver alejarse de su hijo; para María, Sorege es un mozo
frío y calculador, decidido á hacerse sacar las castañas del fuego y qué
no vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio.

--¿Pero por qué esas preguntas? dijo la señora de Freneuse.

--Se nos ha dicho que seríamos interrogadas, mamá, dijo la joven
sonriendo, pero no que se nos explicaría nada. Tengamos paciencia.

La anciana hizo un gesto de resignación.

--Ya estamos acostumbradas...

Marenval se levantó

--Querida prima, dijo en el tono más afectuoso; dejo á usted, pero
volveré á verla muy pronto. Nuestras conferencias serán frecuentes, lo
que espero que no les será desagradable. Estoy impaciente por aclarar á
ustedes la situación, pero antes es preciso que me la aclare á mi mismo.
Al bajar, si ustedes lo permiten, voy á hablar con el buen Giraud.

Marenval estrechó la mano de la anciana y María acompañó á su aliado por
varias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestíbulo. Una vez
allí, dijo á Marenval dirigiéndole una límpida mirada:

--Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha traído usted.
No olvidaré nunca que ha sido usted el primero que ha participado de
nuestra convicción en cuanto á la inocencia de mi pobre hermano.

Marenval movió la cabeza.

--No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que ha
participado de esa convicción no se llama Marenval, sino Tragomer.

María frunció las cejas, hizo un nuevo ademán afectuoso y, sin añadir ni
una palabra, volvió á entrar en las habitaciones.

Giraud presentó á Marenval su gabán de pieles.

--Un instante, amigo mío, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengo
que decir á usted dos palabras antes de marcharme. ¿Dónde hablaremos sin
que se nos moleste?

--Si el señor quiere entrar en el recibimiento, no habrá riesgo de que
nadie entre... ¡No! Jamás viene nadie... Marieta está en la cocina y
la doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy á las órdenes del
señor... ¡Ah! aquí el servicio de la puerta es una ganga... ¡Esto es
una tumba! ¡Una verdadera tumba!

Marenval se apoyó en la chimenea para no sentarse dejando en pie al
viejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tenía esos
rasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes.

--Giraud, dijo; tengo que hablar á usted de su señorito y de los amigos
de éste... Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempre
conocidas de los servidores... He preguntado á las señoras y quiero
ahora interrogar á usted. Respóndame, pues, con toda franqueza y sin
omitir nada.

--El señor puede estar tranquilo; contaré cuanto sepa. No tengo nada que
temer ni que perder. Cualquier daño que pudiera hacérseme no sería mayor
que el que sufrí el día en que prendieron á mi pobre señorito. Un
muchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeño y al que
iba á buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando.
¡Ah! señor, cuántas infamias hay en el mundo... No son las personas
honradas las mejor tratadas.

--¡Entonces, está usted también convencido de la inocencia de Jacobo?

--¿Convencido, señor? Eso es poco. Pondría mi cabeza en un tajo á que
no tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No había más que verle en el
primer momento cuando vino á buscarle aquel salvaje de comisario, para
saber que no había hecho nada y que no sabía siquiera de qué se trataba.
Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, el
cochero, y yo, hubiéramos metido en la cueva, como un paquete, al tal
comisario y le hubiéramos guardado allí hasta que el señorito se hubiera
puesto en salvo. Una vez libre, él hubiera sabido demostrar que no había
matado á aquella mujer... ¡Él, señor, él, matar una mujer! ¡Un joven
que se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! ¡Hase
visto estupidez semejante! Matar á aquella mujer... ¿Para qué, si la
amaba? ¿Para robarla? ¡Buena idea! El pobre muchacho le había dado
cuanto tenía. ¡Oh! Ella estaba muy celosa de él. Una tarde, en que vino
á hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestíbulo, sentada
al lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreció todo lo
que yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para que
la dejase subir al cuarto del señorito Jacobo. Por más que le decía:
"Pero, señora, si el señorito no está en casa... ¿Qué adelantará usted
con ver su cuarto? Podría usted encontrar á su madre ó á su hermana y,
ya ve usted, ¡qué escándalo! ¡No piense usted en tal cosa!", ella me
respondía sollozando? "¡Oh! ¡Preferiría matarme!" Yo estoy convencido de
que se suicidó... Cuando se lo conté al juez de instrucción, éste se
encogió de hombros. Esos señores de la justicia no son muy amables.
Parece que su idea era otra, pues cuando yo volvía á la carga y quería
explicar las razones en que me fundaba, me interrumpió secamente
indicándome que, según él, estaba divagando. Yo no divagaba, sin
embargo, señor, y así como llevo de vida sesenta y cinco años sin haber
hecho mal á nadie, el señorito Jacobo no ha matado á esa mujer. ¡No! No
la ha matado.

Marenval escuchó atentamente al criado. Había conservado la paciencia
necesaria en su antigua profesión para no violentar al cliente. Sabía
muy bien que después dé los intentos y de las vacilaciones, los negocios
se deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva en
el relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir tenía
novedad y se decidió á abordar el asunto que más le interesaba
dilucidar.

--¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de
Jacobo los amigos que le rodeaban?

--¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba en
condiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía en
casa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gente
y, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos á
sus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en las
carreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, que
todo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se trataba
de reír y de divertirse. Era muy vehemente, ¡Oh! Demasiado... y toda
esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difunto
señor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimos
años. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenido
grandes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa,
no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señora
hubiera sido una verdadera mártir.

Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba.

--No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tiene
nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera
saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.

Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y
cumplió su palabra:

--Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.

--¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval,
algo extrañado por aquella vehemencia.

--En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni
decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

--Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que,
según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

--Es un instinto, señor, y eso no se discute.



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