A B C D E F
G H I J K L M 

Total read books on site:
more than 10 000

You can read its for free!


Text on one page: Few Medium Many
Pero quisiera
saber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.

Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba y
cumplió su palabra:

--Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.

--¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval,
algo extrañado por aquella vehemencia.

--En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible ni
decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

--Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que,
según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

--Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado
un estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprar
mi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquel
estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía.
Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el
barrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los
fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han
descubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que un
hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor me
creerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege me
sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien
educado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que me
repelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se
verá el día menos pensado.

--¿Venía aquí á menudo?

--Sí, señor, venía mucho al principio; y hasta llegué yo á sospechar
que pensaba en casarse con la señorita María. Pero su asiduidad no tardó
en cambiar de forma y cesó ante el señor de Tragomer. La verdad es que
el tal Sorege veía desaparecer rápidamente la fortuna de la casa, pues
estaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso las
fomentaba lo suficiente para saber á qué atenerse respecto al dote de la
señorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejaría en la calle á
su familia. Creo en la inocencia del señorito Jacobo, pero no estoy
ciego y sé todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones,
todos esos extravíos le han sido bien echados en cara el día de la
desgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre él cuando ha
tenido que justificarse. El tal Sorege sabía bien que las señoras darían
hasta el último céntimo por no comprometer su nombre en asuntos
sospechosos, y como el señorito Jacobo era presa de una banda de
granujas, su suerte era fácil de adivinar. ¡Ay! señor, el pobre no tuvo
tiempo de arruinar á la familia; el destino se encargó de poner coto á
su conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las señoras preferirían
estar reducidas á pedir limosna á ver al señorito donde está.

--Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo á Sorege, ¿sus relaciones
con Jacobo eran menos asiduas en los últimos tiempos?

--En casa, sí, pero fuera, ¿quién lo sabe? Para mí, señor, el conde de
Sorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo del
señorito. Él le ha creado las dificultades y los apuros; él le ha dado
los peores consejos; gozaba viéndole hundirse. ¿Por qué? No lo sé; pero
tenía una razón para desear la pérdida y la ruina de su amigo. Una
tarde, cuando los negocios del señorito Jacobo iban peor, el señor de
Sorege estaba con él en su cuarto y yo bajé para prepararles el té.
Cuando volví á entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en mí, y
además el señorito no ocultaba nunca lo que hacía, pues no era un
solapado como el otro. Entonces oí á mi señor que decía con animación:
"Sí, esta existencia es ya imposible... Me iré ó me saltaré la tapa de
los sesos..." ¡Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Sus
labios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de júbilo.
¡Y su amigo le decía que estaba en el último extremo! ¡Oh! Ese día ví el
odio que se albergaba en aquel corazón. ¿Por qué odiaba á mi señorito?
¿Qué le había hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tan
loco, que podía muy bien ofender á un amigo sin querer y sin saberlo.
Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversación pero esperaron que
me marchara para seguir hablando. El señorito Jacobo se paseaba agitado
como un tigre mientras yo colocaba el té sobre la mesa; estaba pálido y
con los puños crispados. Algo muy serio debía sucederle aquel día,
porque el señorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas á juego y era
preciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta,
el señor Sorege reanudó la conversación y dijo: "Estas loco, pobre
muchacho. ¡Tienes ya á Lea y te vas á meter..." Tuve que cerrar y
renunciar á oir el resto. Aquella vez, señor, la única en mi vida, tuve
deseo de escuchar á la puerta, aunque no sea este un procedimiento
conveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres de
discreción pudieron más y me fuí sin saber lo que acaso hubiera sido tan
interesante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido al
señorito Jacobo, que estaba loca por él. Si no entendí mal, en aquel
momento lo que el señor Sorege quería decir era que su amigo se había
metido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, ¡Dios mío! ¿No tenía
bastante con la italiana, esa perdida, que derretía el dinero como
manteca y había convertido al señorito Jacobo en jugador para
aprovecharse de las ganancias y dejarle á él los apuros de las pérdidas?
¡Ah! señor, ¡qué mala mujer! ¡Si se supiera lo que una mujer así puede
dañar á un pobre muchacho débil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, por
nuestra desgracia...

--¿Cuál fué la actitud del señor de Sorege en el momento de la
catástrofe?

--Muy buena, señor, muy buena.

--¿Cómo así?

--Ese señor, que no parecía muy alterado, vino en el primer momento á
ponerse á las órdenes de la señora. Estaba tranquilo y frío y su actitud
indicaba la preparación. Nada era en él natural; parecía un actor... No
sé si me hago comprender bien...

--Perfectamente.

--El señor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba á
pronunciar palabra. El Señor Maugirón lloraba á lágrima viva. Todos
habían perdido la cabeza menos el señor de Sorege que conservaba toda la
suya. Me pidió las llaves y estuvo largo rato registrando los cajones
del señorito. Pero el comisario de policía había registrado ya y no
había nada que encontrar. Todo su empeño era hallar una fotografía. Me
pidió noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajón de los cigarros
y que yo había debido ver. Le dije que sabía dónde estaba; el señorito
la había puesto el día anterior en su saco de viaje. No bien lo hubo
oído, se arrojó sobre ella, así, literalmente, y ris... ras... la hizo
veinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo... Tampoco
pensé en ello... ¡Una fotografía de mujer! La cosa no era
extraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catástrofe.
Después he pensado en aquella prisa del señor de Sorege para destruir el
retrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qué motivo
tuvo para obrar así. Después de todo, acaso lo hiciese en interés del
señorito Jacobo; acaso también fuese en su propio interés. Después de
las pruebas de simpatía que Sorege dió en el primer momento á la señora,
se fué separando poco á poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecho
lo que los demás. En la causa, declaró con mucho calor en favor del
señorito Jacobo y según he sabido, pues no siempre pude estar presente,
trató de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin,
todo el mundo aprobó su conducta y la señora le dió las gracias. ¡Buen
provecho le haga! Desde entonces no le he vuelto á ver. Mi pobre cabeza
se ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que,
seguramente, me habrá hecho olvidar muchos detalles. Pero lo
absolutamente cierto es que el señor de Sorege no era un amigo sincero
del señorito Jacobo, al que envidiaba y que el día en que le vió perdido
aparentó querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo.

El viejo se calló. Sus manos temblaban de emoción y sus mejillas estaban
surcadas por gruesas lágrimas. Marenval, en tanto, reflexionaba
profundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le hacía
más preguntas, se atrevió á formular una á su vez.

--Si el señor me permitiera preguntarle por qué razón vuelve sobre ese
triste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer de
remover esos malos recuerdos. ¿Acaso espera el señor un cambio en la
situación?

Marenval salió de su meditación, miró al criado con un interés que nunca
le había manifestado y dijo, poniéndole una mano en el hombro:

--No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no hay
nada definitivo más que la muerte, y Jacobo está vivo y aun creo que en
buena salud.

--¡Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena... el arrepentimiento...
¡Eso destruye! Además, el clima...

--No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto á los informes
que he venido á tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio del
señor de Sorege.

--¡Casarse! Oiga usted, señor; no soy más que un pobre hombre y el señor
de Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yo
tuviera una hija, preferiría que se quedase para vestir imágenes á
casarla con él.

Marenval se echó á reír.

--Tranquilícese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por sus
confidencias, Giraud; creo que me serán útiles.

Se puso el gabán de pieles, hizo un signo amistoso al criado y
acompañado por él salió al patio, se dirigió á su coche y dió orden de
conducirle á casa del señor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodaba
al trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincón,
reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acerca
del personaje que le interesaba.

Por una parte la señora de Freneuse tenía á Sorege por un perfecto
caballero que había ejercido saludable influencia sobre su hijo. Por
otra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradado
siempre y que le creía más hábil que leal.



Pages: | Prev | | 1 | | 2 | | 3 | | 4 | | 5 | | 6 | | 7 | | 8 | | 9 | | 10 | | 11 | | 12 | | 13 | | 14 | | 15 | | 16 | | 17 | | 18 | | 19 | | 20 | | 21 | | 22 | | 23 | | 24 | | 25 | | 26 | | 27 | | 28 | | 29 | | 30 | | 31 | | 32 | | 33 | | 34 | | 35 | | 36 | | 37 | | 38 | | 39 | | 40 | | 41 | | 42 | | 43 | | 44 | | 45 | | 46 | | 47 | | 48 | | 49 | | 50 | | 51 | | 52 | | 53 | | Next |

N O P Q R S T
U V W X Y Z 

Your last read book:

You dont read books at this site.